El legado de los Romanov 13
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Alexei

El zumbido en mis oídos se mezclaba con el sabor metálico de la sangre que aún recorría mi boca.

Tenía la cara helada por el viento y las manos atadas con tanta firmeza que ya comenzaba a dejarme sin circulación.

No veía con claridad, pero no necesitaba mirar para saber dónde nos encontrábamos: una de las putas naves industriales del puerto de Génova.

Había olido demasiadas veces el hedor a óxido y gasolina como para no reconocerlo.

Frente a mí, Luca Moretti, que no dejaba de caminar de un lado a otro, con la tranquilidad de quien sabe que ha ganado.

Le detestaba, y mi mente no podía dejar de viajar una y otra vez a esos malditos recuerdos que me atormentaban cada maldita noche.

—De verdad que esperaba algo más de ti, Romanov —dijo sin siquiera mirarme—. Tan listo, elitista… y mírate ahora, rodeado de mierda. Como un cerdo antes del degüello.

Mantuve la cabeza erguida. Tenía el cuerpo entumecido, pero el orgullo aún no me lo habían conseguido partir.

Desvié la mirada hacia un lado, observando como mi propio hermano mantenía la vista gacha, como si aquella decisión le reconcomiese por dentro.

Joder. ¿Cómo había podido venderme de aquella manera? Aún no lograba comprenderlo.

—Disfrútalo, Luca —escupí—, porque no volverás a tener una oportunidad así —gruñí con la voz rota.

Achiqué la mirada y, durante unos segundos, pude ver el demonio que había en él, la insaciable sed de sangre que le corría por las venas como si de un veneno se tratase.

Quise ahogarlo con mis propias manos, escupirle en la cara por todo lo que le había hecho a ella, por todo el mal que manchaba su pasado.

Yo no era un ángel, ni pretendía serlo, pero no iba a permitir que nadie de su puta familia volviese a ponerle una mano encima.

—Eres despreciable —mascullé, notando como el corazón se me aceleraba solo de pensar en acabar con su maldita y despreciable vida.

Este dejó ir una sonora carcajada que llenó el ambiente. Rio como lo hacen los hombres que se creen dioses, como si no existiera una sombra más grande que la suya. Pero entonces, lo escuché.

Un crujido. Una interferencia en lo que parecía ser un pinganillo en mi oído.

El mundo pareció dejar de rodar en el instante en el que Luca se encendió un cigarrillo y pude oír un «están dentro», proveniente del artefacto.

Un disparo y, tras él, decenas ellos.

Todo se descontroló en cuestión de segundos a nuestro alrededor. Cerré los ojos con fuerza, y cuando los abrí me encontré a Viktor agachado junto a mí, forcejeando con las bridas que él mismo me había puesto.

—Te vamos a sacar de aquí —anunció.

No respondí, porque supe que, si lo hacía, acabaríamos liándonos a tiros, no era el momento adecuado.

Uno de los hombres de Moretti cayó frente a mí, provocando que su sangre me salpicase en la pierna y parte de la camisa de seda blanca que vestía.

Recorrí la escena de un lado a otro, haciendo un recuento.

Mi hermano había traído consigo a Dimitri y a cinco hombres más, se habían llevado a Alina, mientras que Luca contaba con más de diez.

Apreté la mandíbula con tanta fuerza que creí que en cualquier momento mis muelas saltarían por los aires.

—Vamos, Alexei, espabila —voceó Dimitri al ver que no me movía.

Nuestros hombres comenzaron a caer uno tras otro, sin que pudiéramos hacer nada por remediarlo.

—Mierda —mascullé.

Me tiré al suelo, cuando los de Moretti comenzaron a disparar a discreción, reptando hacia uno de los nuestros, para poder coger su arma antes de que fuese demasiado tarde.

Y entonces, lo vi.

Nikolai.

Apareció en la puerta como una sombra al acecho, disparando con una precisión quirúrgica. Entró con siete hombres más, todos vestidos de negro. Mi pecho se hinchó de orgullo y, por qué no decirlo, de terror. Acabando con todo aquel que intentaba reaccionar, repartiendo disparos entre ceja y ceja.

Viktor se unió a ellos, dejándome expuesto, una vez más. Mientras, mi vista se fijaba en cómo Luca Moretti se escondía tras uno de los contenedores que se almacenaban en aquel lugar.

Todo sucedió tan rápido que, cuando quise darme cuenta, ya estaba a mi lado, cortando mis bridas con una navaja militar.

—¿Estás entero? —preguntó sin mirarme, como si ya supiera la respuesta.

—Más o menos —respondí, flexionando las muñecas doloridas.

Me ayudó a incorporarme. Aún tenía la vista nublada y todo me daba vueltas, pero entonces, lo escuché. A través del pinganillo que llevábamos puestos.

—¿De verdad te creías que iba a entregarte con tanta facilidad? —cuestionó Viktor—. Somos familia, Alexei —añadió con la voz grave y controlada.

Me quedé helado, porque una parte de mí quería meterle un tiro en la sien por haberme utilizado de esa manera, mientras que otra, lo único que quería era comprender el porqué de todo lo ocurrido.

Alisa Orlov había sido la clave.

Los hombres de Nikolai no dejaron de disparar, hasta que un fuerte alarido llamó mi atención. Luca acababa de recibir un disparo, provocando que su arma cayese al suelo. Me fulminó con la mirada y, sin siquiera darnos opción a nada más, hizo un gesto con la mano, reunificando.

—¡Se escapa! —voceé, viendo como Luca Moretti corría en dirección a una salida lateral con la mano en el abdomen.

—¿Qué cojones estáis esperando? —cuestionó Nikolai.

No hizo falta más. Todos salieron tras él, armados hasta los dientes y dispuestos a traerlo vivo o muerto. Los disparos se sucedieron durante los siguientes minutos, hasta que de repente se detuvieron.

—Lo perdimos. —Oí por el pinganillo.

—¡Joder! —gritó Viktor.

Me pasé una mano por el rostro. Tomé una bocanada de aire, intentando calmar el ansia y la rabia que comenzaba a contaminar mi mente.

Por el rabillo del ojo vi cómo se acercaba a donde nos encontrábamos Nikolai y yo. Apreté las manos en puños, y cuando estuve lo suficiente cerca de él, le propiné un golpe en la boca, provocando que su labio se partiese.

—Me lo merezco.

—Pues claro que te lo mereces —sentencié.

Uno de los hombres de Nikolai se acercó a nosotros, le comentó algo en privado y le entregó una carpeta.

—Vas a tener que darnos muchas explicaciones, rubio.

Me volví hacia él, pero su expresión era ilegible. Solo me tendió la carpeta que uno de sus hombres había recogido mientras intentaban atrapar a Luca.

La abrí, sintiendo como mis manos temblaban, y lo que encontré no era para menos.

Documentos.

Fotos.

Mapas.

Y entre ellos, un nombre manuscrito en rojo.

Elisa.

El golpe no vino de una bala, ni de un puño, pero fue directo al pecho y eso dolió aún más.