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Elisa
El baño del jet era más grande de lo que imaginé, pero no por eso dejaba de parecerme una trampa.
El aire estaba cargado, era denso, era el maldito deseo que ambos sentíamos y que emanaba por cada poro de nuestra piel.
Él estaba ahí. Demasiado cerca, tanto que podía sentir el olor de su perfume mezclándose con el mío, con el metal de las esposas y el caro ambientador del lugar.
Tenía las muñecas alzadas, atrapadas por su mano, que era lo único que me mantenía en pie.
No era por cansancio o miedo, era él. Su proximidad, su silencio.
Esa manera en la que me desarmaba, observándome, con el ceño ligeramente fruncido, como si estuviera intentando descifrarme.
Como si aún no entendiera por qué no le había escupido a la cara.
Yo tampoco lo sabía.
Tal vez era el encierro, la intensidad, el hecho de que me había enfrentado a la muerte y había sobrevivido. O tal vez era simplemente él. La forma en la que me tocaba sin hacerlo, la tensión contenida de sus músculos. Su jodida presencia, que lo inundaba todo.
Mis piernas cimbrearon cuando sentí como todo su cuerpo se pegaba al mío. El pecho me subía y bajaba con violencia. Sentía que si no lo tocaba, si no lo besaba, iba a romperme por dentro, porque sí… Le necesitaba.
Era como una maldita droga de la que jamás podría desintoxicarme, y lo peor de todo era que ni siquiera quería hacerlo.
Me había jodido como el que más, pero había tantos secretos a nuestro alrededor que no sabía ni qué creer.
Lo único que tenía claro era que no me arrepentiría de lo que estaba a punto de hacer.
Me impulsé hacia adelante con la poca fuerza que tenía, y estampé mis labios contra los suyos, devorándole.
Lo besé como si me fuera la vida en ello.
Como si mis pulmones se vaciaran y solo él los pudiera llenar.
Como si lo necesitara más que el aire que respiraba, más que a mi libertad, más que a mí misma.
Su boca no se movió al principio. Fue como besar una estatua, una escultura tallada con rabia, pero entonces esbozó una sonrisa ladina. Joder. Todo mi cuerpo se vio engullido por un fuego que nació en mi pecho y bajó hasta morir en mi sexo.
Una ligera risotada se escapó de su interior, resonando en el mío, embriagándome con su armonía.
—Mientes —bisbiseó contra mi boca—. Mientes cuando dices que me odias, cuando me pegas, cuando me rechazas diciendo que te repugno…
Una de sus manos descendió entre ambos, recorriendo todo mi cuerpo, y por un instante deseé que fuese su boca la que hiciese un reguero sobre mí, devorándome con ese delirio que solo él sabía darme.
Coló una de sus manos entre la tela de mis braguitas y la piel de mi sexo, para adentrar uno de sus dedos entre mis pliegues.
Ahogué un gemido cuando comenzó a masajear mi clítoris, como si cada caricia fuese una sentencia de muerte.
Lo peor de todo era que estaría dispuesta a morir así con tal de hacerlo en sus manos.
—Hmmm… —gruñó sin separarse de mí—. Estás tan jodida como yo.
No necesitaba que me lo dijera, ambos lo sabíamos. Porque a pesar de los años, de que apenas pasamos unos días juntos, nuestros cuerpos se reconocían de una manera sobrenatural, como si en otra vida hubiésemos estado unidos.
Pegué mi cuerpo al suyo, deseando ir a más.
Le necesitaba, sí. Porque entre toda la media que había pasado, él era lo único que lograba mantenerme enfocada.
Alexei había sido mi condena, pero no solo en mi secuestro.
Él era esa elección que haría en cada una de mis vidas, aún a sabiendas de que acabaría como lo había hecho: desquiciada, rota, sola…
Este sacó la mano de mis leggings, para llevarse los dedos a la boca, los lamió, regocijándose en su propia perversión, disfrutando de mi esencia, con una lujuria desmedida.
—Eres jodidamente deliciosa, Elisa —masculló.
La misma mano que me había torturado descendió por mi torso, bordeando mi cuerpo como si lo conociera mejor que yo.
Pasó por debajo del top, tocando mi piel, caliente, hambrienta de él.
Mis pezones reaccionaron al instante, endureciéndose contra su palma, y provocando que un suspiro contenido se me agolpase en la garganta.
Él no se detuvo. No lo dudó. No vaciló.
—Voy a recordarte a quién perteneces, dusha.
Estampó, de nuevo, sus labios contra los míos, devorándome, llevándose consigo cada suspiro, cada gemido que no podía retener en mi interior. Dusha. Me lo había dicho en otras ocasiones, pero jamás había llegado a comprender a qué demonios se refería.
—¿Qué… Qué significa dusha? —balbuceé en el instante en el que pude separarme de él unos milímetros.
—Mi alma —sentenció justo antes de bajarme los pantalones.
No hubo un gesto amable, solo una precisión casi quirúrgica que me dejó sin habla. Me los quitó del todo, dejándome expuesta, vulnerable, con el frío del metal del lavabo pegado a mis muslos.
Mi respiración se volvió errática, y no supe si era por aquel simple movimiento o por el hecho de que me hubiese llamado su alma.
Su mano volvió a deslizarse entre mis piernas con esa seguridad con la que lo hacía todo. Nos habíamos destrozado, y aun así, nuestros cuerpos seguían reaccionando sin que pudiéramos hacer nada por evitarlo.
Soltó su agarre, al mismo tiempo que se arrodillaba frente a mí y, por un instante, me sentí poderosa. Me sentí la reina de todo su jodido reino, y lo peor de todo es que me gustó demasiado.
—Abre las piernas —ordenó.
Me apoyé en el lavamanos, haciendo lo que ordenaba, quedando expuesta ante él por completo.
Colocó sus manos a ambos lados de mis muslos, aferrándose a ellos, tirando de mí lo suficiente como para que su boca quedase pegada a mi sexo.
Ahogué un gemido cuando su lengua se abrió paso entre mis pliegues, lamiéndome como si fuese un jodido helado.
Mi corazón se desbocó, latiendo atronador en el momento en el que se posó en mi clítoris.
Sonrió, lo hizo con la malicia de quien sabe que puede conseguir lo que quiere, con esa maldita seguridad que me ahogaba y al mismo tiempo me prendía en llamas.
Enredé la mano que tenía esposada a la suya en su cabello, dejando que mis dedos se entrelazasen con este, manteniéndolo en el punto exacto que tanto deseaba, permitiendo que todo mi ser temblase bajo su toque.
Coló uno de sus dedos en mi interior mientras no dejaba de saborearme, maltratándome con cada una de sus lamidas.
Mi pecho subía y bajaba con urgencia. Notaba como a cada segundo que pasaba todo el cuerpo se me tensaba bajo cada succión. Esa maldita manera que tenía de comerme, como si desease aún más mi placer que el suyo propio.
Arqueé mi espalda cuando sentí como la oleada de placer se acercaba, porque sí, con Alexei no necesitaba más, solo esa boca que me hacía perder la conciencia de cualquier peligro.
—No te corras —me ordenó.
—¿No? —gemí.
Se levantó de un salto, como impedido por un resorte, dejando que el frío tomase su lugar, y antes de que pudiese quejarme, se deshizo de sus pantalones, dejando frente a mí su dura erección.
—Eres mía, Elisa —sentenció, justo antes de adentrarse en mí.