El legado de los Romanov 50
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Elisa

Alexei no era el mismo.

No era el hombre que me había abrazado en el jet, ni el que me había acariciado la espalda con esa ternura que tan pocos creían capaz de poseer. Ahora estaba de pie, tenso, como si cada músculo de su cuerpo se preparase para una maldita guerra.

Andrei había desplegado sobre la mesa una serie de documentos que no lograba comprender, al menos no del todo. Eran papeles, nombres, cifras, fotografías… Un caos organizado a la perfección para él, pero que para mí era una sentencia.

—Necesito que entiendas bien lo que estoy a punto de deciros —empezó a decir el pequeño de los Romanov—. Esto no es solo una sospecha, lo que tengo aquí… —dijo, punteando con el dedo los papeles— son pruebas.

—Empieza —le instó mi dusha.

—He encontrado información de que Giovanni Moretti —Hizo una pausa, y pude sentir como todo el mundo se me venía encima— ha estado haciendo pactos con alguien a quien aún no he identificado. Siempre firma con una O y una R —continuó—. Sabemos que está relacionado con La Mort.

El estómago se me encogió. Esas letras no me decían nada, pero el tono en el que lo pronunció sí lo hizo. Mi propio padre había estado tratando con los seres que me habían matado en vida.

Alexei no dijo nada, se limitó a cruzarse de brazos, con la mandíbula tensa, a punto de estallar, esperando algo que no sabía si llegaría. Era su manera de controlar la rabia, de no explotar, al menos, por el momento.

Yo, en cambio, ni siquiera sabía cómo sentarme. Las manos me temblaban, tenía un nudo en la garganta y por mucho que tragase no era capaz de deshacerme de él. Me senté al borde del sofá, como si el contacto con la tierra me protegiese de lo que estaba por venir.

—Elisa —dijo Andrei, mirándome con atención—. ¿Reconoces esas siglas? ¿O.R.?

Negué con la cabeza.

—¿Estás segura? —insistió—. Según esto, estuvo en contacto con tu padre durante más de diez años —aseguró con una vehemencia que me paralizó—. En las sombras, de intermediario, cobrador, enlace… Hay pruebas de reuniones entre ambos. Incluso después de tu supuesto secuestro.

—¿Supuesto? —inquirí.

Mi garganta se cerró. Sabía que mis padres habían ocultado muchas cosas, pero… ¿Cómo iban a traicionarme de aquella manera?

—Pero Alexei dijo…

—No, esa vez solo estuvo desaparecida un tiempo, ¿verdad? —cuestionó Andrei, interrumpiéndome—. No era definitivo.

—No —musité perdida—. Fueron tres semanas.

Confesé sintiendo como toda la fuerza se me escapaba a cada suspiro que salía de entre mis labios. La cabeza comenzó a darme vueltas. A mi mente vinieron tantas dudas, tantos momentos que sentí como me mareaba.

—Necesito que recuerdes a la perfección qué dijeron —me pidió Alexei, tomándome de la mano.

Cerré los ojos, porque a pesar de todo, una parte de mí continuaba escondiendo esos recuerdos en lo más profundo de mi corazón. No era más que una cría que aún no había crecido lo suficiente.

—Mañana es mi cumpleaños —susurré—. Los veinticinco serán tu liberación, o tu condena —recité.

Los hermanos se miraron de manera fulminante, y luego volvieron a posar sus ojos en mí, buscando respuestas que no podía arles.

—¿Qué cojones quiere decir eso? —espetó Alexei con la voz grave debido al cabreo que tenía encima.

—Eso es lo que me dijo uno de los hombres que me tenía retenida hace una semana —murmuré, aún temblando.

El corazón se me desbocó en el pecho con tanta fuerza que creí que podrían llegar a escucharlo en cualquier momento.

—El trato era venderte a esa edad —comentó Andrei pensativo—. Tu familia hizo un trato.

Todo mi mundo comenzó a desmoronarse.

A mi mente vinieron cientos de momentos en los que mi madre me decía que debía estar preparada. No la entendía, no sabía a qué se refería. Hasta aquel momento.

Ella conocía el pacto.

Sabía que me iban a entregar, y aun así, no me salvó.

***

—Tienes que ser fuerte, Elisa —me dijo con ternura.

Mi madre se sentó frente a mí en el banco del jardín, tomándome las manos con una ternura especial. Acabábamos de entrenar, por lo que esa conversación me pilló desprevenida por completo.

—¿Por qué? —cuestioné sin comprender nada.

—Porque habrá un momento en el que necesitarás todo el valor que tengas dentro —aseguró mientras colocaba un mechón de mi cabello tras mi oreja.

—¿Qué quieres decir, mamá?

—No me preguntes, cielo —me pidió con ternura—. Solo prométeme que cuando llegue ese día, no te derrumbarás.

—¿Qué día?

—Ese en el que tengas que elegir entre lo que amas y lo que eres.

***

Yo no había tenido elección.

A mí me habían arrancado de mi hogar, y lo peor de todo era que había sido con el consentimiento de mis propios progenitores.

Me pasé una mano por el rostro, girando sobre mis talones y encaminándome hacia la otra punta de la sala. Tenía el corazón encogido en el pecho, tanto que apenas podía respirar con normalidad.

Mi propia familia.

Ellos habían pactado mi condena.

Y yo… había vivido todo este tiempo creyendo que me estaban salvando.

—Pensé… Pensé —balbuceé, sintiendo como las piernas me cimbreaban—. Pensé que me estaban preparando para ser fuerte en este mundo hostil, pero lo que hacían era servirme en bandeja a ese malnacido. —Mi voz se deshizo como si jamás hubiese estado ahí, consumida por el dolor.

Alexei se acercó. No me tocó, pero lo sentí cerca. Como si su presencia bastara para sujetarme. Como si él, aún pudiera sostenerme sobre mis propios pies cuando ni siquiera los sentía.

—¿Cuál es el siguiente paso? —preguntó, con la voz cargada de una furia contenida que anunciaba tormenta.

Y supe que ya no había marcha atrás.