30
Elisa
Lo había dejado solo después de curarle la herida y ya llevábamos dos días juntos. Dos en los que mi mente parecía querer traicionarme, arrastrándome a lo más profundo de la oscuridad, a ese pozo en el que estuve metida cuando Alexei me jodió la vida por primera vez.
La calma antes de la tormenta era un lujo que rara vez podía permitirme, pero ese día, mientras me sentaba frente al portátil con la taza de café a medio tomar, lo sentía. Falsa, claro. Como todo lo que me rodeaba.
Llevaba tanto tiempo escondida, incluso de mi propia familia, que ni siquiera era consciente de lo mucho que echaba de menos un poco de paz. Era tal mi anhelo que incluso aquel insulso momento me lo parecía. Una tranquilidad que no era mía, que no me pertenecía.
Me pasé una mano por el rostro, cerrando los ojos, permitiéndome sufrir en silencio, notando como una pequeña lágrima recorría mis mejillas para acabar muriendo en la tela de la camiseta que llevaba.
Tantos años de entrenamiento, de entrega y sufrimiento, ¿pero para qué?
Llevaba toda mi vida preparándome para algo que no había elegido, y todo me había llevado a esta maldita situación. A él.
La vida me había hecho convertirme en la mujer que era, fría, calculadora y, en cierto modo, casi tan déspota como el Romanov que mantenía maniatado en lo que llamaba el salón de la nave.
Le había disparado a quemarropa, pero tampoco me había dado otra opción.
Ese malnacido siempre lograba llevarme al límite, como si no le costase lo más mínimo.
Era como si mi cuerpo pasase de cero a cien en milésimas de segundos solo por tenerle cerca.
Lo tenía todo planeado.
Pensaba en el camino hacia La Mort.
En cómo llegar.
En cómo entregarle a Alexei y cerrar, al fin, la maldita deuda que había arrastrado por años.
No le conocía. Ni siquiera sabía cómo demonios era.
Lo único que reconocía era ese nombre, o más bien ese apodo, que me había taladrado el alma toda la vida.
Era como un rumor, una sombra, una figura tan intocable como mortal.
Pero si quería acabar con esto… debía hacerle la entrega que me salvaría el pellejo.
Alexei había robado su cargamento, todo lo que arrastraba a mis espaldas era entonces culpa suya.
Creía que entregar al traidor a quien traicionó equilibraría la balanza que bastaría para que me dejasen en paz.
Pero una parte de mí sabía que nada era tan simple.
No cuando te involucrabas con una de las familias más grandes y poderosas de todo el mundo, cuando la mafia rusa estaba metida hasta lo más profundo por tu maldita culpa.
Y aun así… quería creerlo.
Estaba tan centrada en ese pensamiento, tan convencida de que mi estrategia sería un éxito que ni siquiera le escuché. Un murmullo alejado, hasta que fue demasiado tarde.
—Vaya… —musitó—. Pareces ocupada, ragazza.
El corazón me dio un vuelco. Me giré de golpe, y ahí estaba él.
De pie.
Desatado.
Libre.
Su herida seguía manchando el apósito que la cubría, pero no parecía importarle. Estaba erguido, con esa sombra en la mirada que siempre aparecía antes de que todo ardiera, peligroso.
Tragué saliva, percibiendo como un enorme nudo se creaba en mi garganta para impedirme respirar con normalidad.
—¿Cómo te has soltado? —espeté.
—Tienes que prestar más atención a los detalles, Elisa —comentó al mismo tiempo que se acercaba a donde me encontraba, visiblemente cojeando.
—Eres un hijo de puta —escupí, sintiendo como mis piernas cimbreaban por la tensión.
No respondió. Solo dio un paso hacia mí. Después otro. Como si no fuese él el herido, como si no estuviera recién liberado, como si nada pudiese pararlo.
Mi reacción fue instintiva. Agarré el primer objeto que encontré sobre la mesa, una llave inglesa, y la lancé con fuerza. Fallé por centímetros, pero eso bastó para que él acelerase el paso y viniera directo a por mí.
Me lancé encima. O tal vez fue él quien lo hizo primero. Da igual. Nuestros cuerpos chocaron como dos meteoritos a punto de extinguirse.
Rodamos por el suelo.
Mi puño impactó de lleno contra su mejilla, fuerte, certero, con toda la rabia que llevaba acumulando años. Su cabeza giró con el golpe, pero volvió a mirarme como si nada.
Sin que pudiese hacer nada por evitarlo, rotó en el suelo, quedándose encima de mí. Tomó mis muñecas con fuerza, empujándome contra el suelo.
—¡¿Esto es todo lo que tienes?! —gruñó, con la respiración entrecortada.
Bufé tan cabreada que creí que en cualquier momento lo mataría.
—Así no vas a acabar con un Romanov —me advirtió.
Le escupí en la cara.
Él me soltó de golpe, cosa que aproveché para arañarle el costado con las uñas, justo por encima de la herida. Gritó. Me empujó de nuevo. Ambos terminamos de pie, jadeando, con el odio empapándonos la piel a modo de sudor.
Lancé una patada al aire que chocó contra su muslo herido. Se tambaleó, pero no cayó. Me atrapó del brazo, girándome con firmeza y me empotró contra la pared, sujetándome por las muñecas. Su rostro estaba tan cerca del mío que podía ver las gotas de sudor bajándole por la sien.
—¿Ya has terminado? —masculló con los dientes apretados.
Me zafé de sus manos con un tirón de cadera y lo empujé de nuevo, esta vez con todas mis fuerzas. Cayó de espaldas sobre una de las sillas metálicas que tenía del anterior negocio que había en la nave.
Cogí el cuchillo. Me lancé a por él.
Lo empujé contra el respaldo, con la daga en alto.
Y entonces, temblando, sintiendo como mi alma se prendía en llamas, grité:
—¡Me traicionaste, Alexei Romanov! —Sentía como mi propia voz me rasgaba la garganta.
—Solo hice lo que tenía que hacer —replicó, con una calma que me resultó letal.
—¡Me jodiste la puta vida, cabrón!
—Era el trato —dijo, sin siquiera pestañear.
Su respiración chocaba contra la mía, mientras yo solo podía observar sus labios entreabiertos, clamando mi atención. Me negaba a que me volviese a engatusar como hizo tiempo atrás, a permitir que quedase libre de sus pecados.
Apreté la daga contra su cuello, percibiendo como la piel palpitaba bajo el filo, caliente, viva. ¿De verdad iba a acabar así con él?
—Pues mi trato ahora es este —sentencié, presionando lo suficiente como para que un reguero de sangre descendiese por su cuello hasta empapar la camiseta que llevaba.
—¡Yo no soy tu enemigo, Elisa! —gritó—. Tu puta familia te traicionó vendiéndote cuando no eras más que una cría.
¿Qué más necesitas saber para darte cuenta?
—añadió rabioso—. Lo has sabido toda la vida, y aun así vienes a hacer que yo lo pague, cuando quien debería estar bajo tierra es tu querido papá.
—¡Mientes! —grité, ida por completo.
—Si tan claro lo tienes… —Hizo una pausa—. Adelante, Moretti —me retó, con los ojos fijos en los míos, sin un atisbo de miedo.
Su respiración era irregular, igual que lo era la mía. Nuestros pechos subían y bajaban con fuerza, como lo haría el de un toro embravecido a punto de embestir.
Las piernas me cimbreaban, tenía la adrenalina llevándome al límite, instándome a acabar con el malnacido que había frente a mí, mientras mi corazón me gritaba que no lo hiciese.
—¡Mátame, ragazza! —bramó enloquecido.
Lo supe cuando nuestros ojos se volvieron a encontrar. No solo había locura en ellos, también había deseo y algo que no esperaba… Arrepentimiento. Contuve el aliento cuando sentí cómo el temblor de mis piernas subió por mi espina dorsal.
Pero no era miedo lo que sentía. Era otra cosa. Lo de siempre.
—Hazlo, Elisa —susurró, dejando que su voz rasgase el aire—. Hazlo antes de que te folle aquí mismo.
Apretó la mandíbula con tanta fuerza que pude oír crujir sus muelas, mientras yo sujetaba aún más fuerte el cuchillo.
—Cinco…
Empezó la cuenta atrás.
—Cuatro…
El tiempo se acababa. ¿Iba a matarle así?
—Tres…
¿Y si había estado equivocada todo este tiempo?
—Dos…
Su voz sonó rota y, por un instante, creí que me desmayaría a causa de la tensión. Era tanta que incluso la daga se me resbaló de entre las manos.
—Uno…