El legado de los Romanov 18
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Alexei

Joder.

Cerré os ojos con fuerza, deseando que no fuese más que una alucinación. Mi cabeza seguía en el despacho de Le Spectre, masticando cada palabra, cada gesto, cada jodida pausa que me había dejado con más preguntas que respuestas.

Cogí aire y lo dejé ir con tranquilidad por la nariz, intentando calmar el cabreo que llevaba dentro y que ya comenzaba a bullir en mis venas.

—¿Qué cojones haces aquí? —inquirí.

—Has tardado mucho, ¿lo sabes? —dijo una voz grave, desde la penumbra.

Giré la cabeza y lo vi. Sentado en el sillón junto a la ventana, con las piernas cruzadas y la calma calculada de quien no tiene prisa por pelear.

Nikolai.

Siempre tan imprevisible, frío y exigente.

Tenía que meter las narices en todo, y más aún en lo que no era asunto suyo.

En cierto modo lo entendía, era el pakhan y al final, todo lo que ocurría en la familia, acababa pasando por sus manos, cosa que no acababa de gustarme.

Ninguno podía hacer nada que pusiese en peligro a los Romanov, no podíamos tener negocios paralelos y mucho menos aliarnos con en el enemigo, cosa que Viktor sí había hecho al intentar entregarme para salvar a Alina Orlov.

—Qué-haces-aquí —repetí, pausando en cada una de las palabras, con contundencia.

—Vengo a por respuestas.

Dejé ir una sonora carcajada, seca, sin una pizca de humor.

—Siempre tan elocuente, Nikolai —murmuré—. Pues te vas a ir con las manos vacías.

Se puso en pie despacio, midiendo cada paso hasta quedar frente a mí. No había hostilidad en sus gestos, pero sí en los míos. Podía notar la tensión en el aire, era tan densa que atrapaba.

—Llevas días moviéndote como un fantasma, Alexei —musitó—. Saltando de ciudad en ciudad, removiendo contactos que habías enterrado hace años, buscando como un maldito sabueso. —Achicó los ojos—. ¿Qué está pasando?

—Nada que sea asunto tuyo —contesté sin apartar la mirada—. No tienes por qué preocuparte.

—Claro que me preocupa —insistió—. Lo que te pase a ti, nos pasa a todos. Ese es el trato.

Me reí como un auténtico desquiciado, esta vez sí me había hecho gracia.

—Ese trato no lo firmé yo —aseguré—. Es más, hace dos días estabais entregándome al puto desquiciado de Luca Moretti.

—Pero no te entregamos.

No comprendía cómo tenía los santos huevos de plantarse en mi apartamento después de lo que habían hecho, ya no solo Viktor, sino él, accediendo a aquella maldita traición.

—¡Me importa una mierda, Nikolai! —Alcé la voz, ido—. Una puta mierda, solo le faltó meterme una bala entre ceja y ceja —añadí, sintiendo como la ira se me iba de las manos.

—A mí no me grites.

—¡Y tú no me traiciones! —bramé.

No iba a negar que me había dolido en el alma. Porque al final, siempre había escuchado eso de que la familia era lo primero, y ellos me habían abandonado en el momento en el que más lo necesitaba.

—¡Joder! —voceé.

Deseé liarme a golpes, dejarle que me partiese la cara con tal de no volver a ser el antiguo Alexei, y lo peor de todo era que ellos mismos me habían empujado a serlo. Elisa lo había hecho.

—Cálmate —me instó.

Me giré hacia él, fulminándole con la mirada, percibiendo como mi corazón no dejaba de latir con fuerza, al borde del colapso.

—No me vuelvas a decir que me calme, Nikolai —le advertí, con las manos cerradas como puños.

—Mira, Alexei… —murmuró, dejándose caer en el butacón en el que me había esperado.

Me pasé una mano por el rostro, me serví una copa de whisky y me la bebí de un solo sorbo. Iba a volverme loco y esto no había hecho más que empezar.

—No que me digas no me importa —aseguré.

—¡Cállate! —sentenció—. No tenía ni idea de lo que estaba haciendo Viktor, jamás habría accedido a algo así, y a pesar de eso, en cuanto Andrei me informó, hice lo imposible por movilizar a todos los hombres posibles para sacarte de ahí.

Le miré confundido, pero por alguna razón le creí. Lo hice porque necesitaba a mi hermano mayor, sentir que no todo el mundo me había traicionado, porque en el momento en el que me dejase llevar por ese rencor, el viejo Alexei volvería.

—Este asunto es mío, y así se va a quedar —aseguré—. Me da igual lo que supieras o no, Nikolai.

Este dejó ir un profundo soplido, se llevó un cigarrillo a la boca y lo encendió. Siempre había sido terco, pero si algo se me metía en la cabeza, lo perseguía como un perro de caza hasta encontrar a su presa. Solo que esta vez, a quien debía encontrar era a Elisa.

—No tienes ni idea de lo que dices —replicó, endureciendo el tono—. Estás pisando el terreno de gente que no perdona, y lo haces solo. —Colocó una de sus manos en mi hombro, probando a hacerme entrar en razón—. Eso no es valentía, Alexei, es un suicidio.

—Mi suicidio.

Su mandíbula se tensó al instante, como la mía. Durante unos segundos, pensé que iba a golpearme, pero en vez de eso, suspiró y caminó de nuevo hacia la mesa. Cogió algo del butacón en el que había estado sentado, y lo dejó caer sobre esta.

Un dossier.

Más de cien páginas de información.

—Michele Rinaldi —dijo, y el nombre quedó flotando en el aire como un disparo.

Tragué saliva, sin apartar la mirada del sobre, pero no lo toqué. Volví a fijar la vista en él, estaba tan serio que parecía imperturbable, como si ni siquiera el mismísimo diablo pudiese hacerle pestañear.

—¿Qué sabes tú de él?

—Lo suficiente como para advertirte que si vas a buscarlo, mejor estés preparado para lo que vas a encontrar —aseguró—. No es un intermediario cualquiera. Si aparece, es porque quiere algo, y cuando quiere algo, siempre lo consigue.

—Perfecto —murmuré, empujando el sobre hacia mí—. Entonces, ya tenemos algo en común.

Nikolai negó con la cabeza, casi con lástima.

—No eres invencible, Alexei —comentó con pesar—. Algún día, entenderás que un problema de un hermano es el de toda la familia. Y espero que no sea demasiado tarde cuando lo hagas.

No respondí.

Abrí el sobre y lo primero que encontré fue una hoja amarillenta, escrita a mano, con un único mensaje:

Muelle 14. Miércoles. Medianoche.

La tinta estaba corrida, como si alguien hubiera querido borrarla sin conseguirlo.