39
Alexei
El corazón me latía en las sienes con tanta fuerza que me costaba escuchar cualquier otra cosa.
Era como un tambor golpeándome por dentro, un eco constante que me nublaba la vista y me impedía pensar con claridad.
No entendía cómo había llegado Elisa a esto, cómo, después de todo, podía terminar sentada en el suelo de la ducha, cortándose las malditas venas, sangrando, con las cuchillas a su alrededor.
Por un instante me quedé paralizado, con las manos temblando y la respiración entrecortada.
El agua seguía cayendo, mezclándose con el rojo de su líquido en un remolino.
Ese contraste me taladró la mente. Era un color que había visto cientos de veces en mi vida, en ejecuciones, tratos, torturas…
pero nunca me había dolido tanto como ahora.
El olor metálico llenó mis fosas nasales, mareándome de la impresión.
Esa no era una sangre cualquiera. Era Elisa la que perdía el conocimiento.
Me agaché y la tomé entre mis brazos, con cuidado, intentando no empeorar sus heridas.
Su piel estaba helada, provocando que el contacto con la mía hiciese que un escalofrío me recorriese de pies a cabeza.
No había gritos en mí, solo un vacío que me aplastaba por dentro.
Porque entendí, de golpe, que para llegar a esto debía de estar sintiendo un dolor tan grande que no era capaz de soportarlo. Y yo… yo la había empujado a ello.
—No, no, no… —murmuré, apretando los dientes, intentando contener las ganas de destrozar el mundo entero—. Joder, Elisa… no te atrevas.
La envolví como pude con una toalla, sujetándola con fuerza, presionando sus heridas y la llevé en volandas hasta la cama, mojándola toda.
Sus pestañas estaban pegadas por el agua, tenía los labios pálidos, los dedos aún le temblaban de manera involuntaria.
La tumbé con cuidado, aparté el cabello de su rostro y me obligué a respirar hondo, a pensar.
Me pasé una mano por el rostro. No podía perderla así. No ahora cuando estábamos a punto de saber qué demonios había ocurrido.
La rabia se me agolpó en la garganta, tanto que creó un nudo que no era capaz de tragar, y que me hacía desear reventarlo todo, pero eso no era una opción, tenía que sacarla de allí, impedir que la cagase.
Saqué el móvil de mi bolsillo con las manos mojadas y marqué el número de Andrei. Estaba tan nervioso que no me di cuenta de que yo mismo me había herido al apartar una de las cuchillas, y mi mano también sangraba.
Los minutos que esperé a que me respondiese se me hicieron eternos, pero entonces, cogió la llamada:
—¿Alexei? —Su voz sonó ronca, agobiada, como si supiese que algo no iba bien—. ¿Qué ocurre?
No era de esas personas que siempre dependen de alguien para solucionar sus problemas, pero en aquel momento, presa del pánico, necesitaba alguien que pensase por mí. Y si había alguien sobre la faz de la tierra que pudiese ayudarme, ese era Andrei.
—Elisa… yo… —dije rápido, tan nervioso que ni siquiera era capaz de articular palabra.
—¿Qué ha pasado?
—Se ha cortado, Andrei… —musité—. Está sangrando. Mucho.
—¿Cuánta sangre ha perdido? —cuestionó, intentando mantener la calma que yo no tenía.
—No lo sé. Joder, cuando entré… —mascullé, apretándome la frente con la mano—. No lo sé.
—Escúchame, hermano, tienes que calmarte —ordenó mi hermano con la voz firme—. ¿Dónde estáis?
La cabeza comenzó a darme vueltas, ¿de verdad después de todo lo que habíamos pasado iba a acabar allí?
—En mi refugio en el bosque —me apresuré a responder—. No hay nada cerca.
—Vale… —comenzó a decir, pensativo—. ¿Tienes botiquín?
—Sí —contesté de inmediato.
—Está bien, escúchame con atención —me pidió al mismo tiempo que yo dejaba el teléfono sobre la cama y encendía el altavoz—.
Tienes que detener la hemorragia primero.
Busca gasas estériles, vendas, lo que sea.
Mantén los brazos en alto, y asegúrate de que respira bien —me pidió—. Si se desmaya, comprueba el pulso.
Me moví como un autómata, abriendo el cajón bajo la cama donde siempre guardaba el botiquín.
Sintiendo como el corazón me latía en la garganta.
Lo tenía todo: gasas, suturas, Betadine, torniquetes, inyecciones…
Había usado ese equipo mil veces para mí, pero nunca para alguien a quien… Nunca para alguien como ella.
—Sigue hablando —le pedí a Andrei mientras desplegaba todo sobre la cama.
Concentrarme en su voz me ayudaba a no permitir que los sentimientos arrasasen con todo a su paso.
—Límpiale las heridas con agua limpia.
—Se estaba duchando.
—De acuerdo, siguiente paso, seca bien la herida, desinfecta por si hace falta y presiona fuerte hasta que deje de sangrar —indicó con la voz neutra—. ¿Ha sido en un brazo o en los dos?
—En los dos.
—Bien, sigamos —añadió—. Después, venda bien, pero no demasiado apretado, y vigila que no se ponga azul.
Asentí, aunque no podía verme.
—Vale.
—Llámame su necesitas algo más, ¿de acuerdo? —dijo antes de que le colgase—. Estaré despierto.
Colgué.
Necesitaba concentrarme.
Con movimientos firmes, aunque me temblaban hasta las manos, le tomé el brazo derecho.
Tenía cortes en ambos, no profundos del todo, pero suficientes para desangrarla si no actuaba rápido.
Empapé la gasa en antiséptico, limpié la sangre, presioné con fuerza hasta que los latidos de las venas se ralentizaron.
Luego, una a una, fui repasando sus heridas, vendándolas.
Mis dedos se manchaban de rojo. Era un trabajo meticuloso, casi quirúrgico. Un Romanov que había matado a tantos hombres, que se había extraído balas a sí mismo… ahora temblando por vendar a una mujer.
Cuando terminé, permanecí a su lado, mirándola. Estaba inconsciente, su pecho subía y bajaba despacio, tanto que tuve que acercarme para sentir su respiración en mi cara. El corazón me dio un vuelco.
Me arrodillé junto a la cama, apoyé la frente en la sábana húmeda y respiré hondo.
—No me dejes así… —musité con la voz rota—. No después de todo lo que hemos liado.
Le acaricié la mejilla con el dorso de la mano, casi sin tocarla, como si fuese de cristal.
—No te mueras, Elisa —susurré, suplicante, como no lo había hecho en toda mi vida.
En ese momento comprendí lo frágil que era todo. La guerra, la venganza, el odio. Todo se podía romper en segundos. Y ella… ella era lo único que no estaba dispuesto a perder.
Me quedé a su lado, esperando a que abriese los ojos, con las manos manchadas de sangre y la certeza de que si la perdía… no quedaría nada para mí.