El legado de los Romanov 24
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Elisa

El silencio de la nave se me antojaba demasiado pesado, denso, como si quisiera aplastarme contra el suelo de cemento.

Apenas había dormido. Me pasaba las horas caminando en círculos alrededor de él, esperando que despertara, que me mirara con esos ojos verdes que me habían perseguido incluso en mis sueños más oscuros.

Pero seguía ahí, inmóvil, con la cabeza ladeada y el pecho subiendo y bajando con lentitud.

Coloqué una silla frente a él, dispuesta a esperar, sabiendo que mis nervios no aguantarían mucho más. Había soñado tantas veces con ese momento, lo había recreado en mi mente, pero la satisfacción no era la misma que entonces.

¿Por qué me sentía tan vacía?

Estaba agotada. Llevaba tres días huyendo, perdida, sin saber quién cojones me había vuelto a delatar. Años de vivir escondida, de no saber nada de mi familia salvo por Theo y Luca. Ni siquiera ellos sabían qué hacer para frenar a La Mort.

—Maldito ruso… —mascullé entre dientes.

Lo observé con detenimiento, la manera en la que descansaba con una paz que estaba segura de que no sentía. Una parte de mí quiso acariciarle, besar sus labios suaves, los mismos que me habían llevado al borde de la locura tiempo atrás.

Me levanté con parsimonia, con esa paz que llevaba sin sentir en toda mi vida.

Joder… Alexei parecía un dios dormido, uno cincelado en mármol, perfecto, hermoso y al mismo tiempo traicionero como una maldita serpiente.

Me acerqué a él lo suficiente como para permitir que mis dedos recorriesen su boca, deslizándose sobre ella, y por un momento me sentí sucia.

Acerqué mi rostro al suyo, y pude notar como su suave respiración chocaba contra la mía.

El corazón se me aceleró, tanto que creí que su repiqueteo lo despertaría.

Hijo de puta…

Durante un instante sentí sus labios contra los míos, firmes, sedosos, dispuestos… Casi sentí cómo me besaban, o tal vez solo fuese mi subconsciente jugándome una mala pasada.

Apreté la mandíbula, dando un paso atrás.

Cogí un cubo, llenándolo de agua y, sin pensarlo demasiado, lo lancé de golpe contra su cuerpo.

El líquido frío le empapó por completo, calando el traje oscuro que llevaba puesto, pegándolo a sus músculos como una segunda piel.

Alexei parpadeó, entrecerrando los ojos, mientras un mechón de cabello mojado se deslizaba por su frente.

—¿Sabes lo que cuesta un traje como este? —siseó con la voz ronca, profunda, como si lo hubiera despertado de una siesta y no de una jodida inconsciencia.

Mi sexo ardió, y lo odié aún más.

—¿Y tú lo que valen años de traumas en un psicólogo? —le insté.

Apreté los dientes y, antes de que pudiese responder, mi mano se estrelló contra su rostro.

El eco del bofetón resonó por la nave, más fuerte de lo que me hubiese imaginado.

Este ladeó la cabeza con calma, dejando que el golpe enrojeciera su mejilla.

Una sonrisa chulesca, torcida, malditamente ladina, se dibujó en sus labios.

—Vaya… La cosa se pone interesante.

Mi respiración se volvió irregular. El corazón me galopaba en el pecho como si quisiera escapar, pero no era miedo lo que me recorría.

Era otra cosa. Algo que no quería admitir.

Porque quería matarlo, arrancarle la piel a tiras por todo lo que me había hecho y, al mismo tiempo, mi cuerpo me pedía otra cosa.

Besarlo. Perderme en él. Deshacerme en esas manos que tanto me habían marcado.

—Cállate —escupí, dando un paso hacia él.

Alexei se inclinó hacia adelante lo poco que le permitían las bridas que lo mantenían atado a la silla. Su mirada me atravesó como un cuchillo, pero más lo hizo esa mueca chulesca que se esbozó en su rostro.

—¿O qué, Moretti? —preguntó con calma, como si él fuese quien tuviese el control.

—Voy a hacerte pagar todo lo que has hecho, puto Romanov.

Una sonora carcajada salió de su interior, inundando toda la nave, crispándome los pelos y provocando que todo mi ser le odiase.

Lo golpeé de nuevo, esta vez con el puño cerrado, contra su mandíbula. Un golpe duro, certero, de esos que te dejan sin respiración. Él volvió a reír. Un gruñido gutural salió de su interior, como si en lugar de dolerle, le excitara.

—¿Es lo único que tienes? —replicó, provocándome aún más.

Lo odiaba. Lo odiaba por esa maldita soberbia, por esa chulería que no se despegaba de él ni estando empapado, atado y con el labio partido. Y lo odiaba aún más porque una parte de mí lo deseaba por eso mismo.

Volví a golpearle, esta vez clocándome el puño americano entre los dedos, dispuesta a joderle esa maldita cara de ángel que tenía.

—Dime quién te pagó —exigí.

Al ver que ni siquiera reaccionaba, desenfundé la pistola que llevaba en la parte trasera del pantalón, y le apunté al pecho, sobre el corazón. Mi respiración se volvió irregular, tanto que creí que en cualquier momento perdería el conocimiento.

—No eres tan buena interrogadora como crees.

Mi dedo tembló sobre el gatillo. Tenía ganas de dispararle, de acabar con todos esos demonios que una vez me martirizaron. Porque al mismo tiempo, lo que más deseaba era cerrar esa maldita boca suya con mis labios.

Me odié por ello.

Lo odié a él.

Al temblor de mis manos y a la humedad que ardía entre mis piernas.

Me incliné hacia él, tan cerca que nuestras respiraciones se mezclaron, que pude sentir su calor, la línea entre el odio y el deseo se volvió invisible.

—Hazlo —me retó—. Dispara —añadió—. Porque en cuanto me suelte, pienso follarte como hace años que no te lo hacen. Vas a gritar mi nombre tan fuerte que hasta tu querido hermanito te escuchará.

El mundo se detuvo. Y yo, atrapada entre el filo de mi venganza y el abismo de mi deseo, no supe si matarlo o perderme para siempre en él.

—¡Vamos! —vociferó.

Coloqué el cañón sobre su pierna y apreté el gatillo.

—Jódete, Romanov.