El legado de los Romanov 25
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Alexei

Un alarido salió de mi garganta, tan crudo y visceral que me costó reconocerlo como mío.

El dolor me perforó la pierna como una lanza ardiente, irradiando desde el muslo hacia el resto del cuerpo con una violencia que me sacudió y que no recordaba haber sentido antes.

La sangre comenzó a brotar con rapidez, empapando el pantalón ya mojado, tiñéndolo de un rojo oscuro que se mezclaba con el gris del cemento.

—¡Hija de puta! —gruñí entre dientes, retorciéndome en la silla sin poder evitarlo—. ¿De verdad…? ¿De verdad te has atrevido a dispararme?

Alcé la mirada, apretando con fuerza la mandíbula, tanto que el crujir de mis muelas resonó en mi interior.

Ella me observaba, con los ojos inyectados en rabia, o de algo peor.

Aún sujetaba el arma humeante entre sus manos, tenía los labios entreabiertos y su pecho subía y bajaba con violencia.

Lo peor es que, a pesar del dolor, no pude evitar sonreír.

—Estás creciendo, querida —mascullé, ladeando el rostro con la soberbia intacta—. Me encanta ver cómo sacas las uñas. Aunque igual podrías haber apuntado un poco más arriba. A lo mejor así terminabas lo que empezaste hace años.

Ella no respondió. Solo me observaba con esa mezcla de odio y deseo que tanto le jodía, y que tanto me encantaba a mí.

No era la primera vez que me hería, pero sí la primera en la que me disparaba. Podía ver el shock en sus ojos, la manera en la que se debatía de manera interna si debía continuar lo que acababa de empezar o marcharse.

El dolor punzaba con fuerza. Sabía que la herida era profunda, pero no mortal. Al menos, no por ahora. Pero si continuaba perdiendo sangre de aquella manera, lo sería. Apreté los dientes, tratando de respirar con calma. No podía permitirme flaquear, no delante de ella.

—¿Y ahora qué, eh? —inquirí, con la voz ronca—. ¿Me dejas desangrarme como un perro o vas a hacer algo útil de una vez?

Vi cómo dudaba. La mano que sostenía la pistola temblaba. Era pura rabia, podía percibirla palpitando en sus venas, pero también estaba el miedo. Ese que le gritaba lo que éramos. Lo que seguíamos siendo a pesar de los años.

—Suéltame —le exigí, esta vez más serio y contundente—. Alguien tiene que ver esto. No voy a morir en esta puta silla por tu arrebato de niña malcriada.

No se movió ni un solo ápice, ni siquiera se tambaleó.

Permaneció con la vista fija en mí, como si en su cabeza se librase una guerra que no terminaba de ganar.

Me conocía demasiado bien, y yo a ella. No iba a rendirme con tanta facilidad, y sabía que Elisa tampoco lo haría.

Pude vislumbrar la duda en sus ojos cuando estos se fijaron en los míos.

—Mía —musité.

Me miró como si de una maldición se tratase. Y es que sabía todo lo que había conllevado adoptar ese nombre, o al menos parte de esa historia que aún cargaba sobre sus hombros e intentaba mantener oculta.

—Cállate —vociferó.

Cogí aire, conteniendo el dolor que se agolpaba en mi garganta.

—No eres una asesina. Aún no —añadí con esa sonrisa torcida que sabía que la encendía tanto como la enfurecía—. Pero si no me sueltas, lo vas a ser —aseguré, notando como el mundo comenzaba a girar a mi alrededor—. Y no creo que eso sea algo que quieras meter en tu mochilita de recuerdos de mierda.

Vi cómo sus ojos se nublaban, como la furia se mezclaba con esa duda que la paralizaba. Dio un paso hacia mí. Luego otro. Se agachó y, sin decir una palabra, comenzó a cortar las bridas con unos alicates. El plástico se rompió con un chasquido seco y mis muñecas quedaron libres.

El ardor de la libertad recorrió mis venas al mismo tiempo que el dolor me recordaba que aún tenía la pierna perforada y no dejaba de sangrar.

Me incliné hacia adelante con dificultad, e hice una mueca de disgusto al ver que la pierna no respondía bien.

El calor de la sangre ya me empapaba hasta el tobillo. Mierda.

Apreté la mandíbula cuando Elisa colocó un trapo sobre la herida.

—Necesitas un médico —dijo ella al fin, con la voz rota, cargada de rabia, pero también de un miedo irracional.

—Lo que necesito es un trago y una ducha —espeté, gruñendo mientras me aferraba a su brazo para levantarme.

Me sujetó con más fuerza de la que esperaba. Sus manos eran firmes, temblorosas, ardientes… humanas. No dijo nada mientras me ayudaba a sentarme sobre una mesa oxidada en la esquina de la nave. Me desabrochó el cinturón.

—Uf, vaya… Esto sí que no me lo esperaba —comenté jocoso—. Si vas a compensarme así siempre, puedes dispararme cuando quieras.

Esta negó con la cabeza, bajando el pantalón con rapidez, dejando a la vista mi abultada erección.

Porque sí, ni el jodido dolor era capaz de desvanecer todo lo que mi cuerpo sentía al tenerle cerca.

Pude ver cómo contenía el aliento, como dejaba de respirar.

Tragó saliva y observó la herida con un gesto de frustración.

Un maldito disparo limpio, directo al muslo.

—Casi te rozo la arteria, idiota —susurró.

—Sabes que me encanta vivir al límite —contesté, mordiéndome la lengua mientras ella presionaba con una toalla para detener la hemorragia.

Sus ojos volvieron a encontrarse con los míos.

Los tenía vidriosos, cargados de todo lo que no nos decíamos, pero que salía por cada poro de nuestra piel.

Ese maldito hilo invisible que nos ataba, que nos arrastraba una y otra vez a la misma condena.

Podía oler su perfume, sentir su respiración entrecortada chocar contra la mía, recordar el sabor de su piel en mi boca.

Todo seguía ahí, recordándome que Elisa era como una maldita droga de la que jamás podría desintoxicarme.

—Te odio —susurró ella.

Dejé ir una ligera risa, tan ahogada como ronca, que supe que le puso los pelos de punta. No me odiaba, igual que yo no lo hacía.

—Mientes —le contradije.

El silencio volvió a llenar el espacio entre ambos, tornándose denso, palpitante.

Supe que no podía dejarme vencer. No ahí.

No con ella. Si perdía el control, el cuento volvería a cambiar.

Seguía absorto en mis pensamientos cuando noté un ligero pinchazo en el otro muslo.

Cuando desvié la mirada, me encontré la mano de la Moretti sujetando una jeringa que permanecía hundida en mi piel.

Sentí el líquido recorrerme el cuerpo, como un bálsamo espeso que me adormecía los sentidos.

—Perdóname —musité, antes de que la oscuridad me arrastrara.

La última imagen que tuve fue la de sus ojos fijos en mí, y supe que estaba jodido. No por el disparo. No por la herida.

Por ella.

Siempre por ella.