37
Alexei
No me lo podía creer.
Observé el dossier que tenía en mi mano como si me estuviese quemando la piel, como si no fuese real, como si el hecho de sostenerlo no implicase que toda la mierda volvía a salir, y que ahora no solo tenía un Moretti en mi contra.
Elisa.
La jodida Elisa Moretti.
La mujer que acababa de dormir conmigo, que me había suplicado entre lágrimas que no la dejase sola. La que me había estado echando en cara mis errores del pasado, acusándome de venderla… ahora iba a venderme ella a mí.
—¿Qué cojones es esto, Elisa? —repetí, con la voz tan tensa que me temblaron hasta los músculos de la mandíbula.
Se giró despacio desde el pasillo, aún a medio desvestir, con las pupilas dilatadas por la confusión. Pero al ver lo que tenía en la mano, palideció. Tragó saliva, y eso fue toda su respuesta. No dijo una mierda, no intentó negar la información que tenía en mi poder.
Un zumbido me taladró la mente, mientras la furia ya hervía en mis venas como un maldito veneno.
Sentí cómo la rabia me apretaba el pecho, esa clase de odio que no es puro, sino producido por la decepción.
Porque, joder, yo pensaba que ya lo habíamos pasado todo.
Que después de la pesadilla, los disparos, de follarnos como si el mundo se fuese a acabar…
quedaba esa complicidad que siempre tuvimos, algo real.
—¿Me estabas usando? —pregunté con una calma rota, esa que precede a la tormenta.
Mi respiración se había vuelto brusca, podía notar mis orificios nasales abriéndose con furia. Y es que estaba tan cabreado que ni siquiera me daba para atisbar un ápice de cordura.
Elisa apretó los labios, respiró hondo, pero no respondió.
Volví la vista a la bolsa, encontrándome con un dispositivo.
Un localizador. Un puto rastreador satelital vinculado a una cuenta cifrada.
Y no solo eso: la pequeña marca en la carcasa, un emblema negro apenas visible, pero lo suficiente claro como para saber a quién le pertenecía.
La Mort.
Me giré hacia ella hecho una furia, ido.
—¿Este era tu plan? —inquirí—. ¿Entregarme a ese cabrón para saldar tu deuda?
—¡No lo entiendes! —vociferó, dando un paso hacia mí—. No es lo que piensas.
—¿Ah, no? —cuestioné al mismo tiempo que avanzaba hacia ella, quedando pegado a su cuerpo—. ¡Pues ilumíname, Moretti! —grité, lanzando el rastreador contra la pared, dejando que el sonido de plástico al partirse llenase la cabaña.
Ella se sobresaltó, pero no retrocedió. Tenía los ojos abiertos de par en par, tan sorprendida que apenas podía parpadear. Como si no supiera si tenía que defenderse o arrodillarse ante mí para pedirme clemencia.
—Yo… —dijo en voz baja.
No me creí su actuación, la manera en la que me observaba como si de verdad no hubiese maldad en todo lo que acababa de descubrir.
—¡Habla, joder! —bramé como un loco.
—Ese cabrón… Él fue quien me mandó secuestrar, al principio no sabía por qué… —comenzó a explicarme en un hilo de voz—. Me dijeron que debía estar preparada. Que un día me tocaría pagar por el pecado de mi padre. ¡Yo no sabía nada! ¡Solo… solo pensé que si te entregaba, él me dejaría en paz!
—¿Y tú pensabas que con eso bastaría?
No respondió.
—¡Me cago en la puta! —Alcé la voz, y empecé a lanzarlo todo. La silla contra la pared, la lámpara al suelo, un estante entero de libros por el aire. No podía controlarlo, porque si lo hacía, la acabaría matando allí mismo.
Esa traición, el dolor… Me había arrepentido tantas veces de haberla dejado sola esa noche… Había vuelto a buscarla años después, creyendo que todo volvería a ser igual, y todo para esto.
Ella me observaba sin moverse. Su respiración era rápida, como si tuviera miedo, pero al mismo tiempo estuviese cabreada. Como si el hecho de haber sido descubierta no le doliera tanto como el que yo me sintiera traicionado.
—No sabes una puta mierda —musité, entre dientes—. Ni de mí. Ni de La Mort. Ni de tu propio puto padre.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Que no eres más que una marioneta en su jodido juego —dije, señalándola con el dedo—. Y si crees que entregándome vas a romper tu pacto con ese cabrón, estás más perdida de lo que pensaba.
Estaba a punto de abrir la boca para continuar hablando cuando el teléfono vibró en el interior de mi chaqueta. Lo saqué de un tirón, aún con la sangre hirviéndome, dispuesto a mandar a la mierda a quien fuera. Pero cuando vi el nombre en la pantalla, la furia se me congeló de golpe.
Andrei.
Descolgué, aún jadeando por el estallido.
—¿Alexei? —preguntó su voz al otro lado, nerviosa—. Joder, por fin… Llevo días intentando localizarte.
—Estoy bien —mentí de inmediato, pasándome una mano por la nuca—. Tuve que desaparecer unos días. Tema de seguridad.
—¿Seguridad? —Aquello no le gustó—. ¿Tú? ¿El puto Alexei Romanov desaparecido por seguridad?
No respondí.
Andrei suspiró al otro lado de la línea.
—No puedes seguir desconectado —me informó—. Hay algo que tengo que contarte… algo jodido.
—¿Qué pasa?
—Mejor lo hablamos en persona —me pidió—. Pero escúchame bien, Alex… No confíes en nadie. Especialmente ahora.
Y la llamada se cortó.
Me quedé quieto, con el móvil en la mano y los ojos fijos en el vacío, mientras Elisa me observaba desde la otra punta de la cabaña sin entender nada.
Pero si algo me había quedado claro en ese momento es que estábamos en el centro de una partida de ajedrez que ninguno de los dos había comenzado, pero que alguien había estado moviendo desde las sombras durante años.
Y se nos estaba acabando el tiempo.