El legado de los Romanov 21
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Alexei

Desperté en la cama sobresaltado, con el corazón en un puño, a punto de estallarme.

Podía escuchar sus gritos, la manera en la que forcejeaba para que la liberasen.

La había drogado para que no recordase nada, ni siquiera los días anteriores, pero aun así sabía que iba a tener que lidiar con mis propios demonios, esos que no me permitirían vivir con tranquilidad hasta que diese con ella.

Llevaba demasiados años soñando con Elisa, con esa sonrisa que una vez me deslumbró, con esa mirada que era capaz de atravesarme el alma sin siquiera tener que esforzarse.

¿Cuánto costaba una traición? ¿Por qué era tan barato sentenciar a alguien?

Una sola llamada, un encuentro furtivo, un beso… Todo estaba relacionado.

Me levanté a lavarme la cara y, de paso, me serví una copa de whisky.

No recordaba cuántas botellas me había bebido en los últimos meses, presa de mis propios fantasmas.

Durante años, creí que aquello había terminado, ni siquiera me había preocupado por buscarla, y mucho menos por desear encontrarla.

Mi vida había seguido igual que creí que lo haría la suya, pero en ese momento me estaba dando cuenta de que todo había cambiado, que tal vez estuviese metida en algo aún más grande que no lograba comprender.

Bebí el líquido ambarino de un solo trago, sirviéndome el siguiente, y encendiendo un cigarrillo que me llevé directo a la boca.

Había dejado de fumar mucho tiempo atrás, decidido a huir del camino familiar, el mismo que sabía que acabaría matándome.

Pero allí, en ese preciso instante, no había lugar para la calma, sino para la puta ansiedad que me carcomía como lo hacían los gusanos con la carne podrida.

El teléfono vibró sobre el mármol negro de la cocina, interrumpiendo el silencio cargado de humo y whisky que me rodeaba. Lo cogí sin prisa, como si no me importara, pero la voz al otro lado consiguió que mis músculos se tensaran al instante.

—Alexei —La voz de Dominik sonaba ronca, más grave de lo normal—. Tengo algo.

Me serví otro trago, permitiendo que bajase por mi garganta, ardiendo, como si eso pudiese aliviar el nudo que se me había instaurado en ella.

—Habla.

—Ha aparecido una reserva a nombre de Mía Bianchi —me informó—. ¿Te suena?

Arrugué el entrecejo. Mía.

—¿Dónde?

—Hotel Mirabeau.

El hielo del vaso crujió en mis manos.

Mía Bianchi. Un apellido italiano demasiado conveniente, demasiado bien colocado. Podía ser cualquiera, pero no lo era. Lo sabía.

Solo una persona podía alojarse en ese hotel con un nombre tan bien construido.

Era ella.

—¿Estás seguro? —pregunté, aunque ya conocía la respuesta.

—Sí —sentenció sin un ápice de duda—. El registro está limpio, pagado en efectivo. Sin equipaje ni acompañantes. Una sola persona.

Me quedé en silencio unos segundos, dejando que la información calara en mis huesos, obligándome a respirar despacio para no dejarme arrastrar por la furia que comenzaba a hervirme en las venas.

—Búscame cualquier imagen de la cámara de seguridad —le ordené.

—Ahora veo qué puedo hacer.

—Mándamelo al correo, lo veré de camino —le informé.

—¿Vas a ir?

Le di una larga calada, llevándome conmigo todo el humo, permitiendo que llenase mis pulmones de algo que no fuese aire. Claro que lo haría, y si era necesario, la arrastraría conmigo de vuelta a Moscú. No permitiría que los putos italianos volviesen a entrometerse en los negocios de mi familia.

—Obviamente.

Colgué antes de que pudiera replicar.

No podía ser casualidad. No después de todo lo que había pasado.

No después de las noches en vela, de la fotografía que me habían enviado con su verdadero nombre, de las piezas encajando en un tablero que yo no había elegido.

Elisa, Mía, Moretti o Bianchi… daba igual qué nombre usara, porque la verdad era simple: su presencia me había jodido la maldita vida desde el momento en el que la conocí en aquel club.

Astoria. Recordaba su nombre, y cientos de veces fui, desenado encontrarme con ella fruto del destino, pero lo que no sabía era que el universo tenía otros planes para ambos.

Cogí la glock del cajón, comprobé el cargador y me enfundé la chaqueta. No iba a dejar que se me escapara de nuevo. Mucho menos cuando se suponía que alguien la tenía retenida y se me culpaba a mí por ello.

Conduje tres horas a toda velocidad, plantándome en la ciudad a las cuatro de la madrugada.

El hotel seguía igual que años atrás. Fachada blanca, balcones de hierro forjado y un aire decadente disfrazado de elegancia.

Allí había pasado noches enteras, cerrando tratos con italianos que se creían más listos de lo que eran.

Con ella, disfrutando de cada rincón de su cuerpo.

Y ahora… ahora era el escenario donde todo volvía a empezar.

Aparqué frente a la entrada y bajé del coche, con las manos en los bolsillos y el arma lista para lo que hiciera falta. El aire estaba impregnado del olor a lluvia reciente, a gasolina y a algo dulce que no supe descifrar.

El móvil vibró dentro de mi bolsillo. Un mensaje.

Dejas huellas demasiado profundas, Romanov.

Luca.

El cabrón sabía que estaba aquí.

Dejé ir una carcajada seca, borrando el mensaje sin siquiera contestar. Que me siguiera, que vigilara cada paso. Me importaba una mierda. Lo único que conseguiría sería encontrarme follando con su hermana. Porque sí, no iba a frenar el maldito instinto que no dejaba de gritarme que lo hiciese.

Caminé directo al mostrador. La recepcionista, una mujer mayor con gafas, me dedicó una sonrisa cansada, como si las horas ya le pesaran.

—Buenas noches, ¿puedo ayudarle en algo?

Le correspondí con la mejor de mis muecas. Era mejor hacer aquello por las buenas antes de que se presentase la policía, así que decidí ser lo más agradable posible.

—Estoy buscando a una vieja amiga, me ha dicho que se hospeda aquí —comenté.

—¿De quién se trata?

—Mía Bianchi —respondí, al mismo tiempo que fijaba la vista en ella.

Esta se recolocó las gafas para mirarme.

—Puedo avisarla para que baje.

—De eso nada —la contradije, sacando un fajo de billetes de cien euros y dejándolo sobre el mostrador.

Sus ojos se encendieron un segundo antes de que lo guardara en el bolsillo de su chaqueta.

—Habitación doscientos quince —espetó con rapidez—. Segundo piso, al fondo del pasillo.

Asentí y tomé las escaleras. Sintiendo como a cada paso estaba más cerca de la libertad, o tal vez fuese de mi condena. Pero estaba dispuesto a averiguar qué me esperaba al otro lado de esa habitación.