El legado de los Romanov 41
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Elisa

Cuando abrí los ojos, lo primero que sentí fue el peso del silencio.

Un silencio denso, cargado, que llegaba, incluso, a oprimirme el pecho como una losa.

Me costó respirar. Todo estaba borroso al principio, apenas podía distinguir nada de lo que me rodeaba, solo un sonido lejano.

Parpadeé un par de veces, intentando comprender dónde estaba, y solo entonces la realidad comenzó a filtrarse a través de la neblina: la cama, las mantas, el vendaje alrededor de mis brazos… Él.

Alexei, sentado en la silla junto a mí, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada fija en mí.

No se movía. Apenas respiraba.

Solo estaba ahí, vigilándome, como si con eso pudiese evitar que me desvaneciera por completo.

Tragué saliva con dificultad. Tenía la garganta seca y los labios agrietados por la falta de hidratación.

—Alexei… —musité.

Intenté incorporarme, sintiendo como todo me daba vueltas, pero un mareo me devolvió al colchón. Me sentía débil, vacía, como si me hubiesen drenado por completo.

—¿Qué… qué ha pasado? —balbuceé, probando a hilar dos palabras con normalidad, mediante un hilo de voz que apenas reconocí como mío.

Él alzó la cabeza, y sus ojos verdes, enrojecidos por el cansancio, se encontraron con los míos.

No respondió. Permaneció en silencio, mirándome, con esa intensidad que siempre me había desarmado, como si no supiera por dónde empezar.

Pero su mirada decía tanto que no necesitaba palabras para saber por lo que había estado pasando el tiempo en el que había estado inconsciente.

Una enorme pena me asoló, y no solo eso, sino vergüenza. ¿Cómo había sido capaz de intentar algo así? Me dolía el alma, porque después de todo por lo que había luchado se estaba yendo al traste por una estupidez.

—¿Qué has hecho, Elisa? —susurró al fin.

Esa pregunta fue como un cuchillo en el pecho. Me removí incómoda, evitando su mirada. No podía soportar lo que veía en ella: el juicio, la decepción, el miedo disfrazado de control, y un arrepentimiento que me partió el alma.

Me llevé una mano a la frente, intentando recordar algo más que fragmentos confusos, el agua, la sangre, el suelo frío de la ducha, él entrando… y después, nada.

—Yo… no sé… —murmuré—. Lo siento.

Las palabras salieron rotas, inútiles, dejando un vacío en mi interior.

No había disculpa suficiente para lo que había hecho, no por él, por mí misma.

Me sentía débil, patética. No por el dolor, sino por haber sido capaz de llegar tan lejos, por haber perdido el control como si no me hubiesen enseñado a mantenerlo.

El silencio volvió a instaurarse entre ambos, solo interrumpido por el crepitar del fuego de la chimenea, que no dejaba de brillar en el salón, iluminándolo todo.

Cuando intenté mover los brazos, el escozor del vendaje me hizo jadear.

Él lo notó al instante, por lo que se levantó sin decir nada y fue hasta el pequeño botiquín que había sobre la mesa.

Lo abrió, sacó gasas limpias, antiséptico y un rollo nuevo de venda.

Por un momento pensé cuántas le quedarían para continuar curándome antes de que tuviésemos que marcharnos de allí.

Luego volvió a mi lado y se sentó al borde de la cama.

Su proximidad hizo que mi corazón se acelerase sobremanera, consiguiendo que todo mi ser se tensase.

—Tengo que cambiarte esto —dijo con voz baja, casi inaudible.

Asentí, incapaz de responder.

Le estaba tocando lidiar con esto cuando él no tenía responsabilidad alguna de que la masoquista de su… Mi mente se detuvo. Ni siquiera éramos amigos como para que tuviese que encargarse de mí.

Sus manos, grandes, curtidas, se movían con una precisión que contrastaba con la brutalidad que siempre había visto en él.

Me soltó con cuidado los nudos del vendaje, revelando las heridas que aún luchaban por cerrarse.

Sus dedos se movían lentos, concentrados, casi con ternura.

Noté su respiración rozándome el antebrazo mientras limpiaba con una toalla tibia el rastro de la sangre seca.

Cada movimiento era un roce, una caricia a mi alma, disimulada bajo la apariencia de algo clínico.

Y por primera vez en mucho tiempo, no supe si quería apartarme o hundirme con su contacto.

—¿Por qué lo haces? —pregunté al fin, rompiendo el silencio. Mi voz sonó débil, pero cargada de algo que no supe descifrar—. ¿Por qué te molestas en curarme, si todo esto te da igual?

Él se detuvo, con la venda aún entre las manos y levantó la vista hacia mí. Lo que vi en sus ojos me dejó sin palabras, porque sabía que su respuesta iba a dolerme en lo más profundo.

—No soporto verte así —respondió, con la voz rota, deshecha.

Levanté la cabeza con lentitud.

—¿Ahora te importo? —solté con amargura, a pesar de que sabía que no se lo merecía—. Qué curioso. —Cargué mi lengua viperina—. Porque cuando me dejaste sola, cuando me sacaron a rastras de ese hotel, sí pudiste dormir tranquilo.

Frunció el ceño, se apartó, apoyando una mano en el borde de la cama, como si necesitara sostenerse. Estaba cabreada, porque sí, la había cagado, pero en cierto modo, él también era culpable de lo que había estado sufriendo, y de haber llegado a ese límite.

—No sabes nada, Elisa.

Aquella maldita respuesta otra vez. Claro que no lo sabía, porque a pesar de los años no había sido capaz de buscarme. Era más fácil seguir en su nube, esa en la que se creía el rey de todo junto con sus hermanos.

—¡No! —le interrumpí, elevando la voz, sintiendo cómo el corazón me latía con furia, tanto que llegaba a ser ensordecedor—.

Lo que no sé es por qué cojones te importa tanto lo que haga o deje de hacer, ¿por qué no puede dejarme?

—cuestioné, sacando toda mi rabia—. Si quiero matarme, a lo mejor es porque lo necesito, porque estoy harta de vivir en este puto infierno —acabé soltándolo, con un dolor que se volvió real en el instante en el que aquellas palabras salieron por mi boca—. ¿Por qué no te largas?

Silencio.

El fuego crepitó más fuerte, iluminando su rostro en sombras y reflejos dorados.

Su pecho subía y bajaba con lentitud, tenía la mandíbula apretada, tanto que creí escuchar como sus muelas crujían.

Las manos las cerraba en puños, como si estuviese conteniéndose para no hacer algo de lo que pudiera arrepentirse.

No le culpaba. Sabía que luchaba consigo mismo para no prender la casa en llamas dejándome a mí dentro.

—Porque eres tú, Elisa —sentenció—. Eres mi puta obsesión.