El legado de los Romanov 48
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Alexei

Elisa dormía, o al menos lo intentaba.

Su cuerpo estaba encogido en el sofá de cuero negro del jet.

Tenía las piernas flexionadas y los brazos envolviendo su vientre como si quisiera protegerse de algo que aún no había desaparecido.

Estaba cubierta con una manta que la arropaba.

Su respiración era tranquila, pero por alguna razón, su ceño se fruncía ligeramente, como si incluso en sueños la realidad le recordara que no podía bajar la guardia.

La observé durante un rato largo, en silencio.

Llevaba días lidiando con cada una de sus partes, con todo lo que llevaba dentro. La había visto furiosa, rota, desafiante, perdida… Pero nunca así.

Tan frágil.

Tan… mía.

El aire en la cabina era cálido. Los motores rugían con constancia, el mundo se reducía a ese espacio en el que no existía ni pasado ni futuro. Solo nosotros. Solo esa promesa silenciosa que me había nacido del pecho y que me carcomía por dentro devorándolo todo a su paso.

Por un momento pensé en si sería viable permanecer siempre en el cielo, volando, alejándola de cualquier peligro. Luego, mi voz interior me gritó que ese no era el camino, los Romanov no nos rendíamos de aquella manera, y mucho menos dábamos la espalda a los que nos escupían en la cara.

La protegería.

De todo.

Incluso de mí.

Me pasé una mano por la mandíbula mientras un pensamiento oscuro se abría paso con la fuerza de un huracán: mataría por ella.

No era una idea vaga, lo haría.

Por primera vez en años, sentía que había algo más importante que el código que llevaba toda la vida respetando, algo más allá que el apellido, que el deber.

Ella.

Ella y su mirada.

Ella y sus silencios.

Ella y esa manera de mirarme como si pudiera perdonarme cualquier cosa que hubiese hecho sin dudarlo.

Porque sí, a pesar de que la amaba con todo mi ser, de la manera más irracional posible, sabía que no todo el mundo podría olvidar lo sucedido, fuese o no culpa mía. Al final yo había sido un peón, y ella había sufrido las consecuencias de mis no actos.

Una vibración en mi bolsillo me devolvió al presente, arrastrándome de nuevo a la cruda realidad, la misma en la que tenía que lidiar con explicaciones que no deseaba dar. Y en ese momento, el universo me las exigía, o mejor dicho: Nikolai.

Me levanté para alejarme de Elisa, y sin pensarlo, respondí, llevándolo al oído con el mismo cansancio con el que uno acepta que no hay forma de evitar una tormenta.

—¿Dónde demonios estás? —escupió, sin saludar.

Cogí aire y lo dejé ir a modo de suspiro, sin ganas. Me senté en la parte más alejada a la zona donde descansaba mi dusha, y saqué un cigarrillo, llevándomelo a la boca.

—Volando —respondí.

—¿Volando? —cuestionó—. ¿Con quién?

No respondí.

Un segundo de silencio.

—Alexei… —bisbiseó.

—Con Elisa —confesé.

Silencio absoluto al otro lado de la línea. Pude imaginar a la perfección la expresión de mi hermano, con la mandíbula tensa, con los ojos escurecidos y achicados como quien está a punto de desatar una guerra.

—Dime que no estás haciendo lo que creo que estás haciendo —espetó al fin.

—Voy a matar a La Mort.

La carcajada que soltó fue hueca. Vacía.

—Estás enfermo.

—Tal vez, pero ya no me importa —aseguré, esbozando una sonrisa diabólica que no podía ver.

Me daba igual parecer un loco, porque sabía que la única opción que teníamos para que Elisa fuese libre era luchar contra ese desgraciado, o quién estuviese detrás de La Mort.

—¿Y Elisa? —cuestionó—. ¿Qué demonios haces con ella? ¿La llevas a una guerra?

—La estoy sacando de una —respondí—. De la suya, de la que nunca debió vivir.

—Alexei, escucha lo que estás diciendo —me pidió, intentando mantener la calma—. No puedes enfrentarte a La Mort, no sabes todo de lo que sería capaz.

—Y tú no sabes lo que es ver como alguien se rompe delante de ti, Nikolai —respondí, manteniendo la voz baja para no despertarla—. No sabes lo que es querer salvar algo aunque te cueste todo.

—Créeme que sí que lo sé —sentenció.

Suspiré con fuerza, porque sabía que él también había sufrido lo suyo con Elena y todo el pasado que unía a nuestras familias.

—Esto no es solo por ella —aseguró—. Estás metiendo al apellido Romanov en una guerra con Francia, con las alianzas, con los putos Armentier.

—No necesito tu aprobación.

—Ni mi ayuda, ¿verdad? —cuestionó con superioridad.

—Exacto —confirmé, aunque sabía que aquella conversación nos llevaría a algo que no deseaba llegar.

—Eres un necio —murmuró.

—Tal vez lo sea. —Le di la razón—. Pero tengo la ayuda de alguien que sí está dispuesto a ir hasta el final.

Silencio.

De nuevo.

Sabía que no preguntaría quién, al menos no por el momento, porque lo que más le dolía no era que me hubiera rebelado. Era que no pudiera controlarme.

—No voy a detenerte —dijo al final—, pero si esto sale mal, no creas que iré a salvarte el culo como con Luca.

—No lo haré —le corté.

—Mejor.

Colgué.