35
Elisa
La calma que sentía era como una ilusión engañosa, como siempre lo era cuando estaba con él.
El calor de su cuerpo me envolvía, su respiración pausada se mezclaba con la mía, y por un instante, sentí que el mundo se había detenido.
No había venganzas, ni heridas abiertas, ni deudas de sangre.
Solo nosotros, enredados en esa tregua silenciosa que se tejía entre las sábanas cada vez que decidíamos dejar de fingir que no nos amábamos.
Porque sí… Por mucho que quisiese negarlo, Alexei seguía enraizado en mi alma con tanta fuerza que ni siquiera su traición pudo separarlo de mí.
Acaricié con la yema de los dedos su pecho desnudo, fuerte, siguiendo la línea de una de sus cicatrices, perdida en la sensación de tenerle cerca sin máscaras, sin mentiras. Me sentía extrañamente en paz, medio adormilada, flotando en esa extraña burbuja de intimidad que no sabía cuánto duraría.
¿Y si nuestro pasado hubiese sido distinto?
¿Podríamos haber sido una pareja normal?
Me había preguntado aquello tantas veces, nos había imaginado teniendo una vida normal lejos de nuestras familias, una historia ficticia de esas de película romántica.
Ahora sabía que jamás ocurriría. No seríamos una pareja idílica de las que desayunan tortitas los domingos, que acuden al club de campo.
No.
Nosotros éramos más de disparar a diestro y siniestro, empapándonos de sangre. Dos supervivientes. Él de su familia; y yo de su traición.
Cogí una bocanada de aire, sintiendo como mis pulmones apenas podían llenarse debido a un pinchazo que me atravesó el pecho. No sabía qué era lo peor, si saber que nuestra historia no tenía un buen final, o pensar en todo lo que me había hecho para que acabase en esa maldita situación.
Entonces, vibró su teléfono, sacándome del estado en el que me encontraba.
Había intentado desbloquearlo en repetidas ocasiones, pero el software que llevaba dentro me lo había impedido. Fue un zumbido corto, apenas perceptible, pero suficiente para que se tensara bajo el mío. Abrí los ojos al instante. Lo saqué de la improvisada mesita de noche y se lo tendí.
Su respiración cambió, se apartó de mí como si nuestro contacto le ardiese y se pasó una mano por el rostro.
—¿Qué pasa? —pregunté, incorporándome con lentitud, aún medio adormilada, pero ya con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho.
No me respondió.
Se limitó a mirar la pantalla durante unos segundos y la sombra de preocupación cruzó su rostro. Luego, de forma repentina, se levantó de la cama, desnudo, con el móvil aún en la mano y los músculos tensos como si estuviera preparándose para una maldita guerra.
—Alexei —repetí, esta vez con seriedad.
—Vístete —me ordenó—. Coge lo imprescindible —dijo con voz grave, mientras se colocaba los pantalones agujereados por la bala a toda velocidad.
Permanecí inmóvil, sintiendo como mi mente iba a dos mil por hora, intentando averiguar qué demonios ocurría, y por qué me acababa de decir que me marchase y cogiese las cosas.
Otra vez huyendo.
Una fuerte presión se instauró en mi pecho, oprimiéndolo, impidiéndome respirar con normalidad.
—¿Qué? —cuestioné—. ¿Por qué? ¿Qué cojones pasa?
—No hay tiempo, Elisa —aseguró con la urgencia en la mirada—. Confía en mí, ¿vale?
—¿Que confíe en ti? —pregunté con ironía, soltando una risotada llena de dolor—. Confié en ti, y mira lo que me hiciste.
—No es momento para eso, confía en mí.
Pero no lo hice. Porque era imposible confiar cuando no te daban ni una mísera explicación.
Porque lo único que me salía en ese momento era gritarle y exigirle respuestas.
Aun así, mi instinto de supervivencia se activó antes que mi rabia, y me puse lo primero que encontré, mientras Alexei corría por la nave, recogiendo lo esencial que veía por ahí encima: armas, documentos, la pequeña caja fuerte…
Entonces, le vi detenerse con el primer cajón del escritorio abierto.
De entre sus dedos sacó mi colgante, el mismo que había dejado como señuelo y que siempre colgaba de mi cuello.
Se acercó a mí y, sin decir palabra alguna, con una delicadeza abrumadora, lo dejó caer sobre mi piel, cerrándolo a mi espalda.
—No lo pierdas.
No pasaron ni tres minutos cuando el estruendo lo llenó todo.
La explosión reventó una de las puertas laterales, lanzando una llamarada que iluminó la oscuridad del interior como si fuera un relámpago del mismísimo infierno.
Me lancé al suelo por puro reflejo, mientras la onda expansiva tiraba al suelo parte del mobiliario oxidado de la nave.
Alexei me agarró del brazo y me arrastró hacia la salida contraria, sin perder un solo segundo.
—¡Corre! —vociferó entre el estruendo de los cristales rotos y el crepitar del fuego que empezaba a extenderse por una de las paredes.
Oí pasos en la lejanía. Un puto equipo de élite venía a por nosotros.
Corrimos. Bajo la lluvia que empezaba a caer como una maldición, sin aliento, con los pies embarrándose en el lodo que cubría la entrada a la nave.
Resbalé y, cuando estaba a punto de caerme, él me sostuvo con fuerza, empujándome hacia el coche que, por suerte, seguía aparcado en el callejón trasero.
Me lanzó las llaves y entramos casi al mismo tiempo, cerrando las puertas con un golpe seco justo cuando la segunda detonación sacudía la estructura.
Arranqué sin pensar. La lluvia tamborileaba contra el cristal del coche con furia, mientras los limpiaparabrisas apenas podían seguir el ritmo de las gotas.
Mis manos temblaban sobre el volante, el latir de mi corazón era tan fuerte que apenas podía escuchar nada más, entremezclándose con el pánico, la rabia y la confusión que me quemaba por dentro.
—¿Qué cojones ha sido eso? —inquirí, con la voz más alta de lo necesario.
Alexei, sentado en el asiento del copiloto, tenía la mirada fija en la carretera como si estuviese sumido en sus propios pensamientos.
—¡Contéstame, joder! —Alcé la voz—. ¿Quién te ha escrito? ¿Quién sabía dónde estábamos?
Nada. Esa fue su respuesta. Solo el sonido de su respiración y de la lluvia golpeando con fuerza los cristales. Su mandíbula estaba tensa, tenía los dedos apoyados en la rodilla en un gesto que ya conocía de antes. Me escondía algo. Como siempre.
—¿Me vas a decir algo o tengo que empezar a pensar en lo peor? —insistí, sin apartar la vista del frente.
—No ahora —se limitó a responder.
La sangre me hervía en las venas, condensando toda esa rabia que llevaba años sintiendo y que ahora se agolpaba en mi pecho formando un nudo tan grande que apenas podía respirar sin ahogarme.
—¿¡Cómo que no ahora!? —cuestioné.
—No es el momento.
—¿¡No es el momento!? —repetí casi ida—. ¡Me acaban de reventar la puta nave, Alexei! ¡Podríamos estar muertos! ¡Me prometiste respuestas! ¡Me las debes!
No aguanté más.
Frené en seco, con las ruedas chirriando sobre el asfalto mojado.
El coche se desvió ligeramente antes de detenerse por completo.
Me giré hacia él, con la respiración agitada, percibiendo como me temblaba hasta el alma.
Saqué la pistola que guardaba en la parte izquierda de mi puerta, sin pensarlo, con el corazón latiéndome como un tambor de guerra.
—Te lo voy a preguntar una última vez —anuncié, con la pistola apuntándole directamente a la cabeza—. ¿Qué cojones está pasando?