53
Elisa
El mármol estaba helado, blanco, pulido con una perfección enfermiza que devolví a un reflejo en el que apenas podía reconocerme: estaba escuálida, arrodillada, temblando, despojada de voluntad, con los ojos abiertos de par en par y el alma hecha jirones.
El aire olía a perfume caro, a flores marchitas, a la desesperación que emanaba por cada poro de mi piel y a miedo. Aquel lugar era enorme, imponente, con techos de vértigo, cortinas doradas y lámparas que colgaban como cristales de un sueño que se había convertido en nuestra peor pesadilla.
Junto a mí, Lena sollozaba sin control, no con lágrimas silenciosas, sino con un llanto convulsivo que le sacudía el cuerpo entero.
Tenía las manos atadas a la espalda con un lazo negro de terciopelo que parecía más una sentencia que una atadura, y, aun así, me susurraba sin parar, aferrándose a las pocas palabras que su mente rota podía articular.
—No me dejes sola —decía una y otra vez, como una oración desesperada, al borde del colapso—. Elisa… prométemelo. No me dejes aquí.
El hombre estaba frente a nosotros, mientras hablaba por teléfono bajo la atenta mirada de otro que aguardaba a que terminase.
El primero nos observaba desde una distancia que no solo era física, sino emocional.
Iba impecable, con un traje gris perla, el pelo peinado hacia atrás, y ese rostro vacío de expresión, como si en vez de personas viese mercancía.
Lena no paraba de lloriquear, podía ver cómo las lágrimas comenzaban a crear pequeños surcos en el suelo que tendríamos que limpiar posteriormente.
El dueño de la casa, el señor trajeado, guardó el teléfono en su bolsillo, y como si nada, se acercó a nosotras. Lena se estremeció y fijó la vista en la mía. La desesperación tomó el control de su mirada, de cada centímetro de su piel que no hacía más que sacudirse por el fuerte temblor.
—No puedes quedarte con ambas —le dijo el otro hombre, uno mayor, con gafas de pasta y acento extranjero, probablemente francés—. Tienes que elegir.
No respondió. Sus ojos pasaron de Lena a mí, y luego volvieron a Lena con una lentitud que helaba la sangre. El silencio pesaba más que cualquier palabra, y el aire se volvió denso, como si me hubiera congelado en medio de aquella escena.
—Ya sabes a quién han preparado para ti —comentó el de gafas.
—Sí, tienes razón.
Un fuerte nudo se creó en mi garganta, impidiéndome respirar con normalidad, porque sabía que estábamos a punto de saber quién se quedaría en aquel caserío, mientras la otra… A saber lo que ocurriría con la otra.
—Es una cría —insistió el hombre, refiriéndose a mí—. Demasiado joven.
El que hablaba por teléfono se agachó, me sostuvo el mentón entre sus dedos y alzó mi rostro como quien examina una joya. No dijo una palabra, pero lo supe.
—Me quedo con ella —sentenció al final.
Lena gritó.
No fue un simple lamento, fue un alarido desgarrador, la clase de sonido que hace temblar los cimientos de un alma, y la mía no iba a ser menos. Se arrastró sobre las rodillas, lanzándose hacia mí, golpeando el suelo con su cuerpo como si con eso pudiera impedir lo que ya era inevitable.
—¡No! ¡Por favor, no! —chilló—. ¡Llévame a mí! —vociferó—. ¡Elisa, búscame! ¡Júramelo! —añadió, ida por completo—. ¡JÚRAME QUE ME SACARÁS DE AQUÍ!
Intenté moverme, quise gritar. Pero estaba tan paralizada, que las palabras se me agolparon en la garganta y acabaron muriendo como un susurro.
***
Desperté con un grito seco.
Tenía la garganta resentida, como si los gritos de Lena hubiesen sido los míos propios, como si aún luchase por salir de allí con vida.
La habitación continuaba siendo desconocida.
El techo blanco, y una manta se enredaba entre mis piernas.
El sudor me empapaba la espalda. El recuerdo había sido tan vívido que me costó discernir entre la realidad y mi propio recuerdo.
No había sido una pesadilla, no era algo inventado por mi cabeza, era real.
Tardé apenas unos segundos en reaccionar, en centrarme, y encontrar las respuestas a las preguntas que se agolpaban en mi cabeza.
Salí de la cama, de la habitación, de ese caparazón de silencio que me envolvía. Al cruzar el pasillo, los vi. Alexei y Andrei estaban en el salón, hablando en voz baja, detenidos en ese espacio en el que las decisiones pesaban más que las palabras.
No dije nada.
No los miré.
Fui directa hacia los papeles.
Documentos, fotografías, informes, nombres que no comprendía, y fechas que ya no importaban nada en absoluto.
Revolví todo con las manos temblorosas, rompiendo el orden con la violencia de quien necesita poner nombre a su infierno.
Los hermanos me observaron sin detenerme, sabían que lo que buscaba iba más allá que un dato, una pista. Iba a impartir justicia, ya no solo por mí, sino por Lena.
Mis dedos se detuvieron en una hoja, y por un instante sentí como las piernas me cimbreaban y el corazón se me aceleraba.
Cerré los ojos y pude escuchar, una vez más, los gritos de aquella muchacha que no sería mucho más mayor que yo, la pobre Lena que acabó atrapada en un infierno que ninguna de las dos conocíamos.
Tomé la foto en blanco y negro, no se veía del todo bien.
Él estaba de perfil, en una reunión. Su rostro estaba ligeramente envejecido, pero era inconfundible.
No fue su cara lo que me hizo temblar, sino que fue el vacío. Ese mismo que recordaba de aquella mansión, que, aun vistiéndose de gala, no era más que una prisión hecha de mármol y oro que solo servía para ostentar.
Señalé con el dedo, y mi voz apenas fue un susurro ahogado por la rabia.
—Es él.
Mi dusha y Andrei se alzaron para ver a qué me refería.
—¿Estás segura?
Asentí y fue entonces cuando supe que acabábamos de abrir las puertas a algo que no solo iba a cambiarnos la vida.
Iba a arrasarla por completo.