El legado de los Romanov 40
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Alexei

La noche se hizo eterna.

El reloj marcaba las tres de la madrugada y cada segundo que pasaba me taladraba la cabeza como una gota de agua que no dejaba de caer.

El sonido del viento colándose por las rendijas de la cabaña me mantenían en vilo, junto al tic-tac constante del viejo reloj de pared que resonaba como una maldita sentencia, recordándome que cada vez que se movía era un segundo menos de vida para Elisa.

Ella descansaba sobre la cama, inmóvil, con el rostro aún pálido, la respiración suave, tanto que tenía que tocar su vientre para asegurarme de que seguía viva. Me aterraba pensar que, si parpadeaba demasiado tiempo, podría dejar de hacerlo.

Me pasé una mano por la cara, agotado, con los músculos tensos, la garganta seca y el corazón latiéndome tan fuerte que llegaba a ser ensordecedor.

No recordaba la última vez que había tenido miedo de verdad.

Pero aquello no era miedo, era otra cosa.

Angustia pura. La desesperación de saber que, si abría los ojos y ya no estaba, algo en mí se rompería para siempre.

Tal vez no fuese el ruido del aire o el reloj lo que no me dejaba dormir, sino el sonido de mi propia consciencia gritándome y culpándome por lo ocurrido, por no haber visto el estado en el que se encontraba, o haberla dejado entrar en aquel baño sola sin pensar en lo que podría llegar a hacer.

El vendaje aún estaba algo húmedo por su propia agua, pero apenas manchado de sangre.

La piel de sus brazos se veía tensa, tan delicada y clara como pétalos de rosas blancas, las mismas que se habían teñido de un color que no les correspondía.

Su respiración parecía haberse estabilizado, y eso, en cierto modo, me dio paz.

Me incliné para rozar su mejilla con cuidado, buscando algo de calor en ella.

Nada. Aún estaba fría.

Entonces, caí en la cuenta de que guardaba una manta eléctrica antigua del anterior inquilino, así que no dudé en colocarla encima de la que ya tenía para hacerla entrar en calor lo antes posible.

El móvil vibró sobre la mesita.

Lo cogí sin apartar la mirada de ella.

—¿Alexei? —La voz de Andrei sonó tensa, como si tampoco hubiese dormido un minuto más—. ¿Cómo va la cosa?

Suspiré, sintiendo como una parte de mí que jamás creí que tendría salió a la luz.

—Sigue igual —musité con la voz rota—. Respira, pero no despierta. Las vendas están firmes, y su pulso es débil, pero constante.

—Eso es buena señal —aseguró—. Puede estar en shock, o simplemente dormida. A veces el cuerpo se apaga para evitar ciertas situaciones, puede que solo necesite recuperarse del estrés emocional que carga consigo.

Me sorprendí al percibir la normalidad con la que hablaba de aquello, ya que no podíamos olvidar que Andrei había sido un mercenario que trabajó durante años como infiltrado en mafias como la nuestra para joder tratos o conseguir información.

Pasé una mano por mi nuca, sintiéndome dolorido y notando cómo la tensión se me acumulaba en los hombros.

—No sé si aguantaré si no despierta —confesé.

Andrei guardó silencio unos segundos, pensativo, y fue entonces cuando me percaté de lo crudo que sonaba aquello.

—No te atrevas a perder la cabeza, Alex —me advirtió con firmeza—. Porque como lo hagas, pienso bajar al mismísimo infierno para traerte de vuelta.

Sus palabras provocaron que una pequeña mueca se esbozase en mis labios sin que pudiese hacer nada por evitarlo. Ese desgraciado se había convertido en la pieza angular de la familia, y eso que ni siquiera era Romanov.

—Ya la has salvado una vez. Mantenla caliente, hidrátala cuando despierte y, por lo que más quieras, no la dejes sola.

—No pienso hacerlo —murmuré, con la vista clavada en ella.

—Descansa lo que puedas, ¿de acuerdo?

—Lo mismo digo.

Colgué y el silencio volvió a llenar la habitación.

Me incorporé con esfuerzo y, por primera vez desde que la había encontrado en la ducha, dejé que mis ojos se desviaran hacia la mesa.

Allí estaban las carpetas y los documentos que había sacado de su mochila.

No quería mirarlos, no quería confirmar lo que ya sabía, pero necesitaba entender por qué había llegado a tanto.

Por qué había pensado que venderme podría arreglar su vida.

Extendí todo sobre la superficie de madera. Papeles amarillentos, informes, fotografías en las que aparecía, incluso del club donde operábamos con los contactos de San Petersburgo. Me había seguido durante meses, quizás años. Estaba todo ordenado a la perfección, con fechas y lugares.

Y entonces, lo vi. Un cuaderno pequeño de tapas negras.

Lo abrí con cuidado. La letra era suya, elegante, precisa. La reconocía. Leí las primeras líneas, era su diario. Había registros casi diarios: pensamientos, fragmentos de recursos, nombres tachados. Hasta que de pronto, a mitad de una página, la tinta se detenía en seco.

Pasé las hojas. Quince días sin escribir.

Era el hueco exacto. Quince malditos días.

Y luego, las frases volvían, distintas, más caótica, llenas de rabia. La letra se endurecía, temblorosa, irregular, como si la hubiese escrito presa del pánico.

Me quedé quieto.

Quince días.

El mismo tiempo que estuvo desaparecida.

Ese en el que mi mundo se fue al carajo por culpa de Luca Moretti, que extorsionó a mi propio hermano hasta conseguir que me entregase como moneda de cambio.

Recordaba ese día como si estuviese grabado a fuego en mi memoria, un borrón de sangre, gritos y humo.

La entrega fallida. La acusación directa.

Y de repente, estaba envuelto en aquello.

El hijo predilecto del mayor líder de la ‘Ndrangheta.

Todo porque alguien había hecho desaparecer a la chica. A ella.

Elisa.

Y ahora, leyendo esas páginas, supe que algo no cuadraba.

Apenas recordaba esos días, o al menos, no los plasmaba.

Lo escribía ahí, con la desesperación de quien intenta reconstruir un recuerdo roto.

Un jodido trauma. No sé cómo llegué allí, decía una de las líneas.

Solo sé que me desperté en una buhardilla, con las muñecas ardiendo.

Había una chica, Lena. Era joven y estaba incluso más desesperada que yo.

Llevaba tres días de castigo, sin comida ni agua.

Querían doblegarlas, romperlas hasta tal punto que la desesperación por algo mejor les hiciese aceptar el puto trato que les ofrecieran.

La Mort.

Y su maldita red de prostitución.

Lo que aún no lograba comprender era cómo había llegado a la conclusión de que entregándome conseguiría que la dejasen tranquila. ¿Tal vez por venganza? Creyendo que La Mort podría estar interesado en acabar conmigo por robar mercancía.

Cerré el cuaderno de golpe, sintiendo cómo la rabia me subía por el pecho hasta apretar mi garganta. Lo sujeté con fuerza, tanto que los nudillos se me pusieron blancos. Quise gritar, lanzar todo por los aires, destrozar el mundo si hacía falta.

Pero no lo hice.

Solo giré la cabeza y la miré.

Seguía igual, quieta. Me acerqué, sentándome a su lado. Le pasé una mano por el cabello, apartando algunos mechones que aún permanecían húmedos.

—¿Qué demonios te hicieron, Elisa? —susurré, sintiendo cómo el peso del remordimiento me partía por dentro.

El tiempo pareció detenerse.

Un trueno retumbó en la distancia.

El fuego de la chimenea chisporroteó con suavidad.

Y entonces, un leve movimiento.

Su mano, la misma que hora antes colgaba inerte a un lado del colchón, se movió apenas unos centímetros.

Contuve el aliento, creyendo que se trataba de una alucinación, pero no lo había sido.

Sus pestañas temblaron, su pecho se expandió con un suspiro más profundo, y al final, los párpados se abrieron.

Sus ojos, aún nublados, me buscaron, como si no entendiera lo que estaba ocurriendo.

—Alexei… —susurró con la voz débil, siendo apenas un hilo de aire.

El corazón se me detuvo un segundo.

Y, por primera vez en mucho tiempo, creí que todo podía empezar a cambiar.