28
Elisa
Mi cuerpo aún temblaba. Estaba tan al borde del orgasmo que apenas podía respirar. El muy cabrón sonrió contra mi sexo como si tuviese todo el tiempo del mundo, como si no estuviese atado, herido y a punto de perder la cabeza.
«Esto pienso disfrutarlo como merezco». Esa maldita frase resonó en mi cabeza con su voz ronca, esa que me arrancaba el alma cada vez que la escuchaba.
Mis piernas temblaban, tenía la espalda arqueada y el clítoris palpitando por cada roce de su lengua. Pero no. No iba a dejar que se saliera con la suya. No otra vez. No después de tantos años.
Inspiré profundo, bajé la camiseta que aún llevaba enrollada sobre mis caderas, y me aparté de él, dejando que mi sexo húmedo rozase su fuerte pecho antes de ponerme en pie.
El muy desgraciado me miraba como si fuese un premio que ya había ganado.
Apreté los dientes, cabreada, a sabiendas de que su boca aún brillaba con mi esencia.
—¿Tan fácil te rindes? —preguntó con una sonrisa torcida.
—¿Rendirme? —respondí, entrecerrando los ojos, y dejé ir una risotada que llenó el ambiente—. Ni en tus mejores sueños, Romanov.
Negué con la cabeza, aún observándole. Lo tomé por el cuello con una mano, y con la otra empujé el respaldo del sillón hacia arriba. Con esfuerzo, lo coloqué de nuevo en su posición original, dejando a Alexei incorporado, sentado, con los brazos aún esposados y las piernas separadas.
Me mordí los carrillos al ver cómo su erección seguía allí, desafiante, dura como el acero y apuntando hacia mí como si me retara a terminar lo que había empezado.
—Vas a pagar por lo de antes —susurré, al mismo tiempo que me sentaba a horcajadas sobre él.
Vi cómo se tensaba, cómo intentaba mover sus manos, sujetarme, tomar el control que le había arrebatado horas atrás. Pero no podía. Estaba a mi merced. Completamente expuesto ante mí y sin ser capaz de evitarlo.
Sentí su duro miembro rozándose contra mi sexo ardiente, deslizándose por la humedad que quedaba en mis piernas, esa mezcla entre mi esencia y su saliva que resbalaba entre mis muslos.
—Elisa… —gruñó entre dientes, permitiendo que se marcase su varonil mandíbula, en un último intento por recuperar el dominio.
Lo que no sabía era que esa voz rota solo me encendió aún más.
Me alcé despacio, bajo su atenta mirada, tomé su miembro con una mano y lo guie con tranquilidad hasta mi entrada. Estaba tan mojada que se deslizó con facilidad, abriéndose paso como si mi cuerpo lo hubiese estado esperando desde siempre.
Un jadeo escapó de entre mis labios cuando lo sentí dentro.
Lento.
Profundo.
Total.
Alexei dejó ir un profundo gruñido que provocó que una descarga eléctrica me recorriese el vientre hasta morir en mi clítoris.
—Mierda —masculló él, echando la cabeza hacia atrás con una mueca de puro placer. Pero eso no era nada.
Quise besarle, arrancarle un pedazo de labio de un solo mordisco, castigarle por todas las noches en vela, pero no lo hice.
Me negaba a dejar que esa Elisa que se enamoró de él saliese de nuevo a joderlo todo, porque sí, lo haría en el momento en el que abriese la puerta.
No permitiría que confundiese mi rabia con amor. Eso jamás.
Empecé a moverme sobre él, sin piedad, dejando que el sonido de nuestros cuerpos chocando llenase la nave vacía. Los jadeos y quejidos le acompañaron, mientras mis uñas se clavaban en los hombros del hombre que me había quitado el sueño, y con cada embestida me acercaba más al borde de la locura.
Alexei respiraba entrecortado, tenía los músculos tensos, los brazos tirando de forma inútil de las esposas, y eso me divertía. Su mirada ardía como el infierno. Me deseaba, y al mismo tiempo me odiaba por hacerle esto.
Estaba a punto de correrse, igual que yo. Lo sabía por cómo su voz se rasgaba con cada embestida, cómo su miembro palpitaba en mi interior cuando me detenía.
—¿Esto te gusta, Romanov? —susurré, alzando las caderas y dejándome caer de nuevo con fuerza sobre él, engulléndole por completo—. ¿Te gusta que sea yo quien te folle? —cuestioné sin darle tiempo a responder—. ¿O es demasiado para tu ego de hombre dominante?
Este dejó ir un gruñido. Sus piernas temblaron bajo mí.
—Eres… una puta bruja —murmuró entre dientes, apretándolos con tanta fuerza que pude escuchar el crujido de sus muelas.
—¿Y sabes lo peor? —gemí, acercando mi boca a su rostro—. Que te encanta. Que esto… Es el mejor puto polvo de tu vida.
Su mirada me lo confirmó.
—No… jodas. —Intentó resistirse, pero su voz se quebró.
Moví las caderas con rapidez, rotando un poco, apretando sus costados con mis muslos, aprisionándole, manteniéndole en lo más profundo de mi ser.
—Elisa.
Mi nombre se escapó de entre sus labios como una maldición.
Estaba perdido.
Igual que yo.
Sentí cómo se tensaba, cómo su erección no dejaba de pedir clemencia, cómo la frustración de no poder tocarme lo estaba volviendo loco.
Y justo antes de correrme, me detuve. Permanecí quieta, con su miembro enterrado en mí y mi pecho pegado al suyo. Mordí su barbilla y paseé mi lengua por sus labios, apartándome justo en el momento en el que intentaba besarme.
—No voy a darte el gusto —susurré en su oído—. No hasta que te lo ganes.
Me levanté poco a poco, dejando que su erección saliera de mí con un gemido que apenas pude contener. Él apretó los dientes. Estaba empapado en sudor, con el cuerpo rígido, los ojos clavados en mí como si quisiera arrancarme la piel y devorarme viva.
Pero no podía.
No todavía.
Y eso lo estaba sacando de quicio.
Me giré, tomé una toalla y la lancé hacia él.
—Será mejor que te tapes —ordené—. Yo sí me sé controlar.
Y entonces, lo dejé solo.
Con la polla empapada en nuestras esencias, los puños cerrados y el alma en llamas.