El legado de los Romanov 38
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Elisa

El agua caía con fuerza, golpeándome como si intentase arrancarme la piel a tiras, como si pudiese borrar algo más que la suciedad: mis pecados.

Llevaba más de diez minutos debajo del chorro, y aún sentía el frío arraigado en mis huesos.

No había calor en el agua que compensara el helor que llevaba dentro, ese que nacía en lo más profundo de mi pecho, y se expandía como veneno.

Apoyé ambas manos contra la pared de azulejos, bajé la cabeza y dejé que el cabello empapado cayese sobre mis hombros.

Mis dedos temblaban, no solo por la temperatura, sino por la ansiedad que me devoraba como si de un animal salvaje se tratara.

Todo lo que había intentado enterrar estaba regresando con fuerza, y a mí ya no me quedaba ninguna para seguir fingiendo que podía controlarlo.

Estaba colapsando. Y ni siquiera podía culpar a nadie. Porque por mucho que me doliese, sabía que parte de esto lo había provocado yo misma.

El plan era simple. Entregarlo. Acabar con la deuda. Liberarme.

Pero la realidad era mucho más sucia.

Sabía lo que era suplicar entre gritos que alguien viniese a salvarme, lo que era la asfixia dentro de una bolsa de rafia, lo que era mirar alrededor y no ver más que oscuridad.

Y él… Él lo había permitido.

El verdadero problema no era que quisiese entregarlo. Era que, en el fondo, lo culpaba. A él. A Alexei. Al hombre al que había odiado y maldecido durante años por haber desaparecido, por haberme abandonado y no haber luchado por mí.

Me giré, apoyando la espalda en la pared, y me dejé caer con lentitud hasta sentarme sobre el suelo de la ducha.

El agua seguía cayendo, empapándome entera, y el vapor empañaba ya los cristales, dándome una falsa sensación de intimidad.

Me abracé las rodillas, sintiéndome más pequeña de lo que me había sentido en años.

Y entonces, las lágrimas comenzaron a brotar.

Un fuerte alarido rasgó mi garganta, arrastrando consigo el enorme nudo que apenas me dejaba respirar, sacando todo ese dolor que llevaba enterrado en lo más profundo de mi ser tanto tiempo que se había enquistado como un maldito tumor.

Me llevé las manos al rostro, intentando cubrirlo, huir del lugar en el que me encontraba, deseando volver al pasado para no toparme con Alexei esa noche.

Ese pensamiento me dolió en el alma. Lo hizo para derribar la poca tranquilidad que me quedaba, porque a pesar de todo, sabía que estaba jodidamente enamorada de él.

¿Era una necia? Lo era.

Había planeado al dedillo aquella entrega, cómo le hablaría a La Mort del cargamento que él robó, la importancia que tenía en la mafia rusa, cosa que averigüé con el paso de los años.

Él me había condenado y ahora iba a hacer yo lo mismo.

Quería que sufriese, que llorase lágrimas de sangre, que le hirieran hasta que no pudiera más…

Lo había deseado tanto que me sentía culpable de siquiera haberlo imaginado.

Todo mi cuerpo se veía sacudido por cada uno de los espasmos que el llanto provocaba en mí. Me sentía perdida. Como si todo lo que había planeado se hubiese desmoronado como un castillo de naipes movido por el viento. ¿Qué se suponía que debía hacer a continuación? ¿Qué iba a hacer él conmigo?

Tal vez eso es lo que más me aterraba, pensar que pudiese haber sido enviado por La Mort para entregarme de nuevo, para hacerme pagar la deuda que llevaba en la sangre y de la que jamás me libraría. No quería volver a ese maldito infierno, me negaba.

Cogí una bocanada de aire, y fue entonces cuando mi vista se posó en una cuchilla de afeitar.

La cabeza comenzó a darme vueltas.

¿Y si esa era mi única salida?

Durante un instante permanecí paralizada debido a mis propios pensamientos. Cerré los ojos, permitiendo que una oleada de desesperación y pánico absoluto me arrollaran como un maldito tsunami.

Tomé la cuchilla, sin siquiera pensarlo. La miré, con la mente en blanco, sin ser capaz de reaccionar a lo que mis manos hacían. La abrí, sacando sus hojas, y las tomé con cuidado.

¿Me estaba rindiendo?

No.

Me estaba liberando.

Las manos me temblaron, el corazón se me desbocó, latiendo como un tambor de guerra en mi pecho, ensordecedor. Mi respiración se volvió agitada, errática, tanto que apenas podía coger bocanadas de aire, como un pez fuera del mar, ahogándome.

Todo lo que había sufrido se vio reflejado en aquel momento, en la manera en la que las hojas se abrían paso a través de mi piel, permitiendo que la sangre comenzase a salir, creando pequeñas gotas que iba desapareciendo, empujadas por el agua.

Ahogué un quejido cuando comencé con el segundo corte, sintiendo el escozor atravesarme el brazo.

Todo me daba vueltas, pero poco me importaba. La sangre se mezclaba con el agua, que se arremolinaba en el desagüe del plato de ducha, tiñéndolo de un rojo tan potente que solo pude admirar su belleza.

Alcé la vista y entonces lo vi a través del vaho: su figura, su silueta alta y ancha, recortada contra la luz tenue del pasillo. Se acercó despacio, sin decir nada, y se detuvo al otro lado del cristal. Hasta que entonces, fue consciente de lo que ocurría.

Quise decirle que lo sentía, que me arrepentía de cada herida, de cada mala palabra, del odio que le había tenido durante los últimos años, de haber sido tan terca como para no dejarle explicarse, de no haberle amado con la fuerza que necesitaba hacerlo… De no ser sincera.

—¿Qué cojones estás haciendo, Elisa?

Me tomó por los hombros, sacudiéndome, intentando traerme de vuelta a la realidad, pero lo único que podía hacer era sentir como todo se iba apagando hasta volverse completamente negro.

—¡Elisa! —vociferó.