El legado de los Romanov 36
57%

36

Elisa

Alexei abrió la puerta del copiloto sin siquiera responderme, y salió como si no me hubiese escuchado.

El portazo resonó como un disparo, dejándome vacía.

Le seguí con la mirada, perpleja, viendo cómo la lluvia le empapaba al instante.

La chaqueta se le pegó al cuerpo, el cabello empapado caía por encima de su rostro como regueros de sangre, oscuros, pero no pareció importarle.

Caminó unos pasos en la carretera, como si pretendiera alejarse, o tal vez huir de la conversación que llevaba esperando demasiados años. Se pasó una mano por el rostro, dejando que los mechones formasen un despeinado tupé.

No iba a permitir que se marchase, así que, sin pensarlo demasiado, abrí mi puerta y bajé tras él, aún con la pistola en la mano, y sintiendo como mis venas ardían debido a la maldita rabia que me corroía.

—¿Dónde te crees que vas? —espeté, alzando la voz por encima del aguacero y del sonido del motor.

Giró sobre sus talones con lentitud, con esa calma letal que tan de los nervios me ponía y que al mismo tiempo me robaba el aliento. Sus ojos verdes me atravesaron como cuchillas, en ellos no había diversión, solo rabia contenida y algo que no supe descifrar.

—Estoy evitando que cometas una estupidez, Elisa.

—¿Una estupidez? —Reí, sin una pizca de humor—. La única estupidez que cometí fue creerte. Dejarte entrar en mi vida y volver a hacerlo ahora.

Alexei bufó, frotándose la mandíbula con una mano. Cerró los ojos, y cuando los abrió, pude encontrarle cansado, hastiado, como si también estuviera luchando contra sí mismo.

—Yo nunca te traicioné.

Cuatro palabras que me tomaron por sorpresa.

Cuatro que consiguieron desatar mi furia.

—¡No me jodas! —le grité—. ¡Me vendiste! ¡Me entregaste como si fuera maldita mercancía!

—No —sentenció, y su voz fue como un látigo, firme, seca—. Nunca te entregué, Elisa.

Mi cuerpo se tensó. No entendía nada de lo que estaba diciendo. Cada palabra suya chocaba contra mis recuerdos, contra mi dolor, y cada puta pesadilla que me perseguía desde hacía años. Llevaba demasiado tiempo sola, perdida el último resquicio de cordura que me quedaba.

—Me pediste que confiara en ti. Y lo hice… —comencé a decir, con el corazón en un puño—. ¿Y sabes lo que pasó? Acabé con una bolsa en la cabeza, sin saber si iba a salir viva de allí. —Mi voz se quebró por un segundo, pero me negué a llorar—. ¿Y ahora pretendes que me crea que no fue cosa tuya?

—No sabes lo que pasó —me rebatió como si nada—. Solo sabes lo que te contaron.

—¡Y tú jamás viniste a contarme nada! —mascullé, tan dolida que creí que en cualquier momento me desmayaría de toda la rabia que acumulaba—. ¡Lo único que hiciste fue callar y largarte como el puto cobarde que eres!

Alexei avanzó de golpe. Me atrapó la muñeca que sostenía el arma y me la bajó con firmeza, sin hacerme daño, pero sin darme opción a resistirme. No me soltó. Sus dedos me quemaban, pero aun así no era capaz de separarme de él.

—No soy un puto cobarde —aseguró—. Yo… No quería.

—¡Mentira! —escupí enfurecida.

—¿De verdad crees que podría haberte entregado? —preguntó en voz baja, con un tono tan cargado de emoción que por un instante me quedé paralizada—. ¿Que podría haberte puesto en manos de esos cabrones a sabiendas de lo que iban a hacerte?

—¡Lo hiciste! —vociferé al borde del llanto.

Y entonces, lo hizo.

Posó sus grandes manos a ambos lados de mi rostro, atrapándolo como si fuese el mejor de los tesoros, y me besó.

Fue como un terremoto que me sacudió por completo.

Sus labios se estamparon contra los míos sin permiso, sin aviso, y me rompieron todas las defensas.

No fue un beso tierno. Fue rabioso, desesperado.

Como si me estuviese pidiendo perdón y quisiera arrancarme toda la rabia y el dolor de golpe.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.

Y por unos segundos solo existimos él y yo, empapados bajo la lluvia, como dos locos atrapados en su propia tormenta.

Cuando se separó, mi pecho subía y bajaba con fuerza. No podía respirar sin sentir que le perdía. El frío se apoderó de mi cuerpo, tomando el lugar que él había dejado libre.

—Te odio —susurré, tan confundida que no supe si lo decía de verdad o por simple inercia.

Él me miró con esa expresión arrogante que tan bien conocía, pero en sus ojos había algo distinto. Dolor, culpa… Amor.

—Súbete al coche, anda —dijo, con un deje de cansancio que casi me partió el alma.

Estaba agotado, tanto como lo estaba yo, sin poder pensar con claridad, perdida en ese sentimiento de urgencia que nos pisaba los talones a cada paso que dábamos para recordarnos que jamás podríamos tener una vida tranquila.

Condujimos en silencio, con el sonido de la lluvia acompañándonos como único testigo de nuestro encuentro. Yo miraba por la ventanilla, sin atreverme a volver a mirarle. Tenía el alma hecha un lío, las emociones a flor de piel y el corazón latiendo tan fuerte que temía que se me saliera del pecho.

Era tanto y tan poco lo que me había confesado que ni siquiera sabía si era real o no había sido más que una táctica para que acabase volviendo al coche.

Después de un buen rato, el coche se desvió por un camino estrecho y embarrado, oculto entre árboles altos y espesos. Llegamos a una casa de madera en medo de la nada, rodeada por naturaleza y silencio. Un escondite perfecto.

Alexei apagó el motor, se pasó una mano por la frente y dejó ir un bufido. Esa cabaña le pertenecía, y por lo que vi en él, no le hacía demasiada ilusión estar allí.

—Vamos —ordenó.

No respondí, no porque no quisiera, sino porque no me dio oportunidad, ya que se bajó del coche.

Le seguí en silencio, expectante.

Entramos en la casita. Era modesta, pero acogedora. Todo estaba en orden, como si llevase tiempo sin usarse, pero aún guardase algo de vida entre sus paredes.

—Tienes el baño en la primera puerta —me informó—. Hay toallas limpias en el armario.

Me deshice del abrigo empapado, las botas y el jersey, quedándome solo con la ropa interior y los pantalones tácticos que vestía. Alexei se acercó a mi mochila, que había quedado tirada en el sofá. La cogió, distraído, pero algo llamó su atención. Se quedó quieto, inmóvil, observando su interior.

—¿Qué es esto? —musitó, sacando algo entre sus dedos.

Me giré, y fue entonces cuando mi mundo se vino abajo.

El corazón me dejó de latir, y las piernas comenzaron a flaquearme.

—¿Puedes explicarme qué cojones es? —inquirió, esta vez con más rabia.