31
Elisa
No sabía en qué momento había perdido el control. Si al apuntarle con la daga o al encontrarme con sus ojos verdes, oscuros, atravesándome como cuchillas. Quizá lo había perdido mucho antes, la primera vez que me tocó, esa en la que me arruinó la vida.
Apreté la mandíbula, sintiendo como todo mi cuerpo temblaba contra el suyo.
La respiración se me había convertido en un hilo quebrado que no encontraba salida.
No sabía si creerle.
Si odiarle.
O recoger la daga para clavársela en lo más profundo.
Pero su cuerpo estaba ahí, ardiendo contra el mío, mostrándome que: a pesar de todo, continuaba reaccionando de la misma manera, con esa perdición que solo sentíamos el uno por el otro.
—Has perdido el juego, Elisa —musitó.
Me revolví en sus brazos, tratando de apartarlo, empujándole el pecho con las palmas, pero de nada sirvió. No podía. Sentía su olor, y me embriagaba, su calor, su ardiente piel bajo mis dedos, y en medio la maldita rabia que me corroía sin control.
—¡Te odio, Alexei! —bramé con fuerza.
—Eso es… —susurró cerca de mi oído—. Dime cuantísimo odio hay en ti, querida.
Forcejeé con todas mis fuerzas, probando a librarme de su maldito agarre, pero no sirvió de nada.
—Eres repugnante —añadí entre dientes, a pesar de que no lo sentía así.
Sonrió ladino, y paseó su lengua por la comisura de mis labios y, por un momento, deseé que me besase. Que me devorase como lo había hecho años atrás cuando aún era capaz de sostener mi propia mentira.
¿Y si de verdad todo lo que me había dicho era real? ¿Era culpa de mi padre que hace tres años él me entregase a las manos equivocadas? Me dije que no, el trato estaba escrito desde hacía mucho más tiempo, y los términos…
—Vuelve aquí, Elisa —me pidió Alexei justo antes de posar sus labios contra los míos.
Quise golpearle, dejarle tirado en el suelo, pero sabía tan bien como yo que a pesar de que había aprendido a pelear, no era suficiente, teniendo en cuenta la superioridad física con la que él contaba.
—Suéltame.
Este negó con la cabeza. Pude ver como en sus ojos brillaba una chispa de diversión, mientras que en mi interior se desataba una vorágine de caos que no sabía cómo lograría parar.
—Siempre has sido mía, Moretti —dijo mediante un hilo de voz, al mismo tiempo que una de sus manos descendía por mi cintura—. Y jamás podrás borrarme tu esencia.
Ahogué un gemido cuando noté como su miembro ya empujaba contra la parte baja de mi vientre. Y en medio de esa rabia… mi cuerpo reaccionó como siempre lo había hecho: deseándolo con todas sus fuerzas.
Le odiaba.
Le echaba de menos.
Le necesitaba.
Todo a la vez.
Era como una maldita droga a la que me había vuelto adicta demasiado pronto en la vida, cuando creía poder jugar con todo el mundo, cuando no sabía lo que me deparaba el futuro y él no era más que una mera ficha del tablero de ajedrez en el que se había convertido mi vida.
—Suéltame —repetí, pero la fuerza se me acabó desvaneciendo, convirtiéndolo en un mero susurro.
—No quieres que lo haga —murmuró, permitiendo que su aliento rozase mi oreja.
Sus manos subieron con lentitud por mi cintura, deslizando los dedos por la tela de la camiseta. El roce fue un latigazo eléctrico. Mi corazón latía tan rápido que me dolía el pecho.
—Los ojos no mienten, querida —musitó, acercando su boca a la mía.
Mis párpados se cerraron, pero no aparté la cara. No lo hice porque deseaba que me besase, que me hiciese suya como llevaba soñando desde hacía años.
Su respiración se volvió tan agitada que podía notar como chocaba contra mis labios, mientras su pecho subía y bajaba, frenético. Y de repente, no había más nave, ni más deuda, ni siquiera más odio. Solo él. Solo nosotros.
Sus manos tiraron de la camiseta y, sin oponer resistencia, alcé los brazos, la sacó por la cabeza, dejándome desnuda de cintura para arriba.
Me sostuvo la mirada mientras colaba uno de sus dedos por la cinturilla de mis braguitas de encaje, despacio, como si fuera un ritual.
Apartó el cabello que cubría mi rostro y besó mi cuello, descendiendo, haciendo pequeñas pausas, dejando rastros húmedos de su boca hasta que llegó a mis pechos.
Sus dedos jugaron con mis pezones antes de atraparlos entre sus labios.
Gemí, arqueando la espalda.
Era un sonido roto, mitad rabia y mitad placer.
Pero entonces, se arrodilló frente a mí, me agarró de las caderas y bajó mi ropa interior, dejándome expuesta ante él. Su mirada era la de un hombre hambriento, pero había algo más: adoración.
—Así… —susurró, abriendo mis piernas.
Su lengua se adentró entre mis pliegues de manera suave, apenas un roce.
Luego fue más brusco y profundo. Me lamió con trazos largos, firmes, provocando que todo mi sexo se humedeciese del jodido placer que había en mí.
Ahogué un gemido cuando succionó mi clítoris hasta hacerlo latir contra su boca.
Mis manos se aferraron a su cabello sin querer, tirando de él, guiándole, hundiéndole más.
Él gruñó bajo, un sonido gutural que vibró en mi sexo, haciéndome perder la cabeza.
Le quería dentro. Que lo hiciésemos como animales. Que me follase como me había prometido, y perderme en cada una de sus putas embestidas.
Un gemido ahogado rasgó mi garganta cuando su lengua volvió a adentrarse en mí, haciéndome perder el control.
Joder, lo mucho que le había echado de menos.
Me llevé la mano libre a la boca, cuando un profundo quejido se agolpó en mi garganta, haciendo que mi espalda se arquease, a punto de suplicarle clemencia. Estaba a punto de explotar.
—Alexei… —Mi voz salió rota, desesperada.
Él se apartó solo lo suficiente como para mirarme desde abajo. Sus labios brillaban con mi humedad, y no pudo evitar esbozar una sonrisa ladina que me prendió en llamas.
—Todavía no… —murmuró—. Esto no ha hecho más que empezar, querida.