49
Elisa
El primer recuerdo fue el frío.
No el que venía del exterior, sino uno más profundo, uno que me estrujaba por dentro, encogiéndome le estómago como un puño invisible.
Me desperté de golpe, jadeando, con el corazón latiéndome en la garganta, como si me hubiera echado a correr en mitad de la noche.
No recordaba apenas nada, solo esa sensación tan agonizante que me paralizaba.
La manta que me cubría se deslizó por mis hombros al incorporarme. Estaba empapada en sudor.
Parpadeé varias veces. La penumbra del jet privado me envolvía, y solo el zumbido constante de los motores me anclaba a la realidad, esa que se había vuelto tan difusa que parecía ser todo un maldito sueño. No estaba donde creía, no había sangre ni gritos, tampoco cadenas.
Solo él.
—Shh… tranquila —murmuró Alexei, sentándose a mi lado. Su voz sonó ronca, como si llevara rato en silencio, como si me hubiera estado esperando para salvarme del infierno en el que me había sumido—. Estoy aquí.
Me rodeó con los brazos, y sin poder evitarlo, me acurruqué en él, como una niña que busca un refugio. Mi mejilla encontró su pecho, su calor y el ritmo de su respiración me ayudó a calmar la mía.
Y por extraño que pareciese, en aquel mismo instante me sentí en casa, cobijada contra un hombre capaz de matar a una docena de enemigos sin siquiera pestañear.
El ser más sanguinario que hubiese conocido jamás, el mismo que estaba cubierto de mierda hasta las pestañas y que vivía en un mundo al que no quería pertenecer.
—Otra pesadilla —musité, sin necesidad de que él preguntara.
—Estás a salvo, dusha.
Dusha. No podía dejar de pensar en el significado, porque en italiano existía la palabra anima, que quería decir lo mismo.
Anima mia. Mi alma. Podía percibir su devoción cada vez que esa palabra salía de entre sus labios, cómo embriagaba mis sentidos, envolviendo mi corazón como un bálsamo reparador.
No estaba del todo a salvo, pero no lo dije, porque sabía que si se estaba metiendo en aquel lío era por mí. Su opción más sencilla era entregarme, de nuevo, devolverme a mi familia o incluso a La Mort para zanjar su deuda.
Sus dedos acariciaron mi espalda con movimientos lentos, casi mecánicos. A veces me preguntaba si él también tenía miedo. Si en algún rincón de su cabeza dudaba de todo esto, si temía lo que podíamos encontrarnos al otro lado.
—¿Dónde estamos? —Quise saber.
—Volando sobre Bielorrusia —me informó—. Aterrizaremos en menos de una hora.
Asentí sin apenas moverme. No tenía fuerzas para fingir que todo iba bien, no después de los últimos días, de las confesiones, heridas, del sexo… Del eco de su voz susurrándome que era suya.
Quise preguntarle si de verdad creía que mis padres estaban involucrados en algo. Si todo ese teatro que me habían vendido durante años era solo eso: un montaje. Pero no pude. No porque no quisiera saber la verdad. Sino porque temía que él tuviese razón.
—No quiero que me odies por lo que vamos a descubrir —musitó él, como si me hubiera leído el pensamiento.
—Te he odiado demasiado tiempo —aseguré—. Ahora no lo hago.
—Lo harás.
Negué, apretándome aún más contra su pecho, a sabiendas de que si lo había dicho era porque de verdad le preocupaba lo que pudiese pensar sobre él.
—Lo que me asusta no es que tú tengas razón, Alexei —dije en un hilo de voz—. Lo que me espanta es haber vivido una mentira toda mi vida. No sé quién soy, ni qué creer —añadí con pesar—. Y me aterra pensar que todo lo que me sostenía… no exista.
—Si todo se desmorona… —Hizo una pausa—. Aquí estaré yo para que no caigas al vacío.
—Y si mi hermano también…
Él no respondió, pero tampoco lo necesitaba. Su abrazo fue la respuesta que mi alma ansiaba, ese silencio cargado de lealtad.
El aterrizaje fue suave. San Petersburgo nos recibió con un cielo encapotado y una humedad que se me colaba en los huesos.
Fuera del jet nos esperaba un coche negro.
Alexei se encargó de todo sin decir una sola palabra.
Fue entonces cuando me percaté de la magnitud del poder de los Romanov en su país.
Sus gestos conmigo eran secos, precisos, pero no fríos. Era su manera de protegerme, de tomar el control cuando yo apenas podía mantenerme en pie.
Durante el trayecto, no dije nada. Él tampoco. Pero su mano permaneció sobre la mía todo el tiempo, como un recordatorio constante de que no estaba sola.
—¿Quieres que paremos a comer algo? —preguntó cuando ya estábamos en el centro de la ciudad.
Negué con la cabeza, sin siquiera mirarle.
Estaba tan nerviosa que no podía pensar con claridad, era como tener la cabeza metida en un cubo al que no dejaban de darle golpes y a eso se le sumaba el pánico que me paralizaba.
Tenía un nudo en la garganta que casi no me dejaba respirar, y el estómago del revés como para desear meterme nada en la boca.
—Está bien, iremos directamente al apartamento —sentenció, y supe que no insistiría.
Veinte minutos más tarde llegamos al apartamento de Andrei, que no era lo que esperaba.
Estaba todo limpio, impoluto diría yo, ordenado, pero con una austeridad que casi parecía militar. Nada sobraba. Todo tenía su sitio exacto, y, sin embargo, había una calidez apagada, como si en algún rincón del lugar existiera alguien que aún creía en el silencio como forma de refugio.
Nos recibió con la misma expresión que tenía su hermano: neutral, distante, pero con algo en los ojos que delataba que no éramos dos extraños. No del todo.
—Andrei —dijo a modo de saludo.
Este asintió con la cabeza, sin más.
Nos quitamos los abrigos, y él nos indicó que pasáramos al salón. Todo estaba ordenado de forma impecable, como si esperara una visita importante, como si supiera que esta conversación lo cambiaría todo.
Me senté en el borde del sofá, no podía relajarme. Las paredes parecían observarnos mientras el tiempo dejaba de correr.
Andrei me tendió un vaso de agua, el cual agradecí con una ligera mueca, para, segundos después, ver cómo sobre la mesa comenzaba a desplegar decenas de papeles que no llegaba a comprender.
Alexei permaneció de pie, apoyado contra el gran ventanal, observando a su hermano con la tensión de quien espera su propia ejecución.
—Lo que estáis a punto de ver os va a joder la vida… —musitó, y fue entonces cuando fijó su mirada en la mía.
Y ahí lo supe.
La traición era tan cierta como que frente a mí tenía dos Romanov.
Había llegado el momento de que se me viniera todo encima.