El legado de los Romanov 23
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Elisa

Podía percibir cómo mi corazón latía con rapidez, tanta que una parte de mí creía que iba a perder el conocimiento de un momento a otro. Cabeceé, apartando de mi cabeza ese pensamiento. No había lugar para la duda, y mucho menos para la compasión. No cuando él no la había tenido conmigo.

Apreté con fuerza el mango de la Glock. Tomé aire, porque una parte de mí creía que contraatacaría en cualquier momento, mientras otra deseaba que no lo hiciera.

Todo pasó muy rápido, tanto que apenas fui consciente de la velocidad con la que se movían mis manos. El pie de Alexei se arrastró por el suelo unos milímetros, los suficientes como para que el subidón de adrenalina fuese a más.

El golpe sonó hueco, seco, contra su cabeza.

El cañón de mi pistola había impactado justo contra su sien en el momento en el que se giraba hacia mí, provocando que se desplomase en medio del callejón como un peso muerto. Su cuerpo cayó contra el suelo húmedo, y el eco metálico de la pistola acompañó el golpe de su cráneo contra el asfalto.

Durante unos segundos maldije en silencio.

—Voy a hacer que pagues por todo lo que me has hecho —musité, como si pudiese oírme a pesar de que sabía que no era así.

Me quedé allí, respirando agitada, con el pulso desbocado. Lo había hecho.

Por primera vez en mucho tiempo, yo tenía el control.

Las piernas me cimbreaban, tanto casi como lo hacía mi corazón, que latía ensordecedor dentro de mi pecho como si no fuese capaz de procesar todo lo que estaba ocurriendo en los últimos tres días.

Por un instante creí que me desmayaba.

Un fuerte pitido atravesó mi cabeza, provocando que tuviese que hacerme presión sobre las sienes, intentando aliviarlo.

Tenía que mantenerme fuerte, había sido capaz de escapar, de tenderle una trampa al pequeño de los Romanov, ¿y ahora iba a permitir que la tensión arruinase todo el trabajo? No, no estaba dispuesta a ello.

Apreté la mandíbula, luchando contra esa parte de mí que quería inclinarse de inmediato para comprobar si seguía respirando.

Pero no lo hice. Me pasé una mano por el cabello, recolocándolo tras mi oreja, apartándolo de mi rostro.

Estaba vivo, claro que lo estaba. El bastardo era demasiado duro para caer con tan poco.

Aun así, me permití el lujo de observarlo: su pecho se alzaba con lentitud, su mandíbula seguía apretada incluso inconsciente, y ese maldito gesto de soberbia seguía pintado en su rostro como si ni siquiera el derribo pudiese quitárselo.

—Hijo de puta… —susurré, sintiendo como todo mi cuerpo seguía reaccionando a su presencia.

Guardé el arma en la funda que llevaba sujeta al muslo.

Me agaché a su lado, y por unos segundos me permití el lujo de recorrer su hermoso rostro con la punta de mis dedos.

Una extraña sensación me atravesó cuando mi piel tocó la suya, cuando uno de sus mechones se arremolinó cerca de su sien y pude ver la zona enrojecida en la que había impactado la culata.

Seguía siendo guapo a rabiar, tanto que dolía. Ese maldito Romanov iba a ser mi ruina, y lo sabía desde el momento en el que le conocí.

Tonta de mí… Creyendo que era un hombre cualquiera y resultó ser el lobo.

Rebusqué por todo su cuerpo, dando con un teléfono móvil que lancé a los contenedores que había un poco más allá, una cajetilla metálica donde guardaba los cigarrillos y, cómo no, mi cadena de plata.

Me la puse de inmediato, dejando que ocupase el lugar que le pertenecía, y es que estar sin ella era sentirme desnuda, perdida.

Tomé aire y pasé mis brazos bajo los suyos y lo arrastré con esfuerzo.

El callejón estaba vacío, la oscuridad me protegía, pero aun así, cada segundo que pasaba cerca de él era una condena.

No podía permitir que nadie nos viese. Me di toda la prisa que pude, hasta que logré llevarlo hasta el coche que había robado dos noches atrás.

Lo lancé contra el asiento trasero con un gruñido ahogado que me rasgó la garganta y cerré la puerta de golpe.

La nave industrial donde me alojaba quedaba lejos del centro, alejada de todo lo que podía significar civilización. Un lugar frío, húmedo, pero perfecto para esconderme del mundo y, ahora, para encadenar a mis demonios.

Y Alexei Romanov era el peor de todos.

Al llegar, lo até a una de las sillas metálicas en el centro de la nave, con las manos sujetas con bridas tras el respaldo. El plástico se clavaba en sus muñecas, sin dejarle margen de maniobra. La cabeza le caía hacia un lado, permitiendo que un mechón rebelde de su cabello le cruzase la frente.

Joder, hasta inconsciente parecía un maldito dios intocable.

Me odié por pensarlo. Pero no solo por eso.

El nudo en mi garganta ardió. No sabía si besarle o arrancarle la piel a tiras.

La nave estaba en silencio, salvo por el goteo intermitente de una tubería rota y el zumbido lejano de algún transformador eléctrico.

La rabia seguía ahí, en mi pecho, pesada.

Quería despertarlo y gritarle a la cara todo lo que me había arrebatado, todo lo que me había hecho.

Quería que escuchase cada palabra, que supiese que le odiaba, que lo deseaba y que lo iba a destrozar sin miramientos.

Caminé alrededor de él como una fiera enjaulada, mascullando en silencio.

Había soñado tantas veces con este momento…

con verle reducido, vulnerable, a mi merced.

Y aun así, tenerlo allí, inmóvil, me provocaba una sensación distinta, algo que no lograba comprender.

Una mezcla enfermiza entre satisfacción y atracción.

Porque sí… Lo odiaba. Quería que pagase. Pero mi piel aún recordaba lo que había sentido bajo sus manos, mis labios recordaban el fuego de los suyos, y mi cuerpo seguía temblando a cada segundo que pasaba acerca de él, recordando cada uno de nuestros encuentros.

Me acerqué un poco más, tanto que el aroma de su colonia mezclado con el humo que siempre le acompañaba me embriagó, nublando mis sentidos.

Acerqué mi mano a su rostro, rozando apenas la línea de su mandíbula.

Su piel estaba caliente, suave, ligeramente tostada por el sol.

Pero entonces, retiré la mano de golpe, como si me hubiese quemado.

—No —me susurré a mí misma—. Otra vez no.

Me aparté, tomando distancia. Observando al hombre con el que me había obsesionado desde el momento en el que le conocí. Crucé los brazos por encima de mi pecho, percibiendo como ahora mi corazón latía con tranquilidad, al menos, toda la posible para un momento como aquel.

Fijé la mirada en él, como si fuese un trofeo y una amenaza al mismo tiempo.

Lo había atrapado. El depredador se había convertido en presa.

Y ahora era mi turno de jugar.