32
Elisa
Mi cuerpo era como una llama encendida.
Una bomba a punto de explotar.
Y él… La única chispa que necesitaba para desatar un maldito incendio.
Ahogué un gemido, repitiendo en mi mente una y otra vez sus últimas palabras, como si fuese un jodido mantra: Esto no ha hecho más que empezar, querida. ¿Cómo se suponía que debía asumir todo lo que me había dicho?
Estaba perdida.
Totalmente.
Y lo supe desde el momento en el que sentí su lengua entre mis piernas, arrastrándome al pozo más profundo, al límite del abismo.
Su boca me adoraba, me veneraba como si fuese una diosa caída del cielo directo a su maldito infierno.
Porque sí, él era el demonio de mis sueños, el único que había sido capaz de robarme la paz que me quedaba.
Me lamía con esa mezcla de rabia y deseo que tanto me encendía, con los dientes apretados, mientras me sujetaba con tanta fuerza que se me antojó que al día siguiente tendría la marca de sus dedos alrededor de mis muslos. Pero poco me importó.
Estaba al borde del orgasmo. A un suspiro de quebrarme, pero eso no era suficiente. Iba a destrozarme, y lo sabía, lo había prometido, y gustosa aceptaría mi maldición si era él quien la imponía.
Se incorporó de un salto, como impedido por un resorte.
Sus pupilas estaban tan dilatadas que apenas podía ver el verdor de sus iris.
Mi respiración era agitada, casi tanto como la suya, que provocaba que su pecho subiese y bajase como el de un animal salvaje.
Me levantó a pulso, sin esfuerzo, sujetándome por las caderas como si mi cuerpo fuese suyo, como si nunca hubiese dejado de serlo.
Me empotró contra la pared.
El frío del cemento me golpeó en la espalda.
—¡Ah! —me quejé, ahogada.
Su miembro presionó mi entrada. Todo el vello de mi cuerpo se erizó, provocando que un escalofrío me recorriese. Nuestros ojos se encontraron, y lo único en lo que pude pensar fue: «A la mierda».
Estampé mis labios contra los suyos, devorándole con ese ansia que me corroía, que me gritaba que lo hiciese. Porque sí, a pesar de todo, una parte de mí no había dejado de amarle, y no poder besarle era una tortura que no estaba dispuesta a mantener.
Alexei me devolvió cada uno de los besos, mientras su miembro no dejaba de deslizarse por mi sexo, frotándose, provocando que cientos de descargas me castigasen de placer.
Sin que me lo esperase, entró de una sola embestida. Profundo. Salvaje. Me invadió por completo, con ese grosor que parecía querer abrirme en dos, y al mismo tiempo, encajaba perfecto en mi interior.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Las penetraciones no dejaban de repetirse, cada vez más secas, profundas, tanto que podía escuchar cómo nuestros cuerpos chocaban, provocando un eco que llenaba toda la nave.
El corazón se me iba a salir del pecho, apenas podía coger aire, entre beso y beso, cuando de repente, Alexei mordió mi labio inferior, tirando de él, arrancándome un quejido que le supo a gloria.
Lo supe por la forma en la que sonreía, en la que se deshacía dentro de mí mientras mi sexo lo succionaba, engulléndolo al máximo.
Cada estocada era un latigazo. Cada movimiento de sus caderas me hacía ver las estrellas, y al mismo tiempo desear que jamás llegase el final.
Su boca recorrió mi cuello, succionándolo, mordiéndolo, dejando el rastro de su perdición.
Sus manos dejaban marcas en mi piel. Era como si quisiera tatuarme con su rabia, como si no pudiera dejar de devorarme.
—Dímelo —gruñó en mi oído—. Dime que me amas tanto como me odias.
No podía hablar.
Solo gemí.
Más alto.
Más fuerte.
Más profundo.
—Eso es, mi vida… —jadeó, aumentando la velocidad.
Sus embestidas eran salvajes, brutales, me empujaban contra la pared con tanta fuerza que las rodillas me flaqueaban, si no fuera porque él me sostenía, me habría caído. Estaba tan dentro que podía sentir cada centímetro de su miembro.
Mi clítoris rozaba con su abdomen en cada movimiento, convirtiéndolo en una tortura deliciosa.
Pero no se detuvo ahí.
Se alejó de la pared, sin dejarme en el suelo, sin salir de mí, sosteniéndome como si no pesara nada y me llevó, desnuda, empapada, hasta la mesa metálica del rincón.
Cogí una bocanada de aire cuando vi cómo me observaba, por lo que me permití hacer lo mismo: deleitarme con el dios que tenía frente a mí.
Era el hombre más sexy y dominante que hubiese visto jamás, por eso amaba tanto nuestros encuentros.
Nunca sabía quién de los dos iba a ganar.
Solo que en ese momento poco me faltaba para arrodillarme frente a él, para devorarle por completo.
Comenzó a moverse dentro de mí con una lentitud enfermiza, tanto que volvió a convertirse más en una tortura que en un placer, ya que colocó su dedo pulgar sobre mi clítoris.
Sus caricias empezaron suaves, lentas, al ritmo de sus acometidas.
—Alexei —jadeé, rota, perdida y deseando correrme.
Me folló con una furia contenida. Entrando y saliendo con firmeza, arrancándome cientos de jadeos como si quisiera unirnos en un solo ser. Me sujetó por los tobillos, alzándolos al aire mientras su cadera chocaba contra mis nalgas, con un ritmo cada vez más feroz.
—Mírame —ordenó.
Le miré. Pude verlo en sus ojos. Iba a joderme la puta vida, y lo peor de todo era que lo estaba deseando.
—Así es como más me gustas —musitó—. Hecha mierda. Mía.
Sus embestidas eran cada vez más profundas. Me empujaban contra el metal de la mesa, haciendo que sintiese el frío bajo mi espalda, y el fuego que tenía entre las piernas.
Cambió de postura, girándome con brusquedad, obligándome a ponerme con el pecho contra la mesa. Me tomó por la cintura y volvió a adentrarse en mí de una sola estocada.
—Dios… —jadeé, al sentir como me llenaba de nuevo.
—Te voy a follar hasta que olvides de cómo se pronuncia mi nombre —susurró con los dientes apretados.
Y lo hizo.
Me folló con rabia.
Con amor.
Con desesperación.
Una de sus manos volvió a buscar mi lugar prohibido, maltratando mi pequeño botón que, abultado, rogaba atención.
—Córrete para mí, Elisa —me ordenó
Y lo hice. Gritando su nombre. Un orgasmo brutal y devastador que me recorrió de pies a cabeza, que me deshizo y me rompió.
Para, segundos después, sentir cómo él se tensaba detrás de mí, con su miembro palpitando en mi interior, mientras se deshacía entre gruñidos desgarrados que me supieron a gloria.
Se desplomó sobre mí.
Agotado.
Sudado.
Temblando.
Y por un instante… solo hubo silencio, ni siquiera odio o venganza.
Solo nosotros.