52
Elisa
Unos minutos antes.
No podía respirar.
El pecho me ardía, las manos me temblaban, y el eco de la conversación con Andrei continuaba rebotando de un lado a otro en mi cabeza, como si de una bomba a punto de estallar se tratara.
Mi padre.
Mi familia.
Mi sangre.
El mundo se me vino abajo, y con él, toda la poca estabilidad que Alexei había logrado mantener en pie.
No pensaba. Solo actuaba.
Esperé hasta que el silencio llenó el pasillo.
Los pasos y las voces de los hermanos quedaron alejados en el salón, con la puerta entrecerrada.
En ese instante supe qué era lo que tenía que hacer.
Me deslicé fuera de la habitación, cogiendo el móvil de Alexei, que estaba sobre la mesa, junto a su cartera.
No me detuve a pensar lo que estaba haciendo.
No me importaba. Quería respuestas, hacer arder el mundo, aunque eso me destruyese aún más, porque sabía que ese sería mi punto y final, al menos lo sería para esa Elisa que se había desvivido por su familia, que había amado a su padre con la devoción absoluta de ser su princesa.
Lo único que había sido en realidad era una moneda de cambio, una mercancía a la que no le importaba entregar.
Salí del apartamento sin mirar atrás, dejando que el aire helado de San Petersburgo me golpease la cara como una maldita bofetada, eso no me paró.
Corrí. Lo hice sin dirección, dejando que la rabia me empujase las piernas, con el corazón al borde del colapso, sabiendo que o sacaba todo ese mal de mi interior o acabaría consumiéndome por completo.
Las luces de la ciudad se convertían en manchas borrosas mientras la nieve empezaba a caer, fina, casi invisible.
No conocía las calles, no sabía dónde iba, lo único que tenía claro era que necesitaba alejarme, escapar de los Romanov, de los Moretti y hasta de mí misma.
Mis ojos comenzaron a llenarse de lágrimas en el instante en el que me detuve, una fuerte presión tomó mi pecho, impidiéndome respirar con normalidad, provocando que decenas de hipidos tomasen el control de mi cuerpo. No iba a ser una débil otra vez.
Me refugié bajo un toldo, aún con el teléfono de Alexei en las manos.
Busqué en los contactos, porque sabía que él había estado teniendo llamadas o algo similar con alguien que me interesaba. Entonces, su nombre apareció como una herida abierta que no deja de supurar.
Las manos me temblaban, mi respiración era agitada, ya no solo por la carrera, sino por la manera en la que la rabia me consumía.
Luca.
Marqué.
El tono de llamada se me hizo eterno. Hasta que su voz sonó al otro lado, calmada, como si nada en el mundo se hubiese roto.
—Vaya, vaya… Romanov —comentó en un tono condescendiente—. No esperaba tu llamada.
—Eres un hijo de puta. —Mi voz salió rota, cargada de veneno y lágrimas—. Un maldito cobarde.
Durante unos segundos permaneció en silencio, como si no pudiese creer lo que estaba escuchando. Podía notar su respiración contra el micro, cómo se volvía más agitada, casi tanto como la mía.
—Responde, puto desgraciado —le insté, encolerizada.
—¿Elisa? —musitó—. Dime qué te ha hecho —me suplicó—. ¿Estás bien?
Dejé ir una profunda carcajada que llenó el ambiente y que hizo que varias personas se girasen para mirarme. Contuve la rabia, al menos por el momento.
—¿Qué está ocurriendo? ¿Dónde estás? —se apresuró a preguntar.
—¿Dónde estoy? —Reí entre sollozos—. Perdida, Luca. Gracias a ti, a tu puto padre, a toda nuestra familia de mierda.
—No entiendo de qué hablas.
—¿No? ¿De verdad no entiendes nada? —grité—. ¡Sabías que me iban a entregar, desgraciado! —vociferé—. ¡Lo sabías y no hiciste nada! Dejaste que se me llevaran, ¡tú lo permitiste y culpaste a Alexei!
Silencio.
Solo podía oír su respiración, ni siquiera los pasos que sí que había estado escuchando mientras hablábamos.
—No lo sabía, Elisa —dijo con la voz rota—. Te lo juro.
—¡Mentiroso! —chillé, apretando el móvil contra mi oreja hasta sentir cómo el cristal roto cortaba mi piel—.
Me traicionaste, hermanito —bisbiseé ida, sabiendo que estaba a punto de cruzar una línea de la que no podría volver—.
Preferiste callar, comerle la polla a tu puto padre, ¡todos hicisteis como si nada!
—Mi voz se quebró—. Me vendieron, Luca. Me vendieron como si fuese un puto objeto.
Las lágrimas me cegaron, caí de rodillas en los adoquines de la gran plaza en la que me encontraba, dejando que el frío me calase hasta los huesos. No podía más, estaba a punto de colapsar.
Estaba tan disociada que ni siquiera era capaz de escuchar lo que no dejaba de vocear al otro lado del teléfono. Apreté las manos en puños, porque sabía que en el momento en el que mi boca se abriese, todo se acabaría.
—Elisa, por favor, escúchame —me suplicó—. No sabía nada, lo juro. Jamás habría permitido algo así.
—Te odio, Gianluca Moretti —murmuré cegada por la ira—.
Y te juro que, si vuelvo a verte, acabaré contigo.
—Las palabras salieron solas de mi boca, llenas de ira contenida, de todo ese odio que bullía en mi interior como un veneno—.
No me importa que seas un Moretti, si me cuesta la vida.
Te mataré, a ti y a tu puto padre —sentencié—. A todos.
—Elisa…
Colgué.
El teléfono se me escapó de entre las manos y cayó sobre el suelo con un golpe seco. Me quedé ahí, en medio de la calle, jadeando, temblando, con la garganta en carne viva y el alma hecha trizas.
No sé cuánto tiempo pasó.
Solo sé que una sombra se detuvo frente a mí.
—¿Qué cojones has hecho, Elisa? —La voz de Alexei sonó tan afilada que cortó el aire.
No tuve ni que mirar para saber que estaba furioso, pero más lo estaba yo.
Se agachó, recogió el teléfono y lo lanzó contra la pared más cercana, haciéndolo añicos, dejando que las piezas saltaran por todo el suelo.
Supe que lo hizo por no darme a mí, por no pagar conmigo el cabreo que llevaba encima, pero lo cierto era que tampoco me hubiese importado.
Estaba tan sumida en mi propia oscuridad que ya todo me daba igual.
Los cables de mi cabeza se cruzaron, tanto que de un salto me puse en pie y comencé a golpearle en el pecho.
—¿Estás loco? —grité—. ¡Ni se te ocurra intentar controlarme!
Sus ojos ardían, pero no era de rabia, era de algo mucho peor.
Dolor.
Miedo.
Amor.
—No quiero controlarte, Elisa. —Su voz sonó baja, rota, ronca—. Quiero verte libre, siendo tú, la Elisa indómita capaz de pegarme un tiro en la pierna, la salvaje, la valiente —musitó al mismo tiempo que colocaba un mechón de pelo tras mi oreja—. Mi dusha.
Sentí cómo las lágrimas volvían a quemarme los ojos. Quise gritarle, golpearle, pero mi cuerpo ya no me respondía. Solo pude temblar.
Él me sujetó la cara con sus enormes manos, con una suavidad que no encajaba con su tamaño, con su fuerza, con la furia que aún le recorría. Estampó sus labios contra los míos y, por un instante, el mundo dejó de doler.
El beso fue desesperado, húmedo, lleno de todo lo que no éramos capaces de decirnos, y cuando se apartó, con la frente apoyada en la mía, apenas pude susurrar:
—No me sueltes.
Y no lo hizo.