El legado de los Romanov 42
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Elisa

No podía creer lo que acababa de escuchar.

Durante los siguientes segundos, el aire pareció desaparecer de la habitación, y solo quedamos él y yo, atrapados en ese instante suspendido, como si el tiempo mismo se hubiese negado a avanzar.

Me quedé quieta, sin saber si debía reír, llorar o salir corriendo de allí.

Lo miraba y no lo reconocía. Ese no era el Alexei Romanov que yo había odiado durante años.

Ese no era el monstruo que me había entregado, el que me había dejado sola para que me destrozaran la vida.

El que tenía delante estaba roto, con los ojos encendidos, la voz ronca, cargada de una verdad tan cruda que me dolió más que cualquier mentira.

—¿Qué…? —empecé a decir, incapaz de procesar lo que oí.

Acercó la silla en la que estaba sentado, un poco más al borde, y sentí el calor de su cuerpo interponiéndose entre el frío y mi cuerpo, que aún seguía resentido. Su mirada se posó en la mía, sujetándome, sin darme opción a huir, sin permitirme espacio para esconderme entre mis reproches.

—Pero…

—¿Quieres la verdad? —cuestionó, a lo que respondí solo asintiendo—.

Aquí la tienes —continuó, con un temblor casi imperceptible en la voz—.

No soy capaz de pensar en algo sin que estés presente.

No puedo dormir sin verte en mis pesadillas, sin imaginarte en esa habitación sola.

—Su voz se apagó, encogiéndome el alma—.

Me follé a otras, pero solo eran pieles.

Ruido. Nada —sentenció con una firmeza que no esperaba—.

Tú… Tú eres esa maldita droga a la que llevo enganchado desde el primer día en el que te vi, y de la que no puedo rehabilitarme, y por mucho que me odies… sigues siendo mía.

Cada palabra fue como un golpe seco. Sentí que el pecho se me cerraba, el aire escapaba de mis pulmones, como si me estuviese ahogando en mis propios pensamientos. Tragué saliva, sin poder apartar la mirada de él.

Una parte de mí quería gritarle, decirle que era un mentiroso y que sabía que solo estaba jugando conmigo, otra vez, pero no podía. Porque lo que vi en sus ojos me paralizó: no había ni rastro de arrogancia, ni orgullo, ni de ese Alexei al que habría matado.

Solo dolor.

Un dolor tan real que parecía atravesarle el alma.

El corazón me latía con fuerza, tan rápido que dolía.

Tragué saliva, sin saber cómo responder. Me pasé una mano por el rostro, intentando frenar las lágrimas que amenazaban con salir.

—Tú me dejaste —susurré, con la voz quebrada, temblorosa, como si cada palabra fuera una herida que se reabría.

Él asintió despacio, sin apartar la mirada de mí.

—Lo sé —respondió sin dudar—. Y me lo recuerdo cada maldita noche.

Su sinceridad me desarmó. No había excusas ni justificaciones, solo verdad. Una demasiado cruda para no doler, y tan sangrante como mis propias heridas.

Me quedé mirándolo, en silencio, intentando asimilar lo que acababa de decir, pero el pasado volvió a golpearme con fuerza, recordándome cada momento de miedo, de dolor, cada lágrima que derramé cuando me di cuenta de que no volvería.

—¿Por qué, Alexei? —pregunté con la voz estrangulada—. ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué no me buscaste? ¿Por qué me dejaste allí sabiendo lo que podían hacerme?

Las palabras se me escaparon en forma de reproche, pero lo que de verdad quería era una respuesta que me permitiera cerrar las heridas que él mismo había abierto.

Desvió la mirada y, por un momento, pensé que no iba a responder, sobre todo en el instante en el que se levantó. Caminó hacia la ventana, encendió un cigarrillo y exhaló el humo con lentitud, como si necesitara tiempo para encontrar las palabras adecuadas.

—Porque no tuve elección —dijo al fin, con la voz ronca, cargada de resignación—. Me obligaron a hacerlo.

Lo miré, sin entender a qué demonios se refería.

—¿Qué?

—Tu padre —susurró, con los ojos clavados en el suelo—. Giovanni Moretti.

Sentí como si el mundo se desmoronara bajo mis pies.

—Mentira —dije, negando de forma desesperada con la cabeza—. No… no digas eso.

—Ojalá lo fuera —respondió él con amargura—. El trato estaba cerrado mucho antes de que tú y yo nos conociéramos. Yo solo iba a ser una herramienta, la pieza que movieron para sellarlo.

—¿Cómo? —cuestioné.

—Mi familia… —comenzó a decir—. No podía ponerlos en riesgo, haberme interpuesto en ese pacto habría condenado a todo mi clan a una jodida guerra.

—¿Y esa fue la solución? ¿Dejarme allí? —grité, con la voz temblorosa.

—Todo fue una equivocación —aseguró—. No tenía ni idea de que iban a ir a por ti, salí a comprar algo de cena, y cuando volví ya era demasiado tarde. —Le dio una larga calada a su cigarrillo—. ¿Crees que no lo pensé? ¿Que no me odié por ello?

—No —susurré, negando con la cabeza, sintiendo como el aire se me escapaba, como todo comenzaba a darme vueltas—. No… no puede ser.

—Claro que puede ser —replicó él con una desesperación que me rompió por dentro—. Y me he arrepentido todo este tiempo.

No supe qué decir. Las lágrimas comenzaron a caer, silenciosas, pesadas, mientras mi respiración se entrecortaba. Era demasiado. Tanta verdad y dolor acumulado que ni siquiera era capaz de contenerme.

—Todo este tiempo… —murmuré—. Creí que me habías traicionado, que te habías olvidado de mí.

Mi mente iba a dos mil por hora.

Mi vida había sido una mentira desde el momento en el que nací, y lo peor de todo es que mi propia familia había sido cómplice de todos los traumas que ahora arrastraba.

—Nunca te olvidé —juró con firmeza—. Nunca.

Sentí un mareo. El corazón me latía con tanta fuerza que se volvió ensordecedor, el aire no me llegaba a los pulmones y un punzante dolor me subió por la garganta. Alexei lo notó enseguida, que se acercó a mí, para tomarme de la mano.

—Tranquila —susurró, apretándome con suavidad—. Respira.

Me aferré a su brazo, cerrando los ojos.

—No puedo… —murmuré entre jadeos.

—Sí puedes. —Su voz sonó cerca, cálida, casi dulce—. Estoy aquí. No me voy a mover de tu lado.

Su promesa flotó en el aire, pesada, real.

Y por primera vez en mucho tiempo, lo creí.