54
Alexei
Durante unos segundos, nadie dijo nada.
Elisa seguía con la fotografía en la mano, como si el papel se hubiese quedado pegado a sus dedos.
Sus ojos aún permanecían abiertos, en shock, pero ya no era por el miedo, sino por esa determinación muda que se clava más que cualquier palabra.
Porque ella ya había tomado su decisión, y era terminar con todo aquel que le hubiese hecho daño antes de que fuese demasiado tarde.
Andrei me miró con una mezcla de incredulidad y tensión, esperando que fuese yo quien iniciara la conversación, como si ese terreno me perteneciese solo a mí.
—Cuéntamelo todo —le pedí, y mi voz sonó más grave de lo que esperaba, contenida. Me senté frente a ella, con los codos apoyados en las rodillas, y el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante—. Desde el principio.
No dudó. Solo bajó la foto, la dejó sobre la mesa y tragó saliva con fuerza.
—Fue una tarde —comenzó—. Había salido a correr, como hacía siempre.
La zona era segura, o eso creía. —Su voz se estremeció, por lo que carraspeó intentando apartar la congoja que comenzaba a atraparla—.
Eran las cinco o las seis, todavía quedaba luz.
Llevaba los auriculares puestos, la música alta… no vi venir nada.
Hizo una breve pausa, dejando la foto sobre la mesa y tragando saliva. Supuse que no era sencillo para ella tener que hablar sobre un momento que había sido tan traumático.
—Me abordaron por la espalda. —Cogió aire con fuerza—.
Había un coche negro, de él bajaron dos hombres que me agarraron con fuerza.
Uno me tapó la boca mientras el otro me clavaba algo.
—Se llevó la mano a la zona afectada y cerró los ojos—.
No sé qué era, pero me desvanecí en segundos, no pude hacer nada.
Cada palabra era un golpe, me revolvía por dentro con una violencia que no sabía cómo canalizar. Apreté con fuerza la mandíbula, sintiendo la presión en mis sienes y el crujir en todo mi cráneo.
—Desperté en una buhardilla —continuó—. Tenía una única ventana muy alta, imposible de alcanzar.
—Pude ver como Elisa dejaba de estar presente para volar a ese instante—.
Había una cama, un cubo donde hacer las necesidades y una puerta con mirilla hacia dentro.
—Contuvo el aliento—. No sabía dónde estaba, nadie hablaba conmigo, solo me dejaban bandejas de comida en el suelo, pero no podía siquiera comer…
—Su voz se deshizo en un hilo—. Me sentía fuera de mí.
—¿Cuánto tiempo estuviste allí? —preguntó Andrei con tono neutro.
—Cuatro días —nos informó—. El quinto, vinieron a por mí.
Apreté las manos en puños, porque sabía que eso solo era el principio.
—Me bañaron —prosiguió Elisa, sin apenas inflexión—.
Me lavaron el pelo y perfumaron. Como si fuese una maldita muñeca.
—Hizo una pausa y pude ver como una pequeña lágrima resbalaba por su rostro—.
Luego me metieron en un coche y me llevaron a esa casa.
No era la residencia de Octavio. Era… un lugar de paso.
El sitio donde se iba a hacer la entrega —especificó—. Donde elegían.
Se me heló la sangre.
—¿Qué quieres decir?
Me pidió que aguardase a que ella terminase de contarlo todo, y eso hice.
—Fue allí donde conocí a Lena. —Su expresión se tornó más sombría y entristecida—.
Tenía la mirada ida, como si ya no quedara nadie dentro de ella.
Era rusa, de origen judío, y su familia…
era más pobre que las ratas. Se la llevaron de casa sin previo aviso.
Solo era una más. Había pasado ya por otros sitios, por otros —Se llevó la mano al pecho—, otros hombres.
—Se limpió las lágrimas que bañaban su rostro con cuidado—.
Nunca la habían seleccionado, y esta vez no iba a ser diferente.
Elisa alzó la vista, con los ojos tan cristalinos que me dolió en el alma.
—No nos dejaban hablar, y si lo hacíamos nos castigaban —aseguró—.
Había cámaras en cada habitación, incluso en los baños.
—Sus dedos comenzaron a enredarse entre sí, como si no fuese capaz de detener su nerviosismo al recordar aquel momento—.
Dormíamos sobre colchones tan finos que muchas veces parecía que íbamos a tocar el suelo.
Las habitaciones no tenían ventanas, comíamos en silencio, y limpiábamos.
—Suspiró—. Limpiábamos cada rincón de esa mansión mientras ellos nos observaban.
Hombres trajeados, supervisores, los llamaban.
Me levanté y comencé a caminar por la habitación como una fiera enjaulada. Tenía el estómago revuelto, la quería proteger, y la habían convertido en una mercancía de lujo, en una pieza más de su puto mercado de esclavas disfrazado de opulencia.
—Un día llegaron estilistas, un equipo entero —dijo Elisa, apenas con un susurro—.
Nos ducharon y depilaron con cera caliente.
No he sentido tanto dolor en mi vida. No fue un servicio estético.
Fue una humillación, como si quisieran arrancarnos la dignidad centímetro a centímetro, delante de aquellos hombres que grababan.
—Hizo una pausa y volvió a bajar la vista a la fotografía—.
Nos cortaron el pelo y nos hicieron las uñas para vestirnos con camisones de seda blancos.
Mi hermano también bajó la vista y yo solo podía ver un puto infierno desatarse. Estaba tan enfurecido que me dolían los dientes de apretarlos.
—Y después… —musitó—. Nos dijeron que ese día uno de los hombres elegiría a su favorita.
Se detuvo ahí. Por un instante, pensé que no diría nada más, pero entonces me miró directamente a los ojos.
—¿Y qué ocurrió? —Quise saber, aunque su respuesta iba a cabrearme más que otra cosa.
—Escapé.
Silencio.
La palabra quedó suspendida en el aire como una bomba a punto de estallar. Andrei levantó la cabeza, y yo me detuve en seco. Nada sonaba. Nada se movía. Ella era el maldito centro de todo. Solo ella. Nos miraba con esa mezcla de dolor y de furia que era imposible de ignorar.
—¿Cómo? —pregunté, sin poder evitarlo, aunque sabía que no estaba lista para decirlo.
Su respuesta no llegó.
En lugar de eso, se incorporó del sofá y caminó hacia el gran ventanal. El cristal reflejó su rostro pálido, consumido, endurecido por la rabia, el frío y el horror de lo vivido. Sus labios se entreabrieron.
—Digamos que la sangre corrió antes de que pudiesen detenerme.
—¿Qué cojones estás diciendo? —cuestioné.
Elisa se volvió despacio, y entonces le vi. Esa mirada ya no pertenecía a una víctima. Era la de alguien que había cruzado el infierno y había aprendido a caminar entre las llamas. Ahora era la mirada de una superviviente.
—Maté a mi guardia —informé.