43
Alexei
Un mes antes.
El cursor parpadeaba en mitad de la pantalla como si se estuviese burlando de mí.
Una vez.
Dos.
Tres.
Llevaba más de cuatro horas sentado frente al ordenador, con un vaso de whisky medio vacío a un lado, un cigarrillo consumiéndose en el cenicero y la mandíbula tan apretada que ya empezaba a dolerme la cabeza.
Había demasiadas piezas sobre la mesa, demasiados nombres, rutas que no llevaban a ningún lugar concreto.
Y, aun así, todo parecía apuntar hacia el mismo lugar.
Giovanni Moretti.
Elisa.
Joder.
Me pasé una mano por el rostro, arrastrando los dedos hasta el nacimiento del cabello, intentando ordenar la mierda que tenía delante.
Mapas marítimos, registros portuarios, empresas pantalla, facturas, nombres de intermediarios que aparecían una vez y desaparecían durante meses, como si alguien los hubiera borrado del mapa.
No me gustaba.
Nada.
Había aprendido demasiado joven que cuando algo parecía limpio era porque alguien se había tomado muchas molestias en ocultar la sangre. Y aquello estaba tan pulido, tan bien organizado, que me producía una desconfianza de la hostia.
Le di una larga calada al cigarrillo, dejando que el aire del humo me quemase los pulmones antes de expulsarlo despacio.
Necesitaba pensar.
Pero cada vez que lo intentaba, aparecía ella. Mi Elisa.
Su nombre se había convertido en una maldita enfermedad.
En un ruido de fondo que no desaparecía, ni siquiera cuando intentaba centrarme en otra cosa.
Había días en los que creía que todo lo que estaba haciendo era por orgullo, por limpiar mi nombre, por encontrar la verdad que Luca me había escupido a la cara como si yo hubiese sido el único culpable.
Mentira.
Lo hacía por ella.
Por esa mirada que no había vuelto a ver, y por esa forma en la que sus gritos se habían quedado enterrados en mi cabeza.
El teléfono vibró sobre la mesa.
Al principio ni siquiera lo miré. Continué observando la pantalla, siguiendo con la mirada una de las rutas que salía de Marsella, pasaba por Mónaco y terminaba en un puerto privado de Sicilia. No tenía sentido. O tal vez sí, y eso era lo que me estaba cabreando cada vez más.
El teléfono volvió a vibrar.
Esta vez lo cogí.
Andrei.
Fruncí el ceño antes de responder.
—Dime.
Al otro lado hubo un silencio breve, de esos que no significaban calma, sino todo lo contrario.
—¿Estás solo?
Aquella pregunta hizo que todo mi cuerpo se tensara.
Andrei no hacía preguntas inútiles. No desperdiciaba palabras, ni llamaba a esas horas solo para tocarme los huevos.
—Sí.
—¿Seguro? —insistió, lo que hizo que mis alertas se encendieran.
Giré la cabeza hacia la puerta del despacho, y luego hacia el ventanal, como si alguien pudiese estar observándome desde el otro lado de Moscú.
—Estoy en el piso seguro —sentencié—. Nadie sabe que estoy aquí.
—Bien.
Dejé el cigarrillo sobre el cenicero y me incorporé un poco en la silla.
—¿Qué has encontrado? —Quise saber.
—Te he enviado unos archivos.
El ordenador emitió un sonido bajo justo en ese instante, no era un envío cualquiera, Andrei estaba metido en mi propio ordenador.
—¿Qué cojones es esto? —inquirí.
—Información encriptada —respondió—. Como no la puedes abrir en una red normal, te la muestro.
—¿Por qué no me la mandas y ya está? —cuestioné—. No soy imbécil.
—Esta vez necesito que actúes como si pudieras serlo —replicó, seco—. Porque si alguien rastrea estos archivos hasta ti, no va a ser un problema mínimo.
La gracia se me borró al instante. Miré de nuevo la pantalla, y vi como comenzaba a bajar.
—¿Qué contienen?
—Parte de lo que llevo semanas buscando —me informó.
Se escuchó el sonido de un mechero al otro lado, y después una exhalación lenta.
—¿Has vuelto a fumar? —indagué.
—Obviamente.
Andrei también fumaba cuando algo se torcía, cuando los nervios se apoderaban de él, y este era uno de esos momentos.
—Habla —le ordené.
—Giovanni Moretti.
No dije nada, solo estiré la mano hacia
—¿Qué cojones pasa con Giovanni?
—Que su nombre aparece en varias rutas comerciales que no deberían tener relación entre sí.
Abrió el archivo en un sistema aislado, uno que Andrei había preparado para que nadie pudiese llegar a nosotros.
—¿Rutas de qué tipo?
—Marítimas, principalmente. —Hizo una pausa—. Marsella, Mónaco, Génova, Palermo, Nápoles… Hay conexiones menores con Estambul y Dubái, pero aún no sé si son reales.
—Hay gente muy importante involucrada —musité.
—Sí —apuntó Andrei—. Por eso te he dicho que tengas cuidado.
Dejé ir una risotada seca.
—¿Desde cuándo te preocupa mi seguridad?
—Desde que has decidido meter la polla, la cabeza y a nuestra familia en algo que podría hundirnos a todos si esto sale mal.
No respondí.
Tenía razón, y odiaba que la tuviera.