El legado de los Romanov 45
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Alexei

Eran las diez de la noche cuando salimos de nuestro escondite.

Llevaba tantos años guardándolo que se me antojó que a partir de aquel momento ya no podría entrar en él con la misma tranquilidad con la que lo había hecho con Elisa, no sin recordar esa imagen que había estado perturbándome desde que la vi.

Ella envuelta en sangre, a punto de desfallecer, sin reaccionar a nada.

Cogí un cigarrillo sin apartar la vista de la carretera, y me lo llevé a la boca, encendiéndolo sin preguntarme si aquello le molestaría.

El frío cortaba como si fuesen navajas en la oscuridad.

El motor del coche rugía mientras avanzábamos entre las sombras, dejando atrás la casa que, hasta hacía apenas unas horas, había sido un infierno de puertas cerradas, silencios rotos y miradas demasiado intensas como para fingir que no significaban nada.

No miré a Elisa. No podía hacerlo. Me sentía confuso, porque una parte de mí podía percibir aún esos nervios que llevaba aguantando desde hacía horas, mientras que otra encontraba en sus ojos esa rabia que tan bien conocía.

Lo único que se escuchaba era el crujido de las esposas que se movían en el asiento, encadenada a la puerta, para que yo pudiese conducir con tranquilidad, recordándole que no era libre. No del todo.

—¿A dónde demonios vamos? —preguntó al fin, con la voz rota de quien ha gritado demasiado por dentro.

No le respondí de inmediato. Mantuve la mirada fija en la carretera. Cada segundo contaba, y no podíamos perder ni uno.

—Es mejor que no lo sepas —contesté, sin siquiera girar el rostro.

Bufó. Su cabeza se echó hacia atrás contra el asiento, y pude sentir el peso de sus ojos fijos en mí. Si hubiese podido matarme con una mirada, ya estaría muerto desde hacía más tiempo del que me gustaría admitir.

No la culpaba.

En cierto modo, yo había sido parte de su condena. Y lo seguiría siendo hasta el fin de mis días, porque no iba a separarme de ella jamás.

El trayecto no duró más de una hora, pero el silencio hizo que pareciera eterno.

Al llegar al aeródromo privado, los focos del hangar recortaron nuestras figuras en la noche como dos fantasmas escapando del infierno.

Esposé de nuevo a mi acompañante a mi propia muñeca, y cubrí nuestras ataduras con las mangas largas de las chaquetas que vestíamos.

El aire era helado. Se colaba por la abertura de mi chaqueta. Elisa se encogió, intentando protegerse del viento, pero no hizo comentario alguno.

Allí nos esperaba el jet. Gris, elegante, tan silencioso como letal. En la escalerilla, el piloto ya nos aguardaba de pie, recto como un soldado. Una mueca de satisfacción se esbozó en sus labios al verme, y pasó a confusión al ver cómo mi mano se agarraba con firmeza a la de mi acompañante.

—Alexei Romanov —me saludó con un breve movimiento de cabeza—. Ha pasado mucho tiempo.

—Demasiado, Marko —respondí, ofreciéndole la mano que tenía libre.

Fue un apretón sólido, igual que lo había sido siempre.

—¿Y ella? —preguntó, sin dejar de observar a Elisa, que miraba todo con una mezcla de sospecha y desconcierto.

—Mi esposa —respondí sin titubear.

El cuerpo de Elisa se tensó al momento, pude sentirlo en la manera en la que me agarraba la mano. Por el rabillo del ojo pude ver cómo me observaba con una mezcla de confusión y de algo que no supe descifrar.

Marko arqueó una ceja, pero no hizo ningún comentario. Era un hombre al que no se le escapaba nada, discreto, pero sabía cuándo guardar silencio, y este era uno de esos momentos.

Subimos al jet. Dentro, el contraste era brutal.

Calor, silencio, confort, y el lujo que no habíamos tenido en las últimas semanas.

Un sofá de cuero negro nos recibió en la cabina principal, con luces suaves y una botella de whisky ya servid en dos vasos, como si Marko supiera con exactitud lo que necesitaba.

Elisa no dijo nada hasta que estuvimos en el aire. La ciudad quedó atrás, reducida a puntos de luz que parpadeaban como estrellas moribundas, perdidas, igual que lo estábamos nosotros.

—Tengo que ir al baño —dijo, por fin, con un tono neutro, como si no esperase ninguna respuesta.

La miré de reojo, sin prestarle demasiada atención, y fue entonces cuando alzó su mano, recordándome que seguíamos esposados.

—No —respondí, cruzando una pierna sobre la otra con una calma medida—. Vamos juntos.

—¿Perdón?

Me incliné hacia ella, más de lo que estaba permitido, sintiendo su respiración chocar contra mis labios.

—No voy a quitarte las esposas. —Mi voz sonó baja, grave, como una amenaza envuelta en terciopelo—. Lo sabes.

Apretó los dientes, tanto que pude ver cómo su mandíbula se marcaba, imitando ese gesto que tantas veces había hecho yo cuando me sacaba de quicio. Luego, giró el rostro hacia la ventanilla, como si la oscuridad le ofreciese más respuestas que yo.

—No hay nada que no haya visto antes —comenté, con un deje de diversión que supe que la sacaría de quicio.

Esta negó con la cabeza al mismo tiempo que se revolvía en el asiento, nerviosa.

—Eres asqueroso —escupió entre dientes.

—Estoy seguro de que si te meto la mano por dentro de las mallas que llevas podría empaparme.

Me levanté. Tiré de las esposas con suavidad, haciéndola levantarse.

—Vamos.

—Esto es ridículo —murmuró, pero no se resistió.

La conduje hasta el baño del avión. Era amplio, con acabados metálicos y luz tenue. Cerré la puerta tras nosotros, sin prisa. Elisa giró sobre sí misma, con el pecho agitado y la respiración cortada por algo que no era solo rabia.

—¿Vas a mirar como meo también?

—Hazlo, va —la insté—. Si tantas ganas tenías de venir…

Esta volvió a decir que no con la cabeza, dándome la respuesta que tanto ansiaba tener, esa que me daba la excusa perfecta.

—No es por eso que estás aquí —musité, acorralándola contra la pared.

—¿Entonces por qué?

Acerqué mi rostro al suyo. La tensión entre ambos era densa, casi palpable. Podía sentir el calor que emanaba de su piel, el temblor apenas perceptible en su respiración, la manera en la que se resistía a bajar la mirada.

Pegué mi cuerpo al suyo, permitiendo que sintiese mi dureza, la misma que la reclamaba con un ansia sobrehumana.

Aun así, mis manos no la tocaron. Al menos no donde deseaba, ya que alcé la que nos unía, para colocarla por encima de su cabeza, agarrando la otra, y uniéndolas para que no pudiese moverlas.

—Estás mintiendo, Elisa —dije en voz baja—, y lo sabes.