El legado de los Romanov 27
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Elisa

Desperté aún con el sabor de mi sexo en la boca, envuelta en las sábanas. Una parte de mí no sabía si lo había soñado todo, o si de verdad había vivido ese momento tan íntimo con Alexei.

Me pasé una mano por el cabello, y cuando me destapé, vi que todo había sido verdad, continuaba desnuda, por lo que volví a colocarme la camiseta antes de salir de la zona del dormitorio.

Contuve el aliento cuando le vi allí dormido, con la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado, como si el cansancio hubiese sido demasiado fuerte como para aguantar un poco más, lo suficiente para continuar rebatiéndome durante toda la noche.

Lo intentó, claro que lo hizo. Solo que me coloqué tapones para no tener que escucharle lo que quedaba de noche.

Me encaminé hacia la improvisada cocina que había montado junto al escritorio donde reposaba mi portátil, y encendí la cafetera.

La cabeza me daba vueltas, llevaba tan pocas horas de sueño encima desde hacía días que apenas era capaz de pensar con claridad.

Debía mantenerme cauta, medir bien mis pasos y no dejarme engatusar por el hombre que aún dormía en el butacón.

Me serví una buena taza de café y le observé en la lejanía.

Podía sentir el odio atravesándome.

Esa rabia contenida durante años.

Esa que había estado alimentando cada día de mi maldita condena.

Iba a usarle hasta que me cansase, porque si algo tenía era todo el tiempo del mundo.

Él era como una jodida enfermedad, una droga a la que llevaba siendo adicta demasiado tiempo como para desengancharme. Pero no permitiría que volviese a traicionarme, y mucho menos de la manera en la que lo había hecho con anterioridad.

Oí un carraspeo que provino de mi acompañante, por lo que dejé el café sobre la encimera improvisada y me giré hacia él.

Alexei me fulminó con la mirada, apretó los dientes cuando vio que me acercaba.

Cogí todo lo necesario para curar su herida.

No era gilipollas, no iba a desatar una guerra con Nikolai, porque, por lo que había podido averiguar, los hermanos Romanov controlaban gran parte del país, y, por ende, también sus negocios más turbios.

Eran los malditos reyes de Rusia. ¿Qué iba a hacer una kamikaze italiana interponiéndose en su camino? Me chafarían como a una mosquita.

Seguía resentido por lo ocurrido la noche anterior, y no le culpaba, debía tener los huevos doloridos por acumulación.

Disfrutaba de verle de aquella manera, indefenso, a mi entera disposición.

Mi sexo ardió solo de fijar la vista en la suya, en esa manera que tenía de devorarme en silencio, de prometerme que haría arder el mundo si yo se lo pidiera, aunque por el camino ambos cayéramos.

—Cuidado con lo que haces —me advirtió con chulería, como si estuviese en posición de evitar lo que pudiese hacerle.

Me arrodillé frente a él, quedando a la altura perfecta como para poder ver cómo tenía la herida y curarla. Mi corazón se aceleró al percatarme de cómo su abultado paquete me daba los buenos días a pesar de lo ocurrido el día anterior.

—Haré lo que me dé la gana, Romanov —sentencié con dureza.

Este dejó ir una profunda risotada que provocó que una descarga eléctrica muriese en mi sexo, erizando cada vello de mi cuerpo. Dios. Le odiaba con todas mis fuerzas, pero, aun así, mi cuerpo recordaba cada una de las embestidas que me dio cuando no éramos más que dos desconocidos.

—Me pones tan cachondo que podría correrme sin que siquiera me tocases, Moretti.

Aquello hizo que me humedeciese al instante, porque lo acompañó con una caída de ojos que me volvió loca. Joder. Era mi maldita obsesión, mi perdición más real y el único hombre que había logrado que explotase de placer.

—Eres asqueroso —mentí, enrabietada.

Una sonrisa ladina se instauró en sus labios y por un momento quise borrársela de un golpe, pero se me ocurrió algo mucho mejor. Colé mis dedos entre la tela de sus calzoncillos y su piel, y los bajé lo suficiente como para dejar a la vista su enorme erección.

—¿Vas a comerme la polla ya? —cuestionó chulesco—. ¿O aún te resistes a hacer eso que tanto ansías?

Por un momento fue como si me leyese la mente. Salivé, deseando metérmela a la boca, pero en vez de eso, chasqueé la lengua. Esa maldita chulería iba a costarle cara, aún más cuando lo llevase frente a quien debía para que pagase con cada una de sus deudas.

—No sé cuál de los dos disfrutaría más de eso —comenté como si nada.

—Estoy seguro de que yo —aseguró al mismo tiempo que se retorcía, permitiendo que toda su longitud se liberase—. Sobre todo, si sigues haciéndolo tan bien como recuerdo.

Iba a ser mala, e iba a disfrutarlo como una niña pequeña.

—¿Aún tienes que matarte a pajas pensando en mí? —respondí con su mismo vocabulario soez.

Dejó ir un profundo gruñido que me removió las entrañas, propagando el fuego en mi interior.

—Dios… No sabes cuántas veces me he tocado pensando en ti —admitió con la voz tan ronca que todo mi ser se revolucionó—. Imaginándote así, de rodillas, con mi mano enredada en tu pelo, completamente desnuda, dispuesta, babeante, con mi semen cayendo por la comisura de tus labios.

Su miembro se movió de manera involuntaria, igual que lo hizo mi sexo, que, ansioso, respondió palpitando, dispuesto a engullirlo.

—¿Así te gustaría tenerme ahora? —cuestioné, presionando su herida.

—Oh, no… —dijo, haciéndose el ofendido.

—¿No? —pregunté, asombrada por su respuesta.

Negó con la cabeza. Apretó con fuerza la mandíbula, tanta que se me antojó que iban a saltarle las muelas por los aires. Cerró los ojos y tomó aire, como si quisiera calmar algo en su interior.

—¿Y qué es lo que tanto deseas?

—Quiero devorarte, Elisa —bisbiseó con lujuria—. Que te corras en mi boca.

—Bueno… Eso tiene fácil arreglo —aseguré.

Sin pensarlo ni un solo instante, tomé el butacón sobre el respaldo, y como si fuese un dibujo animado, cayó de espaldas lentamente hasta que acabó tumbado en el suelo.

—Suéltame —me instó—. Vamos.

Se pasó la lengua por los labios y sonrió gatuno, tanto que me levanté la camiseta y, sin pensarlo ni un solo segundo, me coloqué sobre él, permitiendo que mi sexo quedase completamente expuesto sobre su boca.

—De eso nada.

Sin que tuviese que decir nada más, noté como su lengua me recorría de arriba abajo, lamiéndome como si fuese un helado, con una delicadeza y al mismo tiempo una firmeza que me desarmaban.

Apoyé las manos en la pared de atrás, sintiendo como todo mi cuerpo se veía sacudido por cada uno de los lametones que me daba.

Jadeé, con la respiración entrecortada y el corazón al borde del colapso.

Una parte de mí quería notarle al completo, sus manos sujetando mis piernas con tanta fuerza que me dejarían marca para los próximos días.

No dejaba de hacer círculos sobre mi clítoris, de succionarme, llevándose toda mi maldita esencia. Un leve mordisco provocó que un quejido se escapase de mis entreabiertos labios.

—Joder —bisbiseé.

Todo mi cuerpo se tensó de un momento a otro. Estaba tan preparada para correrme que ni siquiera necesité un minuto más. Mi espalda se arqueó, consiguiendo que Alexei sonriese contra mi lugar prohibido y, segundos después, se detuviese.

—Vamos —le insté al borde del orgasmo.

—No, princesa —sentenció—. Esto pienso disfrutarlo como merezco.