20
Alexei
Dominik me había enviado algo de información sobre el tal Michele Rinaldi, el mismo del que me había advertido mi propio hermano.
Nikolai no era de los que hablaban por que sí, no le temía a nada, pero por alguna razón, sí había decidido alertarme sobre Rinaldi.
No existía demasiada información sobre él, pero lo que sí había podido encontrar era parte de la historia de su familia.
Pertenecía al clan de los Rinaldi, uno de los más prestigiosos de todo el país, su abuelo había sido el hombre de confianza del príncipe de Mónaco, aunque lo cierto era que Michele no había llegado a ganarse ese lugar.
Tenía dos hijos.
Luciano era la vergüenza de la familia, al menos de puertas para fuera.
La mayoría de los informes coincidían en lo mismo. Problemas de drogas, peleas constantes, deudas y una preocupante facilidad para desaparecer durante semanas enteras sin dar explicaciones a nadie.
Demasiado desastre para pertenecer a una familia como esa.
Alessandro, por el contrario, era discreto, era todo lo que cabría esperar del heredero de un imperio.
Discreto, inteligente y metódico. Había asumido el control de los negocios familiares hacía años, y según Dominik, era el verdadero motivo por el que los Rinaldi seguían siendo una de las familias más respetadas del país.
Dos hermanos.
Dos caras completamente distintas de una misma moneda, y entre ambos, Michele.
El hombre al que estaba a punto de conocer.
Miré el reloj por enésima vez, eran las doce en punto.
Dejé caer el cigarrillo al suelo, y lo aplasté con la punta del zapato antes de dirigirme hacia la enorme nave que presidía aquella parte del puerto.
Las puertas metálicas permanecían abiertas, demasiado, y eso no me gustó.
Deslicé una mano bajo la chaqueta, comprobando que la pistola seguía donde debía estar.
Después avancé.
El interior estaba casi vacío. El eco de mis pasos resonaba sobre el cemento desnudo mientras observaba cada rincón.
Contenedores, grúas, sombras… Nada más.
O eso pensé.
Hasta que lo vi.
Un hombre esperaba al fondo de la nave sentado en una silla de ruedas acompañado por un asistente.
Parecía inmóvil, con las manos descansando sobre los reposabrazos y la espalda recta. Debía rondar los setenta años, tal vez más. Tenía el cabello blanco, el cual había peinado hacia atrás, y vestía un traje oscuro que parecía confeccionado a medida.
A simple vista resultaba imposible asociarlo con las advertencias que había recibido de Nikolai.
Parecía frágil, demasiado, pero los ojos… Los ojos contaban una historia muy distinta. Eran fríos, calculadores, incluso peligroso.
Comprendí al instante por qué mi hermano me había avisado sobre él.
Algunos hombres envejecían, otros simplemente aprendían esconder mejor los dientes.
—Alexei Romanov —saludó con tranquilidad—. Pensaba que los rumores sobre vuestra familia exageraban.
Me detuve a varios metros de distancia.
—Y yo pensaba que encontraría a Michele Rinaldi de pie.
Una leve sonrisa apareció en sus labios.
—Hace años que dejé de necesitar levantarme para que la gente me tome en serio —apuntó.
No pude evitar concederle aquel punto. El anciano señaló una silla situada frente a él.
—Siéntate.
No me moví.
—Prefiero no hacerlo.
—Desconfiado —musitó—. Bien. Eso significa que aún no eres idiota.
Durante unos segundos permanecimos en silencio, observándonos, midiéndonos y evaluándonos. Como dos depredadores intentando ver hasta donde podía llegar el otro.
—Mis hijos me han hablado de ti —comentó al final.
No respondí.
—También me han hablado de una mujer.
Sentí cómo todos los músculos de mi cuerpo se tensaban.
—¿Qué mujer?
—Una joven que lleva semanas moviéndose sola por distintos puntos de la costa —continuó como si nada—. Paga en efectivo, nunca utiliza tarjetas y mucho menos muestra su nombre real.
El pulso se me aceleró, volviéndose ensordecedor.
—Sigue.
—Lo interesante no es eso —añadió—. Lo interesante es que algunos de esos billetes estaban marcados.
La mandíbula se me tensó.
Moretti.
Era ella.
—Mis hombres reconocieron las marcas.
Antes de que terminase la frase, sabía que se trataba de ella. Elisa estaba allí y aunque intentaba no ser vista, había quien ya la tenía semi localizada.
—Voy a darte un consejo, Romanov —dijo con la voz más endurecida.
—No lo necesito.
—Oh, claro que sí —me corrigió—. No metas las narices en mis asuntos.
No usó un tono amenazante, sino frío, y precisamente por eso sonó mucho peor.
—No busco problemas con los Rinaldi —respondí.
—Todos los hombres dicen eso antes de provocarlos.
Esbocé una sonrisa ladina y dejé ir un chasquido de lengua.
—Entonces déjame decírtelo de otra manera —me incliné hacia adelante—. Te sale mucho más a cuenta tenerme como amigo que como enemigo.
El brillo en sus ojos se intensificó.
—¿Es una amenaza?
Una risotada salió de lo más profundo de mi garganta, al mismo tiempo que negaba con la cabeza con tranquilidad.
Mantuve la mirada fija en la suya.
—Solo una advertencia.