19
Alexei
El silencio en el apartamento era atronador, era distinto al de siempre. Era más pesado, como si hasta las paredes supieran que estaba a punto de tomar una decisión que no tenía vuelta atrás.
—Será mejor que me marche —comentó.
—Sí.
Nikolai se puso en pie, pasando junto a mí e ignorándome por completo, sin siquiera mirarme. Contuve el aliento. Estaba mosqueado o, mejor dicho, dolido. Decepcionado. ¿Cómo demonios iba a olvidarme de lo que habían hecho?
—Alexei —me llamó justo cuando su mano estaba agarrando ya el picaporte de la entrada.
Dejé ir un leve sonido, instándole a que hablase, a pesar de que sabía que lo haría de todas formas.
Él no era de la clase de personas que agachaban la cabeza, ni de las que pedían permiso, tal vez por eso siempre había estado predestinado a ser el líder de nuestro clan, el mayor heredero de nuestro padre.
—Intenta no perderte en el camino, hermanito —me pidió.
Alcé la vista, encontrándome con la suya y, por primera vez en mucho tiempo, pude encontrar a ese Nikolai que siempre me había protegido. Eso hizo que mi corazón se partiese un poco más, porque a pesar de todo, él seguía ahí, en lo más profundo de su corazón.
—Creo que ya es demasiado tarde.
Este hizo una mueca de tristeza, porque sabía tan bien como yo que en el instante en el que cruzase la línea, todo se convertiría, de nuevo, en un pozo oscuro, uno del que me había costado mucho salir y al que no deseaba volver.
—Entonces, llámame cuando necesites ayuda —añadió—, no como pakhan, sino como hermano.
Asentí quedo, a sabiendas de que eso jamás ocurriría. No cuando la última vez había hablado con Viktor y me había traicionado de aquella forma.
Al entrar en el despacho, me senté en la silla, era como si todo mi cuerpo pesase el triple.
Estaba tan sumamente cansado que apenas podía pensar con claridad, pero necesitaba avanzar.
El tiempo iba en nuestra contra, en la mía, y si no me daba prisa, todo aquello acabaría de la peor manera posible.
¿Y si había alguna forma de arreglarlo todo sin tener que ponerme en riesgo?
La pantalla del ordenador se iluminó en la penumbra, devolviéndome a la realidad.
El software de rastreo continuaba activo.
Andrei lo había dejado listo semanas atrás: acceso ilimitado a cámaras de vigilancia, bases de datos y registros portuarios.
Era discreto, casi indetectable, activándose solo cuando detectaba patrones anómalos.
Una joya tecnológica robada de las grandes compañías de seguridad, y un recordatorio constante de que no podía confiar en nadie, ni siquiera en mi instinto.
Abrí la carpeta donde guardaba todo sobre Elisa.
No era un archivo, era un jodido altar. Un mosaico de fotos robadas, fragmentos de conversaciones, correos electrónicos, capturas de pantalla.
Horas y horas de mi vida consumidas en seguir su sombra.
El cursor se movía sin rumbo, pasando por imágenes que conocía de memoria: Elisa entrando en un restaurante de Génova, hablando por el teléfono en el puerto de Marsella, caminando bajo la lluvia en una calle sin nombre.
Todas escenas congeladas que no me decían nada nuevo.
Pero entonces, lo vi.
Un documento que había pasado por mis manos meses atrás. Un recibo de un hotel firmado con un nombre falso que no me sonaba de nada en aquel momento. Lo había descartado por irrelevante, pero ahora… La tinta parecía gritarme otra historia.
El sello del hotel Mirabeau.
Mónaco.
Me quedé inmóvil. No parpadeé. Ni siquiera respiré durante unos segundos. No podía permitirme errores, pero algo en mi interior me decía que aquel papel era una llave. Una pista que llevaba demasiado tiempo ignorando.
Pasé los dedos por la pantalla, como si al tocarla pudiera atravesar el vidrio y obtener respuestas.
Mía o, mejor dicho, Elisa, se había convertido en mi jodida obsesión. No solo la buscaba por la deuda con los Moretti. No era tan simple.
Me había enganchado a ella, a su forma de ser, creyendo que podría tener una vida distinta a su lado.
Pensé que podría escapar de mi linaje, de todo lo que envolvía a los Romanov, pero si algo había aprendido era que el universo era muy caprichoso, y una vez te ponía en tu camino, no permitía que salieras de él.
Mi vida iba a estar siempre sumida bajo una oscuridad permanente, esa que me recordaba de quién era hijo y a qué familia pertenecía.
Porque al final, mi alma era de los Romanov, igual que lo había sido la de mi padre, la de mi abuelo y todos sus antecesores, si no, no se habrían convertido en los líderes más temidos de todo el país.
Bebí un sorbo de whisky, sintiendo cómo abrasaba mi garganta. Me puse en pie, caminando de un lado a otro de la habitación, barruntando. Repasando cada jodido momento en el que había estado con ella, y… joder si los recordaba.
Mi mente iba a mil por hora, y las preguntas sin respuesta giraban en mi cabeza, una tras otra, sin dejarme respirar:
¿Por qué desaparecer así?
¿Por qué borrar todo rastro?
¿Por qué arrastrarme a esta guerra?
¿Y por qué todavía me dolía pensar en ella?
¡Joder!
Elisa no era una víctima. Ni una damisela en apuros. Era peligrosa. Un veneno envuelto en seda. Y aun así… no podía dejarla en manos de nadie más.
Suspiré y me dejé caer en el sofá. La cuidad se extendía frente a mí, iluminada y sucia al mismo tiempo, como una joya cubierta de barro. Desde aquí podía ver parte del puerto, ese que guardaba más secretos de los que cualquier policía podría llegar a imaginar.
Había recibido la alerta apenas unas horas antes: hombres de Luca, dos en concreto, habían sido vistos en el distrito viejo. Me seguían. Como perros hambrientos con el olor de mi sangre en el hocico.
Pero no me importaba.
Porque si liberar a Elisa significaba volver a hundirme en el infierno, entonces que así fuera.
Cerré el portátil, me serví otra copa y apoyé la cabeza contra el respaldo. No sabía si en Mónaco iba a encontrarla… o si ella me encontraría a mí primero.