El legado de los Romanov 44
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Alexei

Habían pasado dos días desde el incidente. Dos días en los que mi mente había barajado infinitas posibilidades para buscar la solución que nos alejase de La Mort. Teníamos que reunirnos con Andrei antes de que fuese demasiado tarde, tal vez él tuviese esa solución que tanto me costaba encontrar.

El refugio olía a leña quemada y a la humedad que se colaba a través de los cristales.

La madera crujía con cada golpe de viento y acababa con el silencio que reinaba.

Elisa dormía en la cama, envuelta en una manta que ya olía a ella.

Las vendas ya no brillaban con sangre, sino que solo cubrían los recuerdos de un pasado que había logrado romperla.

Una parte de mí quería calmar esos demonios que la atormentaban, llevármela lejos, olvidarnos de lo ocurrido y empezar una nueva vida como si no fuésemos más que dos desconocidos, pero eso, en nuestro mundo era imposible.

No solo por su familia, sino porque arrastrábamos un pasado que nos atormentaría toda nuestra existencia.

Comencé a sacar todo lo que guardaba en la bolsa de emergencias que tenía en el armario, verificando que nada faltase.

Tres cargadores, balas envueltas en papel, una navaja bien afilada que había comprado en Marsella años antes, los pasaportes falsos, un teléfono sin tarjeta, bridas, una pistola, dos fajos de billetes y un subfusil.

Puse el silenciador a un lado. Cada clic metálico resonaba en la cabaña como un eco.

Montar un arma me calmaba, ordenar la violencia me parecía menos desolador que la incertidumbre de no saber lo que iba a ocurrir.

Estaba mosqueado, porque no conocía nada de ese espectro al que llamaban La Mort salvo algunas habladurías.

Era alguien que tenía las narices metidas en todos lados, hurgaba en cada herida que veía, y conseguía lo que se le antojaba sin siquiera tener que alzar la voz. Una mirada y el mundo se venía abajo.

No nos habían enseñado a temerle, en realidad no era más que eso, un fantasma, uno que permanecía oculto, en la lejanía, pero que se enteraba de cada paso que daban ciertos negocios.

Por suerte o por desgracia, mis negocios no tenían nada que ver con los de mi familia, al menos, no los que llevaba de manera extraoficial.

Elisa apareció en la penumbra. Llevaba un jersey que le quedaba grande y las ojeras se le marcaban sobremanera.

No lloraba. Su mirada ya no buscaba consuelo, sino respuestas.

Tenía derecho. Aún no conocía la palabra justa para lo que le habían hecho, pero iba a encontrarla para acabar con todos los que la sentenciaron.

—¿A dónde vas? —preguntó con la voz seca.

No levanté la vista del mapa doblado que había sobre la mesa.

Trazaba rutas con tinta roja hasta el punto donde el mundo dejaba de tener nombre: el escondite en el que estaría Andrei, el cruce del río, el paso estrecho que él conocía.

Andrei era un hombre que no solicitaba permiso, rompía códigos, abría puertas a patadas…

Y si había alguien sobre la faz de la tierra que pudiese crear una grieta en La Mort, era él.

—A dónde vamos, será —la corregí—. Tu familia es la que nos ha metido en este asunto, así que ahora tenemos que arreglarlo.

Aquello sonó más a una sentencia que a cualquier otra cosa. Elisa no sonrió, ni siquiera expresó en su rostro la preocupación. Se limitó a acercarse, posando una de sus pequeñas manos sobre mi hombro, dejando que el frío de su piel contagiase a la mía.

Estaba mosqueado, porque todo lo que había podido indagar sobre La Mort se deshacía entre mis dedos como un puñado de arena.

¿Cómo se suponía que debía protegerla de algo que ni siquiera conocía?

No conocía la magnitud en la que se movía aquel desgraciado, tan solo las habladurías o rumores que en algún momento había escuchado, y que, en realidad, no sabía si se referían a él al cien por cien.

—¿En qué piensas? —preguntó.

Chasqueé la lengua, perdido en mis pensamientos, dudando de si de verdad podía confiarle lo que pasaba por mi cabeza.

—En que La Mort no sea solo una persona —musité—. Que sea una etiqueta y debajo haya manos, bancos, favores, voces a las que no podemos callar…

Sus ojos se cerraron un segundo. Pude sentir el dolor atravesándola por completo, porque a pesar de que sabía que no habían sido justos con ella, seguía amando su familia a pesar de todo, los mismos que la vendieron como quien firma un autógrafo.

No habían tenido reparos y no había perdón del mundo para eso.

Volví a la mesa, a ordenar el maldito dinero, como quien enumera un crimen.

El dinero no limpiaba la sangre, solo la numeraba.

Metí el teléfono en una funda de cuero y dejé el GPS en modo oculto.

Verifiqué la munición y tomé una bocanada de aire, sintiendo como la sangre me hervía mientras recorría mis venas.

—Vamos a necesitar que hagas memoria, Elisa —aseguré.

Esta dijo que sí con un movimiento leve de cabeza, con la mirada fija en el chisporroteante fuego. Porque sabía que recordar iba a herirle aún más que los mismos hechos.

Mi teléfono vibró sobre la mesa y no pude evitar cerrar los ojos, apretando la mandíbula con fuerza, porque sabía de quién se trataba.

Luca:

Puta rata.

Puedes esconderte cuanto quieras.

Pero tarde o temprano caerás, Romanov de los cojones.

Una breve sonrisa se dibujó en mis labios. Tenía la respuesta perfecta.

Alexei:

Te importa más encontrarme a mí que a tu propia hermana.

Algo huele mal.

Revisa tus lealtades, perro.

Lo peor de todo era que tenía razón. Luca contaba con una red de información aún mayor de la que teníamos nosotros.

Pero en vez de preocuparse por dar con su hermana, no dejaba de perseguirme como un maldito sabueso que persigue a su presa.

Si hubiese puesto la mitad de esfuerzo en encontrarla a ella que a mí, estoy seguro de que habría dado con su paradero antes que yo.

A menos que eso no fuese su objetivo, que conociese el maldito plan que tenía su padre con La Mort.

—¿Qué va a ocurrir ahora? —preguntó Elisa, sacándome de la burbuja en la que me encontraba.

Sabía que quedarnos en aquella casa durante más tiempo iba a hacer que nos metiéramos en un lío.

Porque sí nuestros problemas no acababan con La Mort, aún tenía a su hermano siguiéndome la pista, avanzando cada paso que daba, y estaba seguro de que en cualquier momento daría con nosotros.

¿Qué demonios se suponía que debía hacer?

¿Entregarla? Él me perseguía por haber condenado a su hermana, por no saber dónde estaba, creyendo que yo sí, pero ¿y si todo eso no tuviese sentido?

No permitiría que se la volvieran a llevar, pero tampoco que Luca le pusiese la mano encima, y si tenía que cargarme a toda su puta familia, lo haría.

Me giré hacia ella, con el corazón bombeando con fuerza en el pecho, sintiendo como ese impulso sobrehumano volvía a tomar el control de todo mi ser. Apreté la mandíbula con tanta fuerza que pude escuchar el crujir de mis muelas chasqueando por el contacto.

—Que tú y yo nos marchamos —aseguré al mismo tiempo que sacaba unas esposas.

Ella pareció no darse cuenta hasta que el clic del cierre alrededor de su muñeca resonó por toda la estancia.

—¿Pero qué demonios…? —comenzó a decir.

—Esta vez, no te escapas.