El legado de los Romanov 55
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Elisa

No podía respirar, o al menos eso sentía.

Era como si me estuviera ahogando.

La habitación seguía siendo igual de bonita que la primera vez que la había visto. Igual de blanca, perfecta y enfermiza.

Las paredes parecían recién pintadas.

La colcha rosa estaba estirada a la perfección sobre la cama, y los peluches continuaban colocados con precisión sobre la estantería.

Todo era tan dulce, limpio, ordenado y falso que daba miedo.

Estaba sentada sobre el colchón, con las rodillas pegadas al pecho y los brazos rodeándolas con fuerza.

Temblaba, no podía dejar de hacerlo.

Las lágrimas resbalaban por mis mejillas sin descanso, arrastrando el maquillaje, dejando manchas oscuras sobre mi piel.

Me sentía rota.

Vacía.

Aterrada.

Cada vez que cerraba los ojos volvía a escuchar los gritos, los llantos y las suplicas de todas las mujeres que allí se encontraban, incluso las mías propias.

Todo aquello que ocurría tras esas paredes blancas y que nadie estaba dispuesto a detener.

Durante toda mi vida me habían enseñado a ser fuerte, a luchar por mí… Creí que era porque iba a formar parte de un mundo que no estaba hecho para mujeres, pero entonces entendí una cosa. No era lo que había fuera, sino dentro de aquel caserío para lo que me estaban preparando.

Me limpié el rostro con la manga del camisón, no podía seguir llorando, esperando a que alguien me sacase de allí, porque si aguardaba… Moriría.

Mi mirada descendió hasta la bandeja que habían dejado sobre la pequeña mesa junto a la ventana falsa. La cena seguía intacta, no tenía hambre.

Hacía dos días que apenas podía tragar nada, pero no era la comida lo que observaba.

Era el cuchillo.

Pequeño.

Plateado.

Insignificante.

Mis dedos comenzaron a temblar aún más, mientras el latir de mi corazón se volvía ensordecedor hasta tal punto que ni siquiera podía escuchar mis propios pensamientos.

Una nueva lágrima descendió por mi rostro.

¿Y si me mataban antes de siquiera llegar a la puerta?

Entonces pensé en todas esas chicas que habían desaparecido, Lena, Eve, todas a las que habían vendido igual que iban a hacer conmigo.

Pensé en esa sensación constante de estar esperando mi turno, y fue entonces cuando algo se rompió dentro de mí.

Me puse en pie, aún con las piernas cimbreándome, y tomé el cuchillo.

Lo escondí bajo la manga del camisón.

El latir en mi pecho me golpeaba ya las costillas con tanta fuerza que creí que quien entrase por esa puerta podría percatarse de lo que estaba a punto de ocurrir.

Pasaron varios minutos, quizá una hora.

No lo sabía.

Había perdido la noción del tiempo.

Hasta que escuché pasos al otro lado de la puerta.

Mi respiración se detuvo cuando el cerrojo giró, y la puerta se abrió, dando paso al guardia.

Ni siquiera me miró.

Entró como siempre, aburrido, confiado, convencido de que yo era una muñeca rota más incapaz de defenderse.

Se acercó a la bandeja, se inclinó para recogerla y yo me moví.

Todo ocurrió demasiado deprisa, o tal vez lento, apenas era capaz de pensar con claridad cuando mis piernas comenzaron a avanzar solas, y mi mano salió disparada contra su cuello.

El hombre abrió los ojos de golpe, sorprendido, incapaz de comprender qué acababa de pasar.

Un sonido extraño s escapó de su garganta, una mezcla entre un jadeo y un gruñido.

Retiré el cuchillo, haciendo que la sangre brotase a borbotones de la herida, caliente, espesa, empapándolo todo, incluido mi rostro.

El camisón comenzó a tornarse rojo, igual que todo el suelo.

El guardia intentó sujetarse la herida, pedir ayuda, pero el aire ya no le llegaba. Retrocedió tambaleándose, hasta que su cuerpo chocó contra la pared y acabó cayendo.

La sangre se extendió por el mármol blanco, tiñéndolo todo a su paso, contrastando con esas paredes perfectas, y esa camita rosa infantil llena de peluches.

Ese lugar ya no volvería a ser la escena de un cuento, sino la de un crimen.