29
Alexei
El deseo aún me ardía en la piel como una maldición. Me la había follado con la boca hasta que estuvo a punto de correrse. Me había cabalgado como una puta amazona con esa rabia deliciosa que aún seguía latiendo en mis caderas. Y luego, simplemente… se fue.
Me dejó ahí.
Esposado.
Duro.
Empapado en sudor.
Con la polla palpitando y la boca seca de tanta necesidad.
Era la segunda vez que me dejaba con dolor de huevo, y ya empezaba a cansarme de su jueguecito.
La muy desgraciada sabía exactamente lo que hacía, y lo peor de todo era que estaba disfrutando más de lo que jamás hubiese creído.
Me removí en el asiento, sintiendo el dolor punzante en el muslo. La herida escocía, tiraba de la carne con cada respiración. Cada pulsación era un recordatorio de lo que me había hecho. No solo con la bala, sino con todo su maldito cuerpo.
Era como una maldita droga a la que llevaba siendo adicto demasiado tiempo, con la que me había deshecho entre las sábanas, a la que había buscado en otras mujeres, sin satisfacción ninguna.
Ella. La única que había llevado mi obsesión a un nuevo límite.
La misma que seguía siendo mi puta debilidad por mucho que quisiera negarlo.
La odiaba por eso.
Por todo lo que despertaba en mí.
Por lo fácil que era perderme entre sus piernas, y lo imposible que era de sacar de mi sistema.
Cerré los ojos y respiré hondo. Me dolía más el ego y los huevos que la pierna.
Escuché sus pasos lentos, firmes.
Abrí los ojos con tranquilidad, expectante a lo que pudiera pasar a continuación, que estando allí podía ser cualquier cosa. La sombra de su cuerpo se proyectó sobre el suelo de cemento.
Estaba allí, con una venda nueva y esa mirada helada que me perforaba más que cualquier cuchillo.
—Voy a cambiarte el vendaje —dijo, sin mirarme siquiera.
Me mordí la lengua en lugar de soltar una de las mías, y asentí.
Cuando se arrodilló frente a mí, apreté los dientes.
El dolor se reactivó en cuanto quitó la gasa.
Se había vuelto a abrir debido al esfuerzo de hacía apenas horas.
Picaba, escocía y jodía más de lo que me hubiese gustado admitir. Pero me mantuve firme.
—Podrías ser más delicada —mascullé entre dientes.
—Podrías haberte callado la maldita boca para que no te disparase, ¿no? —respondió sin inmutarse.
Una sonrisa fugaz cruzó su rostro, rápida, sutil. Pero lo vi.
La muy cabrona disfrutaba de lo que estaba haciendo.
Cuando el alcohol tocó la herida, solté un gruñido que me brotó del estómago. Ella siguió limpiando con calma, como si no le afectara tenerme allí, medio desnudo, con la polla aún resentida y los ojos cargados de toda la mierda que no podíamos decirnos.
—¿Es que no sabes que las heridas no se curan con alcohol? —bramé al ver como iba a echar alcohol.
—Sí, lo sé.
—¿Entonces?
Esta alzó los hombros y entonces lo vi en sus ojos.
—Disfrutas haciéndome sufrir —musité en un hilo de voz.
—Mucho.
Y joder, me excitó. Porque claro que lo disfrutaba. Era parte del maldito juego en el que estábamos metidos. Uno que ambos conocíamos bien.
Cuando terminó de vendarme, pensé que me dejaría solo, como siempre hacía. Pero no, en esta ocasión no fue así. Volvió, minutos después, con una bolsa de papel y una botella de agua.
—¿Qué es eso?
—Comida —respondió tajante—. No pienso matarte de hambre. Aún.
El olor me golpeó de lleno, provocando que mi tripa rugiese como un animal hambriento, tanto como lo estaba yo. Fideos asiáticos. Lo recordaba. La muy hija de puta sabía que me apasionaba y había decidido demostrármelo de aquella manera.
—¿Vas a soltarme?
—No —sentenció con esa voz que me hacía imaginarla susurrando mi nombre entre gemidos.
Se agachó y, sin darme opción, colocó el cañón de su pistola en mi sien, apretando con una fuerza desmedida para aquel momento.
—Si haces un movimiento raro, te mato.
Liberó mis manos y las volvió a atar en la parte delantera, esta vez con algo más de holgura. Me daba movilidad, sí, pero no lo suficiente como para intentar nada. Al menos, por el momento.
—Tranquila, princesa —musité, mirándola con altiveza—. No voy a estropearte la cena romántica con tu príncipe azul.
Elisa dejó ir un bufido al mismo tiempo que negaba con la cabeza, y no pude evitar que una mueca juguetona se mostrase en mi rostro.
Porque si ella disfrutaba de joderme la herida, yo disfrutaría de joderla a ella en todos los sentidos.
Y claro que lo haría. No iba a olvidarse jamás de lo que era meterte en la vida de un Romanov.
—Ya te gustaría ser algo mío.
—Soy tu puta obsesión, querida —sentencié con una sonrisa chulesca dibujada en mis labios.
Colocó el bol caliente entre mis manos. No dijo nada más.
Se cruzó de brazos y me observó, como si fuera un prisionero entre rejas, capturado en la maldita guerra. Y en cierto modo… en el fondo, lo era.
Porque estaba atrapado.
En su juego.
En su cuerpo.
En esa jodida condena que había tatuado su nombre en mi piel.