El legado de los Romanov 51
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Alexei

Me pasé una mano por la mandíbula con tanta fuerza que me arañé la piel con el anillo que siempre llevaba. Tenía los dientes tan apretados que notaba el rechinar de mis muelas resonando por todo mi ser.

¿Cómo demonios alguien podía vender a su propia hija?

No cabía en mi cabeza. No en la de alguien que había visto cosas que el resto del mundo no soportaría ni en sus peores pesadillas. No era cuestión de códigos, ni de mafias, ni de estrategias. Esto iba más allá. La había traicionado la sangre de su sangre. Era de locos.

Giovanni Moretti lo había hecho.

El puto Giovanni, el cabrón que había jugado al padre protector durante años, sabiendo que la había estado preparando para una entrega. Una maldita condena envuelta en un lazo de terciopelo. La había vendido. A su propia hija.

Mi familia no era la más ejemplar, ni tampoco la más estructurada, pero si había algo que se respetaba era la lealtad de la sangre.

Eso era sagrado, no había forma de traicionarnos, de dejar a un hermano solo, ni siquiera a Andrei, que era el recién llegado.

Y esos putos italianos ni eso eran capaces de cuidar.

La rabia me hervía en las venas, y no porque Elisa fuera una víctima más de este mundo podrido, sino porque era mía. Porque la había tenido entre los brazos, llorando, rota, jodida… y ahora sabía que el verdugo había sido el hombre que le dio la vida.

—Vete a descansar —le dije sin mirarla, sin siquiera pensar, porque en el momento en el que dejase que mi cuerpo se moviera, iría a por toda su puta familia para hacerles pagar por todo lo que ella había sufrido.

Quería abrazarla, estrujarla y que llorase contra mi pecho, protegerla hasta el fin de nuestros días, pero en ese preciso instante lo único que deseaba era prender el puto mundo en llamas hasta que toda su familia acabase calcinada como la escoria que eran.

—Hay una habitación al fondo del pasillo —le informó Andrei con un tono más suave de lo que había sido el mío.

Noté su silencio antes que sus pasos. No dijo nada. No preguntó por qué. No cuestionó nada. Solo se fue. Tal vez porque ya sabía que estaba a punto de estallar, y que, si me miraba un segundo más, me iba a romper del todo.

Andrei recogía los papeles de la mesa con la misma calma que quien alguien recoge un cadáver. Sin dramatismos, sin pausas.

—Quiero que averigües dónde se esconden esos perros.

Saqué la cajetilla de cigarros, me llevé uno a la boca y lo encendí, dándole una larga calada que me llenó los pulmones. Estaba tan nervioso y cabreado que tendría que habérmelos fumado de dos en dos para que me hiciese algún tipo de efecto.

Me apoyé en el gran ventanal, necesitaba pensar con claridad, pero todo aquello ya comenzaba a sobrepasarme.

Tenía al desgraciado de Luca persiguiéndome, culpándome por la desaparición de Elisa, cuando había sido su propio padre el responsable de ello.

Tal vez eso era lo que querían: tener un cabeza de turco en el que poder depositar todas sus desgracias.

—Hay algo más —comentó de pronto, sin levantar la vista.

Me giré despacio, controlando cada músculo de mi cuerpo para no arrasar con todo y destrozar el apartamento de mi hermano por mis malditos problemas de ira.

—¿Más?

—Tengo fuentes —añadió—. Contactos que aseguran que lo de Giovanni no termina con Elisa, hay algo más grande, Alexei —aseguró—. Más antiguo, algo que lleva años pudriéndose en lo más profundo de esa familia.

El silencio se volvió denso, pegajoso, como la sangre seca en el suelo. Me pasé una mano por el cabello, la cabeza me iba a dos mil por hora, y apenas podía procesar toda esa información que ya se entremezclaba con mis propios pensamientos y teorías.

—¿Qué más puede haber?

—No lo sé aún. —Hizo una pausa—. Pero si lo que dicen es cierto, Giovanni no solo ha traicionado a su hija, sino que ese es el precio para ocultar algo mucho más grande.

—¿Y Luca?

Andrei alzó la mirada.

—¿Sabía algo? —me interesé, porque en el momento en el que lo tuviese confirmado, cogería a ese hijo de puta y lo colgaría de los huevos del campanario más alto de todo Italia—. ¿Formaba parte de esto?

No respondió de inmediato, sino que se tomó unos segundos para recapacitar, como si temiese darme una respuesta.

—No puedo asegurarlo —admitió—. Pero no me sorprendería. Es la mano derecha de su padre, Alexei, el heredero del imperio Moretti, ¿cómo no iba a saberlo?

Tragué saliva. El nombre de Luca me provocaba un sabor amargo. Demasiadas veces lo habíamos dejado escapar, sobre todo después de la entrega fallida. Debería haber ido a por él para ahogarlo con mis propias manos.

—¿Y si lo sabía y lo permitió?

—Entonces está tan muerto como su padre —respondí sin más.

Porque la línea entre la justicia y la venganza ya se había desdibujado hacía demasiado rato. Iba a hacer que pagasen por todo el mal que le habían provocado Elisa. No permitiría que respirasen su mismo aire, y mucho menos le pusieran una mano encima.

—Será mejor que tú también descanses.

No quería descansar, necesitaba liarme a hostias con alguien, sacar esa rabia que me hervía en las venas y que burbujeaba en mi interior como un maldito veneno.

Pero aun así, decidí cruzar la sala con pasos firmes, intentando poner orden a mi cabeza.

Miré hacia el pasillo, dirigiéndome hacia la habitación.

Ni rastro.

—¿Dónde está Elisa? —pregunté, alzando la voz.

Andrei apareció al final del pasillo, alzando una ceja, como si no entendiera.

—¿No está en la habitación?

—No, está vacía —le interrumpí, ya encaminándome hacia otras estancias.

Miré en la cocina, el baño, la habitación de Andrei, el despacho privado… Entré en cada rincón del maldito piso.

—No está —musité, con la voz rota.

Y entonces, lo supe.

Se había ido.

Y no tenía ni idea de lo que era capaz de hacer.