47
Elisa
Cogí una bocanada de aire sintiendo como ni siquiera era capaz de respirar con normalidad, debido a cada una de sus embestidas. Con un rápido movimiento, se deshizo de las esposas que nos unían, no pude ver cómo, pero lo consiguió de inmediato.
La mano que tenía ya liberada subió deliberadamente hasta el nacimiento de mi cabello, enredándose en él, y tiró con saña de este, consiguiendo que echase la cabeza hacia atrás, jadeante, dejando mi cuello expuesto a él.
—Estás tan prieta… —gruñó contra mi oído.
Quise callarle estampando mi boca contra la suya, deshacerme en sus manos, perderme en cada suspiro, en cada mirada llena de lujuria. Un profundo gemido se escapó de mis labios entreabiertos, ya hinchados por cada uno de sus besos.
—¿Así es como finges que no me deseas? —cuestionó para, segundos después, devorarme—. Porque creo que lo estás haciendo de pena.
—Cállate —le ordené—, fóllame.
—Tus deseos son órdenes para mí, dusha.
«Mi alma», repetí como un mantra en mi cabeza. Porque si yo era su dusha, él sería la mía, y no había otra manera de comprender lo que ocurría entre ambos. Él era mi perdición, y yo sería la suya hasta que acabáramos consumiéndonos por completo.
Sus movimientos se volvieron más duros, tan rudos que podía escuchar el choque de nuestros sexos resonando en el lujoso baño de aquel jet privado en el que nos encontrábamos, y que ahora era testigo de una reconciliación que jamás hubiese esperado.
A cada embestida sentía cómo me invadía sin piedad, sin permiso, y yo lo acepté. Lo hice con un gemido, sintiendo cómo el corazón se me iba a salir del pecho, y con la mente al borde del colapso.
Cada movimiento era un golpe, un reproche, una confesión que sus labios no se atrevían a hacer. Me follaba como quien castiga, como quien no puede decir lo que siente con palabras, como quien se odia por amar.
Sus manos se aferraban a mi cintura, marcándome, mientras nuestras respiraciones se volvían cada vez más erráticas y salvajes. Y yo solo podía dejarme ir. Rindiéndome ante el placer de tener al hombre del que llevaba enamorada tantos años entre mis piernas, ofreciéndome todo su poder.
Sus movimientos se detuvieron unos segundos, los suficientes como para salir de mí, dejándome con una sensación de soledad que odié con todo mi ser. Fruncí el ceño y emití un leve quejido que le arrancó una sonrisa que me calentó el corazón.
Entró en mí de una sola estocada, abriéndose paso, permitiendo que sintiese cada centímetro de su miembro, llenándome por completo.
Ahogué un gemido cuando nuestros cuerpos chocaron como la colisión de dos meteoritos a punto de estallar.
Porque sí, así estaba yo, al borde de un abismo al que deseaba saltar, el mismo que me había condenado, y del que me había vuelto adicta.
—Ni se te ocurra volver a asustarme así —bisbiseó.
Levantó las mangas de mi camiseta y comenzó a besar cada una de las heridas que ya cicatrizaban con normalidad, provocando que mis ojos se llenasen de lágrimas ante aquel gesto tan dulce y delicado.
—No lo haré —juré.
—Más te vale —comentó—, porque si no, tendré que follarte hasta que te quedes sin fuerzas para nada más que no sea recibirme con las piernas abiertas.
—Hazlo —le insté.
Una risotada grave y rasgada salió de lo más profundo de su ser, haciendo que todo el vello de mi cuerpo se erizase.
—No tientes al diablo, dusha.
—¿Y qué pasa si quiero hacerlo?
—Que entonces tendré que darle motivos a toda tu puta familia para que vengan a cazarme —aseguró sin dejar de moverse—, porque pienso hacerte mía de todas las formas posibles.
Se hincó en mí, arrancándome decenas de gemidos que me quemaban la garganta, y que vaciaban mi corazón.
—Soy tuya —musité mediante un quejido.
—Claro que lo eres, Elisa —respondió, fijando sus ojos en los míos. Se habían vuelto tan oscuros que apenas podía distinguirlos de su pupila—. Y yo tan tuyo que me arrancaría el corazón del pecho para entregártelo si me lo pidieras.
Con gran maestría, me levantó el top que aún me cubría los pechos, dejándolos desprotegidos mientras no dejaba de besarme.
Solo que sus planes iban a ser otros, ya que, en un momento, se apartó lo suficiente para, sin dejar de moverse en mi interior, llevar su boca a mis endurecidos pezones para lamerlos.
Un mordisco provocó que un gruñido me quemase la garganta.
Me llevé una mano a la boca, intentando ocultar cada quejido de placer que me atravesaba con sus embestidas.
Una.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Salía y entraba como si no le costase nada, envuelto en mi humedad, en la suya propia, en los restos de su saliva que aún me empapaban y que comenzaban a chorrear entre ambos.
Todo mi cuerpo comenzó a temblar. Me arqueé contra él. Le necesitaba, no solo dentro de mí, también en mi cabeza, en mi pecho, en cada jodido rincón de mi cuerpo roto.
—Alexei —musité perdida en mi propio placer.
—Córrete para mí —rugió.
Jadeé, sintiendo como el placer subía por mi columna como una corriente eléctrica, recorriéndome por completo. Sin dejar de moverse, coló uno de sus dedos y comenzó a acariciar mi clítoris hinchado que con cada roce me castigaba.
—Arrástrame contigo, dusha —ordenó con una rudeza que noté cómo mi sexo palpitaba a su alrededor—, quiero llenarte entera, mi amor —añadió—. Hazlo.
Me corrí con su nombre entre los dientes, como una oración, una maldita condena a la que era adicta.
Alexei.
Mi enemigo.
Mi ancla.
Mi puto final.
Mi dusha.