El legado de los Romanov 22
51%

22

Alexei

El pasillo del segundo piso estaba desierto, demasiado silencioso para un hotel de esa categoría. Las horas no acompañaban, pero me resultaba extraño no escuchar ni siquiera un jodido ronquido. Cada paso que daba hacía crujir la madera bajo mis botas, como si quisiera delatarme.

Al llegar a la puerta indicada, me detuve al instante, repasando en mi mente el plano de la planta que había visto en el plan de emergencia que había al subir las escaleras.

Dos salidas: la escalera por la que había subido y un acceso lateral hacia el pasillo del servicio.

Demasiadas opciones de escape para una sola persona.

Contuve el aliento y, por un instante, sentí el cimbreo de mis manos a punto de tirar del pomo. ¿Qué me ocurría? Apreté la mandíbula. Pasé la tarjeta universal que había configurado Andrei, y la puerta se abrió sin más.

Entré con el arma por delante, cerrando a mi espalda, en silencio.

La habitación estaba impecable, no había nada fuera de lugar, como si nadie hubiese estado allí. La cama tendida, las cortinas corridas, ni un solo objeto tocado. Me moví despacio, registrando con la vista cada rincón.

A cada paso que daba, más me cercioraba de que allí no había nadie. El baño estaba seco, sin toallas usadas, ni un maldito bote de champú fuera de sitio. Abrí el armario de la habitación: vacío. Me agaché a revisar bajo la cama: nada.

Maldije entre dientes, porque allí no había nadie ni lo había estado. ¿Y si Elisa había pagado a la recepcionista para que diese información? Arrugué el entrecejo, a sabiendas de que podía ser una opción totalmente loable.

Me pasé una mano por la cabeza a la vez que sacaba la cajetilla de cigarros del bolsillo trasero de mi pantalón, y me llevaba uno a la boca para encenderlo. Siempre había sido escurridiza, solo había que tener en cuenta su maldito pasado y cómo nos habíamos conocido.

Estaba seguro de que esta vez no sería distinto.

Le di una larga calada al cigarro y marqué a Dominik. Necesitaba más información, algo que me dijese si aquello era una maldita trampa o si de verdad Elisa había estado allí dentro.

—Dime que tienes algo —le ordené, aunque una parte de mí lo sintió más como una súplica.

—La reserva es real, Alexei —confirmó, sin vacilar—.

Mía Bianchi. Segunda planta. Habitación doscientos quince.

Estoy enviándote ahora mismo una imagen que he podido recuperar —me informó—.

Alguien está interfiriendo en ellas, y… —Antes de que pudiese acabar de hablar, la voz comenzó a tornarse robótica hasta que desapareció.

El pitido de mi móvil me hizo bajar la mirada. Abrí la foto.

Joder.

Ahí estaba.

Era ella, solo que estaba… cambiada.

Elisa, con ese cabello negro cayéndole en cascada sobre los hombros, entrando por la puerta principal del hotel.

Llevaba un vestido que delineaba cada una de sus curvas, mostrando más de lo que la imaginación podía inventar.

Ese maldito cuerpo que me había mantenido adicto, con el que me había tocado noche tras noche, con el que no dejaba de soñar.

Tragué saliva, sintiendo como mi miembro se endurecía solo de imaginarla en todas y cada una de las posturas en las que la había puesto y la pondría.

El sonido del teléfono me sacó del bucle de pensamientos pecaminosos en el que estaba adentrándome.

—¿Lo ves? —Oí como preguntaba Dominik.

—Sí —sentencié—. Es ella.

—Entonces no entiendo… ¿qué coño pasa?

—Qué aquí no hay ni Dios. Y pienso descubrir qué esconde.

Colgué sin dar más explicaciones. Guardé el móvil en el bolsillo y recorrí la habitación una vez más.

Achiqué los ojos, percatándome de un vaso que estaba fuera de sitio, y entonces, lo vi. Algo brillaba bajo este.

Me acerqué y lo tomé con cuidado.

Un collar.

Una cadena fina de plata, y de ella, la moneda antigua que Elisa nunca se quitaba, la misma con la que había estado jugueteando Luca antes de que me salvase de sus garras.

Sentí que la sangre me hervía.

—Maldita sea… —murmuré, cerrando el puño en torno al colgante.

Era suyo. No había duda. Había estado aquí, y lo había dejado a propósito. Una provocación. Una puta firma.

Me dejé caer en la butaca junto a la ventana, apreté los dientes y esperé.

Los minutos se hicieron horas, mirando las luces de la ciudad, buscando un movimiento que nunca llegó. Nada. Ni un rastro.

Al final, me puse en pie, guardé el collar en el bolsillo interior de la chaqueta y salí. La habitación estaba demasiado limpia, demasiado muerta. Si quería respuestas, tendría que atraparla antes de que se diese cuenta de que la había localizado.

Sabía que algo no estaba yendo como debería o, al menos, no como esperaba. Todo estaba siendo tan extraño que no lograba comprender qué era lo que no cuadraba en aquella ecuación.

Un fuerte olor a gas llenó mis fosas nasales.

Me tapé de inmediato, intentando alejarme de la posible entrada: los radiadores.

De un momento a otro, comencé a sentirme mareado.

Me dirigí hacia la salida, percibiendo como mi cuerpo cada vez se me antojaba más pesado, como si no fuese capaz de levantar un pie sin que me pesase como un yunque.

Apoyé una de las manos sobre la pared junto a la puerta, y cuando tiré del picaporte, el tiempo pareció detenerse.

No se abría.

Contuve el aliento, cerré los ojos con fuerza, intentando pensar con la poquita claridad que me permitía mi cerebro adormecido. O salía de allí en cuestión de segundos, o acabaría tirado en el suelo de aquella habitación.

Marqué el número de Andrei, quien me atendió al segundo.

—Sácame de aquí.

—¿Dónde estás? —cuestionó.

—Rastrea el puto teléfono, Andrei, ¿qué cojones quieres que te diga?

Escuché como no dejaba de teclear al otro lado mientras yo solo intentaba mantenerme lo más sereno posible.

—Vamos —siseé.

—Dos minutos.

—No tengo tanto tiempo… —musité, notándome cada vez más débil.

—Aguanta —me pidió.

La cabeza comenzaba a darme vueltas, las piernas me cimbreaban, y apenas podía tirar del mango mientras aún me apoyaba contra la pared.

—Andrei… —bisbiseé.

—Luz verde.

Escuché el clic de la puerta. Era una puta trampa. Me había metido en la boca del lobo, como Elisa quería.

—Gracias, hermano —conseguí decir.

—Sal sano y salvo.

—Lo intentaré.

Me pasé una mano por el rostro, intentando aclararme, aunque fuese lo suficiente como para hacer lo que Andrei me había pedido.

Bajé a trompicones por las escaleras, chocando contra sus paredes. Lo hice tan rápido como pude, llegando a la recepción, pero la mujer que horas atrás me había indicado la habitación de Elisa ya no estaba.

—Hija de puta… —mascullé enrabietado.

Salí casi de un salto, en el momento exacto en el que el maldito edificio volaba por los aires. Cerré los ojos, corrí hacia el callejón que había en la acera de enfrente, huyendo de cualquier mirada acusatoria.

Y entonces, lo sentí.

El frío del cañón de un arma presionando contra mi espalda.

El clic metálico del seguro liberándose.

Permanecí quieto, sonriendo con una calma que no sentía.

El olor a humedad desapareció, dejando paso al aroma más sensual que hubiese podido aspirar.

El juego había cambiado.