El legado de los Romanov 26
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Elisa

Me desperté entre jadeos, envuelta en el sudor de mis propios sueños.

La piel me ardía. Cada centímetro de mi cuerpo estaba caliente, agitado, como si hubiese estado corriendo durante horas…

o follando. Las sábanas se pegaban a mis muslos húmedos, enredándose en mi cuerpo, rozando mis pezones endurecidos por un simple roce.

Gemí. Bajo, entre dientes, aún atrapada en el eco de su voz, en la sensación de sus manos recorriendo, en la manera en la que mi cuerpo se rendía al suyo, incluso en la maldita irrealidad.

Tragué saliva, sintiendo como ni siquiera el aire era capaz de llenar mis pulmones con normalidad por culpa del placer que me había despertado. Giré sobre el colchón, apretando los muslos mientras cerraba los ojos.

Él.

Era él quien se colaba en mis sueños cada noche para volverme loca, el mismo que me lamía como si fuese el mejor manjar que hubiese probado, el que me sacaba de quicio, el que me traicionó.

Seguía ahí, esposado al sillón junto a la mesa metálica, sedado con suficiente morfina como para dormirle hasta bien entrado el día siguiente.

Lo había dejado inconsciente con una dosis justa, como para que no se despertase mientras atendía la herida como bien me había enseñado mi madre antes de que todo se fuese a la mierda.

Entre vendas, suturas improvisadas y analgésicos, me convertí en la enfermera de mi propio demonio.

Pero eso no evitó que siguiera persiguiéndome, incluso dormido.

Lo sentía en mi piel, en la manera en la que se enredaba en mis entrañas. Alexei era una jodida toxina que se infiltraba en mi sangre con cada respiración.

Metí una mano bajo la camiseta vieja que llevaba, rozando el borde de mi ombligo.

Mis dedos temblaban. Llevaba tanto tiempo huyendo que ni siquiera recordaba ni mi último orgasmo.

No debía… pero joder, no podía más. Cerré los ojos de nuevo, dejándome llevar.

Colé uno de los dedos entre mis pliegues, recorriéndome con delirio, dejando que se empapase con mi humedad.

Solo que mi mente estaba demasiado lejos de allí.

Estaba en esa cama en la que él me devoraba.

Me imaginé su boca descendiendo por mi vientre, su lengua invadiendo cada pliegue de mí con esa violencia deliciosa que me rompía y me recomponía al mismo tiempo.

Gemí de nuevo, esta vez de manera ahogada, sintiendo como rasgaba mi garganta al intentar atraparlo.

Mi otra mano se deslizó por mis pechos mientras la otra masajeaba con delirio mi abultado clítoris. Bastó un roce, un suspiro, para que mi cuerpo se arquease contra las sábanas. Todo era él. Su olor, su voz grave en mi oído, su aliento caliente en mi cuello.

—Mierda… —susurré, perdiéndome en la imagen mental de Alexei sujetándome por la garganta.

Grita mi nombre, Elisa.

Lo escuché, juro que lo hice. La fantasía era tan vívida que no me di cuenta de que no estaba sola hasta que un carraspeo me sacó de ella.

—¿Siempre suenas así cuando te tocas o es solo porque estoy cerca?

La voz me golpeó como una maldita bofetada.

Abrí los ojos de golpe, con el corazón desbocado y la respiración entrecortada. Me incorporé sobre los codos, con el pulso aún latiendo en mi sexo como un tambor, al borde del placer.

Allí estaba él. Despierto. Sentado en el butacón, con el torso inclinado hacia adelante, las muñecas esposadas. Fijé mi vista en esos malditos ojos verdes que ardían con fuego del mismísimo infierno, el mismo que me recorrió de pies a cabeza como una corriente eléctrica.

—¿Qué…? ¿Cómo?

—¿De verdad creíste que esa dosis me dejaría fuera toda la noche? —cuestionó, con la voz ronca, grave, teñida de una lujuria que se escapaba en cada una de las palabras que salían por sus labios—. No soy tan fácil de apagar, ragazza.

Tragué saliva, sintiéndome atrapada por su mirada y por esa manera que tenía de utilizar mi propio idioma para sacarme de quicio.

—¿Te ha gustado imaginar que era yo? —bisbiseó, con la perdición por ojos—. ¿Te imaginabas mi boca entre tus piernas mientras gemías como una puta hambrienta?

—Ya te gustaría —sentencié, intentando sacar una fuerza que no tenía, pero sonó débil incluso para mis oídos.

Él rio. Bajo, oscuro. La voz de un hombre que sabía que tenía el poder, incluso estando atado de manos y pies lejos de mí.

—Claro que sí, me encantaría —siseó—. Piensa que soy yo, cómo sería tenerme dentro mientras no dejas de tocarte.

Mi sexo palpitó ansioso.

Podría haberme tapado, haber huido, pero no lo hice.

Me levanté de la cama con paso seguro, envuelta en la sábana. Arrastré una silla, y la coloqué frente al sillón donde estaba esposado. Me senté, con las piernas abiertas, con la tela aún envolviéndome como una túnica blanca sobre mi piel desnuda.

Mi mirada se fijó en la suya, y pude ver cómo se prendía en llamas.

Joder.

Estaba tan obsesionada con él que incluso le ponía su cara a cualquier hombre con el que me acostase. Había llegado a decir su nombre en ocasiones, imaginaba su mirada, esos pozos esmeraldas que brillaban con esa chulería que tanto odiaba y a la que era adicta al mismo tiempo.

—No te necesito para correrme —aseguré, al mismo tiempo que deslizaba los dedos bajo la tela.

—Eso ya lo veremos —gruñó él, tirando de las esposas con fuerza—. Porque como me suelte, te juro que te follo contra esa mesa hasta que grites tanto que te olvides de odiarme.

Mi respiración se volvió errática.

Volví a colar la mano bajo la tela, impidiéndole ver el tesoro que tanto anhelaba.

Un gemido se escapó de mis labios entreabiertos cuando mi dedo índice comenzó a hacer círculos sobre mi clítoris.

No dejé de observarle, viendo cómo ardía, empapado en su propio sudor, con las venas de los brazos marcadas por la presión que ejercía contra las esposas.

La herida era casi tan visible como su erección, que palpitaba ansiosa.

Pude ver el hambre en sus ojos, cómo me devoraba.

Yo era su castigo.

Y él, mi mayor condena.

Jadeé cuando adentré uno de los dedos en mi interior y lo saqué para llevármelo a la boca, lo que provocó que él dejase ir un profundo gruñido que llenó la nave e hizo que un impulso eléctrico me recorriese.

—Suéltame —bisbiseó, perdido en su deseo.

—Ni lo sueñes.