34
Alexei
El silencio era tan denso que podía escuchar el latido de mi corazón por encima de mi propia respiración.
Elisa aún dormía sobre mi pecho, con la mano apoyada en mi estómago, como si fuera lo más normal del mundo. Como si no hubiera odio entre nosotros. Como si no me hubiese disparado en la pierna con una pistola hacía apenas unos días, o me hubiese herido con una daga horas atrás.
Y aun así, ahí estaba, respirando tranquila por primera vez en mucho tiempo, con el rostro relajado, como si por fin hubiese encontrado algo parecido a la paz.
Quise acariciar su hermoso rostro, pasear mis manos por todo su cuerpo, sanando cada una de sus heridas, venerarla como merecía, como esa diosa a la que me había vuelto completamente adicto años atrás. ¿Cómo había podido permitir que se la llevaran? Fijé la vista en el alto techo de la nave.
Me dolía pensar en ello.
Porque sabía que, en cierto modo, era culpa mía que no pudiera dormir sin revivir ese infierno. Que cada cicatriz, cada sombra, cada puto trauma que la perseguía tenía mi nombre escrito en tinta negra.
Yo la había condenado.
La había dejado sola a sabiendas de lo que podía llegar a ocurrir, y a pesar de eso, en vez de largarme y dejarla de nuevo, alejarla de todo el mal que la perseguía, estaba allí, tumbado a su lado, como un maldito hipócrita.
No merecía estar ahí.
No merecía su cuerpo pegado al mío.
Y aun así, no era capaz de moverme. Porque si lo hacía, si la apartaba, temía que todo esto se desmoronase como un castillo de naipes mal construido.
Jamás debí haber aceptado el cambio.
Los Romanov no traficábamos con personas, y exactamente eso era lo que quería el hijo de puta que la atrapó.
***
Había salido del hotel con una excusa barata, una que incluso a mí me sonaba hueca: comida. Pero lo que en realidad necesitaba era aire. Espacio. Pensar sin que sus ojos me persiguieran por cada rincón de mi jodida cabeza.
Encendí un cigarrillo, dándole una larga calada, mientras caminaba como un maldito fantasma, sabiendo que tenía los minutos contados.
Entrega en dos horas. No hay prórrogas.
Esa simple instrucción continuaba resonando en mi cabeza como una maldición de la que no podría escapar.
Si no entregaba a la chica, todo se iría a la mierda. Los Romanov no podíamos permitirnos otro escándalo, otro trato fallido, no cuando Nikolai acababa de alzarse como el señor de la mafia. Había sido claro, y yo le había mentido en toda la cara.
El problema era que… ella no solo era «la chica» a la que debía entregar.
No lo había sido desde el momento en el que la vi.
Bailaba sin preocupaciones en medio del Astoria, contoneándose, divertida, tan sensual que ni siquiera había podido resistirme a esa mirada gatuna que me había quitado el sueño los días posteriores.
Me observaba como si pudiera desarmarme con una sola ceja alzada, y eso me volvía loco.
Era mi condena.
Y aun así, sabía lo que tenía que hacer.
Me pesase o no, Elisa no era más que otra ficha en el gran tablero de ajedrez que era la vida, una pieza muy codiciada, o al menos eso entendí al ver el ansia que tenía mi contacto en conseguirla.
Volví con una bolsa de comida china en la mano, con la certeza de que tenía que soltarla. Que, si no podía entregarla, al menos debía dejarla marchar. Alejarla de todo lo que me rodeaba, de este mundo podrido. De mí.
Pero entonces, cuando giré la esquina que daba al pasillo principal, vi la puerta.
Reventada.
La madera astillada por todas partes.
El corazón se me encogió en el pecho como si me lo hubiesen aplastado de un pisotón. Me pasé una mano por la cabeza, dejando que la bolsa cayese al suelo y la salsa se desparramase por la moqueta. Entré a toda velocidad, con la pistola desenfundada y el pulso desbocado.
—¡Elisa! —vociferé su nombre como un maldito loco, empujando los muebles, revisando cada rincón de la suite en la que nos alojábamos.
Abrí los armarios, busqué bajo la cama, en el baño, incluso en el balcón que daba a la calle, desenado que hubiese podido escapar.
Todo estaba destrozado. Habían arrasado el lugar como si fuese un puto campo de batalla.
Ella no estaba.
Ni una nota.
Ni un rastro.
Solo el vacío.
Mi garganta se cerró cuando encontré uno de sus colgantes junto a la cama, partido, con un hilo de sangre en el cierre. La desesperación me arrancó un rugido que retumbó por toda la habitación.
Saqué el teléfono, temblando de la ira que me consumía, y marqué el número de Nikolai con torpeza.
—¿Qué pasa? —respondió mi hermano con tono seco, como siempre.
—Se la han llevado —espeté, hecho una furia—. A Elisa. Han entrado en el hotel. Lo han reventado todo.
—¿Estás seguro de que no ha huido?
—¡No jodas, Kolya[6]! —grité, mientras me pasaba la mano por el pelo—. No solo es eso… Hay sangre. Se la han llevado a la fuerza.
Nikolai tardó unos segundos en responder.
—Vuelve a Moscú.
Su respuesta me tomó por sorpresa, tanto que por un momento creí que me lo había imaginado.
—¿Estás de coña? —cuestioné.
Saqué un cigarrillo y lo encendí, dándole una calada tan profunda que casi se consumió por completo.
—Alexei, escucha.
—¡No pienso dejar esto así! —voceé.
—Sal de ahí —me ordenó.
—¡Joder!
Estaba tan al borde de los nervios que al sentarme en el butacón de la sala, un tic nervioso comenzó a mover mi pierna de manera involuntaria.
—Alexei, escucha —me pidió con tono conciliador.
—No pienso dejarlo así, ¿me entiendes? —repetí.
—Vas a meter a toda la familia en un problema por culpa de una chica a la que no conoces de nada, pero a la que te has follado.
Apreté los dientes, conteniendo mi furia, a punto de lanzar el teléfono contra la pared.
Estaba alucinando, no me podía creer que le diese igual lo que estaba ocurriendo. No éramos como la puta calaña de los subsuelos. La droga, los diamantes, las armas… Vale. Pero con la vida humana no se jugaba.
—No lo entiendes —mascullé.
Negué con la cabeza, mientras fumaba como un descosido, probando a calmar los nervios que me nublaban la mente.
—Claro que lo entiendo —aseguró—. Por eso mismo te lo digo, porque sé lo que significa para ti.
—Entonces sabrás que no puedo dejarlo así.
Durante unos segundos permaneció en silencio, los mismos que necesitaba para saber que estaba pensando en una solución.
—Tienes veinticuatro horas para estar en la pista tres del aeropuerto —me informó con seriedad—, lo que hagas en ese tiempo será cosa tuya.
***
Un suspiro me devolvió al presente mientras Elisa se acomodaba sobre mi pecho, sin despertarse. Sus pestañas temblaron, sus labios se entreabrieron apenas unos milímetros, los suficientes como para que desease besarlos.
No podía contarle nada de esto. No aún.
Porque, por mucho que quisiera explicárselo todo, por mucho que la verdad me consumiese, lo único que conseguiría sería arrastrarla aún más a mi mundo.
Y si algo tenía claro era que ya había sufrido demasiado.