56
Alexei
Elisa seguía de pie frente al ventanal, con la silueta recortada por las luces y el cielo gris de San Petersburgo. La nieve caía lenta, implacable, llenando sus calles. En su reflejo no había ni rastro de la niña que había sido, ni la mujer que me gritó que me odiaba hacía apenas unos días.
Era otra.
Una que había sobrevivido a cosas que ningún ser humano debería de haber conocido jamás. La misma que llevaba años condenada por la peor traición que pudieran haberle hecho,
—Después de que me eligiese, me trasladaron a otra casa —comenzó a decir, sin moverse del sitio—. Un enorme caserío, antiguo, con muros de piedra, techos altos y pasillos que olían a humedad. —Hizo una pausa—. Allí ya no estaba Lena, estaba completamente sola.
Me senté al borde del sofá, con los codos sobre las rodillas, sin poder quitarle la vista de encima, ya que una parte de mí creía que si lo hacía, Elisa podía acabar desapareciendo ante mis ojos, consumida por su propio dolor y rabia.
—¿Cuánto tiempo estuviste allí? —indagué.
—Cinco semanas, en total —respondió con una frialdad que me quemó el alma—. Las tres primeras me dediqué a observar. —Sus dedos temblaron cuando se los llevó a los labios—. Cambiaban de guardia cada seis horas, el personal no era numeroso, pero sí muy eficiente. Lo tenían todo controlado.
Asentí. Sabía a qué se refería, lo sabía porque nosotros mismos habíamos hecho algo similar con Elena, solo que en nuestro caso no lo habíamos hecho por nada malo, sino para protegerla de los Orlov. Donde Elisa había estado no era una casa, era una prisión disfrazada de lujo.
—¿Sabías quién era?
Negó despacio.
—Nunca me dijeron su nombre, solo que debía llamarlo «señor», y eso hice.
—Se acercó a nosotros, mientras cubría su cuerpo con sus manos, abrazándose—.
No tenía permitido hablar sin que me preguntaran, ni levantar la mirada si él estaba cerca.
—Tomó aire con dificultad—. Pero no era ciega, y mucho menos estúpida —aseguró—.
Notaba cómo me miraba, cómo se relamía cada vez que pasaba por mi lado…
Fantaseaba en voz alta, hablaba del momento en el que me violase, en que quería casarse conmigo, arrebatarme mi virginidad…
Me llevé una mano a la boca para no vocear, para no destrozar todo aquel apartamento.
Podía notar como la sangre me hervía en las venas, burbujeando como un ácido que me quemaba por dentro.
Quería matarlo. Enterrarle un cuchillo en lo más profundo de su pecho una y otra vez, ahogarlo con su propia sangre, arrancarle el corazón y metérselo en la boca hasta que no quedase nada de él, ni siquiera su propio aliento.
—Lo que no sabía el muy necio era que mi virginidad ya tenía dueño —musitó Elisa, mirándome.
Entonces comprendí que yo había sido, de verdad, su primera vez, esa en la que años atrás nos habíamos enredado el uno en el otro para dejarnos llevar.
—Voy a arrancarle la piel a tiras —espeté entre dientes, sintiendo como el odio me desbordaba como un torrente.
Ella se giró y vino hacia mí. Su mano buscó la mía, temblando, pero no era de miedo, sino de rabia, de esa que consume.
—Continúa —le instó Andrei.
Asintió con tranquilidad, tomando mi vaso de whisky y dándole un largo sorbo.
—Pasadas estas tres semanas, cuando ya había memorizado cada ruta, cada cambio de guardia, cada punto ciego de las cámaras…
comencé a buscar oportunidades —explicó, y yo no pude evitar sentirme orgulloso de saber que no se había resignado a vivir un destino que no era suyo—.
Había un ala de la casa que apenas se utilizaba, el personal de limpieza tenía acceso, y logré colarme un día fingiendo que estaba enferma.
Me arrastré hasta la sala del servicio, y allí, detrás de una puerta falsa, encontré algo que no esperaba…
—¿El qué? —cuestionó mi hermano.
—Unos túneles en desuso.
Andrei se incorporó levemente, atento, mientras yo solo podía contener la respiración, como si estuviese bajo el agua.
—Eran túneles viejos, húmedos y medio derrumbados, pero eran la única opción que tenía para salir fuera.
No sabía dónde, ni cuánto me costaría llegar, pero no había otra elección.
—La voz le tembló—. Esperé hasta el día siguiente, sabía que quedaban tres semanas para la boda.
—Bajó la mirada y pude ver cómo le repugnaba tanto como a mí pensar en ese desgraciado—.
El señor hablaba de ello todos los días, como si fuera una fiesta.
Me había comprado un vestido, que dejó colgado en mi habitación, para recordarme mi maldita condena.
Se llevó una mano a los ojos, recogiendo pequeñas lágrimas que no llegaban a escapar, estaba reviviendo cada segundo.
—Esa noche, cuando la casa se quedó en silencio, tomé un cuchillo de la cocina y me escabullí al ala de servicio.
—Carraspeó, como si aquello le doliese aún más de lo que nos había estado contando hasta entonces—.
El túnel olía a tierra podrida, había ratas, escombros…
Caminé a oscuras durante horas. Me caí, golpeé y sangré.
Los pies se me llenaron de cristales y astillas, pero, aun así, no paré.
Corrí, me arrastré… hasta que vi el cielo.
Sus ojos volvieron a humedecerse, pero no lloró. No más.
—Salí por una compuerta en mitad del bosque, era de madrugada, hacía frío y no sabía dónde estaba.
Solo corrí —aseguró con tanta congoja que pude sentirla mía—.
Caminé descalza hasta que un coche se detuvo, era una mujer mayor, que me llevó a una gasolinera y me prestó algo de dinero con lo que poder escapar.
—¿Volviste a tu casa? —preguntó Andrei.
—No, obviamente no —aseguró—. Me colé en el antiguo despacho de mi padre, robé una bolsa de dinero y joyas que tenía escondidas que posteriormente vendí por un pastizal, igual que su Lamborghini. —Suspiró y una leve mueca de orgullo se dibujó en sus labios.
—¿Cómo lo hiciste?
—En el mercado negro, siempre hay alguien que quiere comprar coches de lujo, y más la edición limitada que tenía mi padre —respondió sin pesar alguno—.
Enterré en lo más profundo de mi corazón todo lo ocurrido, me compré todo lo necesario para comenzar a investigar, y entonces…
Te encontré —dijo, mirándome directamente.
Las palabras se me agolpaban en la garganta, como si luchasen por escapar de un infierno que no les pertenecía. El mismo que llevaba demasiado tiempo culpándose por lo que le había pasado, solo que ahora conocía toda la verdad.
—¿Ves esto? —cuestionó, mostrando cicatrices profundas, aún rosadas—. Me dejé la piel allí.
—No hace falta que me enseñes nada, dusha —murmuré, tomando su cara entre mis manos.
Estaba ardiendo, igual que lo hacía yo. Dos fuegos a punto de incendiarlo todo. Nos miramos en silencio, como si Andrei no estuviese, como si el mundo hubiese dejado de girar para nosotros.
Y entonces lo dije, sin dudar.
—Voy a matar a ese desgraciado.