33
Elisa
El sonido de la puerta estallando contra el marco fue lo primero que me arrancó de la cama.
Luego vinieron los gritos.
Los golpes.
El arrastre.
Me senté en la cama, hecha un manojo de nervios, miré a mi alrededor, presa del miedo, buscando a Alexei. Tenía el corazón en un puño, mi pecho subía y bajaba con violencia, tanta que apenas podía pensar con claridad.
Las piernas comenzaron a temblarme, apenas podías sostenerme en pie con normalidad. Todo estaba pasando tan deprisa que no era capaz de procesar la situación, solo podía escuchar cómo alguien destrozaba la habitación del hotel.
Ahogué un grito cuando vi por la rendija de la puerta como alguien se aproximaba, por lo que aproveché los segundos que tenía a mi favor para esconderme dentro del armario ropero que había en la esquina más cercana a mí. Me tapé la boca con la mano, escondiéndome tras los albornoces colgados.
El latir en mi pecho era tan fuerte que podía percibirlo en mis oídos, ensordeciéndome, obligándome a centrarme en eso, a pesar de que podía ver entre las rendijas del armario como cuatro hombres altos, encapuchados, y con la violencia tatuada en cada uno de sus gestos, entraban en la zona de dormir.
—Encontradla —le ordenó uno de ellos al resto.
Tragué saliva, sintiendo como las lágrimas ya se agolpaban en mis ojos.
Decidí cerrarlos, no iba a poder hacer nada por defenderme de ellos.
¿Y si me mataban? ¿Sabrían a qué familia pertenecía?
¿O habría sido ese Alexei quien me había vendido a esos hombres?
Negué con la cabeza, todas esas ideas eran demasiado fuertes como para ser reales.
Una parte de mí quiso pedir ayuda, intentar que alguien entrase, pero lo único que conseguiría era que nos matasen a ambos. Apreté un poco más mis ojos, notando como una pequeña gota descendía mi mejilla.
Uno de los hombres abrió la puerta con violencia.
Mis gritos desgarraron el silencio al mismo tiempo que sus manos me atrapaban como pinzas de acero, zarandeándome con tanta fuerza que la cabeza me dio vueltas.
El sabor del miedo, metálico y sucio, se me coló en la boca cuando intenté luchar, morder, patalear, cuando mis dedos arañaron su piel y logré hincar los dientes en la mano de uno de ellos.
El chorro de sangre tibia me golpeó los labios, creándome la falsa ilusión de que podría salir de aquella pesadilla con vida.
Pero entonces, apareció él.
No era uno de los que me sujetaban, sino el que lideraba.
Un hombre al que no reconocí, con el traje impoluto y los ojos vacíos de cualquier atisbo de alma.
Caminó despacio hasta mí, sin prisa, mientras yo no dejaba de forcejear con los hombres que me sujetaban.
Chillé con todas mis ganas, desgañitándome, perdiendo la poca voz que me quedaba mientras veía cómo el mismísimo diablo se acercaba a mí.
Cuando se detuvo frente a mi rostro, solo dijo una frase que me perforó más que cualquier golpe:
—El tiempo de descuento ha acabado.
No hubo más advertencias. Solo una bolsa de rafia negra que me encasquetaron en la cabeza, ahogándome por culpa de mi propia respiración, haciéndome perder el norte, el equilibrio, la esperanza.
Todo.
Y entonces, la oscuridad.
***
Desperté con un nudo en la garganta. Era tan real que me dolió el pecho solo de intentar respirar.
Estaba sentada, con la camiseta empapada de sudor, el corazón galopándome en el pecho sin control, el estómago revuelto como si hubiese revivido todo.
Era como si mi cuerpo aún estuviese encadenado a aquellas manos que me arrastraron por la maqueta del hotel como si no valiese una mierda.
Llevé ambas manos a mi cabeza, sintiendo cómo me temblaban los dedos, y cuando los abrí, pude verlos: rojos, doloridos, como su hubiesen estado luchando en mis sueños.
—Elisa —la voz de Alexei me sobresaltó, ronca, rasgada por el sueño y por la sorpresa.
Estaba en el butacón, pero al verme, se incorporó de inmediato, acercándose con calma, sin pretensiones, a sabiendas de que podría hacer cualquier cosa si me sintiera amenazada.
Me observó en silencio durante unos segundos y, por primera vez en mucho tiempo, vi algo que no me esperaba: preocupación.
—¿Estás bien? —preguntó con suavidad, sin tocarme.
Quise responder, decirle que sí, que todo estaba bien, que no era nada, pero ni siquiera las palabras me salían.
Me llevé una mano al pecho, intentando controlar la respiración que se me había disparado, mientras sentía como la ansiedad me hacía cosquillas en las costillas, ese tipo que no tienen nada de divertido, sino que te asfixian, que matan.
Cerré los ojos, intentando alejar la imagen de aquel hombre, de la bolsa, del miedo.
—Solo ha sido una pesadilla —logré susurrar con la voz rota, más para mí que para él.
Mentira.
No había sido un sueño.
Era un maldito recuerdo. Uno que me perseguía cada vez que cerraba los ojos y que me recordaba lo sola que había estado desde entonces. Lo mucho que había sufrido. Y lo fácil que había sido para los demás entregarme como moneda de cambio, traicionarme, romperme.
—Has bajado la guardia, Elisa —me recriminé a mí misma en voz alta, más dolida por lo que implicaba que por la pesadilla en sí.
Alexei no dijo nada. Permaneció allí, de pie, observándome con esa mezcla de tensión y algo más que no supe interpretar. ¿Culpabilidad? ¿Compasión? No lo sabía. Y la verdad es que, en ese momento, no quise analizarlo.
—He sido una estúpida por haberte dejado entrar —murmuré, sin poder contener el temblor de mi voz—. ¿Cómo he podido ser tan imbécil?
—No lo eres —musitó él, acercándose un paso, pero sin invadir mi espacio.
Mis ojos se clavaron en los suyos por un segundo que se me antojó eterno.
Sabía que tenía razón, en cierto modo, que no era tan simple como haberle o no dejado entrar.
Era mucho más complicado, más visceral. Él era mi enemigo, pero también la única persona que conocía las sombras de mi pasado, que había formado parte de ellas.
—Me jodiste, Alexei —susurré casi tan flojo que creí que no lo habría escuchado.
—Hablemos de esto mañana —me pidió con un tono dulce y suave que jamás creí que escucharía por su parte.
—Yo… —empecé a decir.
Por jodido que fuera, en ese instante, con la adrenalina aún corriendo por mi cuerpo, y con el corazón roto en mil pedazos, no quería volver a cerrar los ojos estando sola.
—Te contaré todo lo que quieras saber —juró.
Durante unos segundos, permanecí en silencio, pensativa. Pero al final, elegí creerle, porque a pesar de todo, esos ojos verdes siempre decían la verdad.
—Quédate —le pedí—. Solo esta noche.
Y por una maldita vez, no hubo necesidad de fingir que nos odiábamos.
No hubo espadas entre nosotros, ni mentiras, ni máscaras.
Solo dos cuerpos compartiendo cama, el calor de su piel contra la mía, su respiración calmándome como si fuese una anestesia lenta, y la certeza brutal de que, por mucho que me esforzara, jamás sería capaz de odiarle del todo.