El legado de los Romanov 12
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Alexei

En la actualidad

El dolor de cabeza era insoportable. Como si alguien hubiese colocado una prensa en mis sienes y no dejase de apretar cada segundo con más fuerza.

Intenté mover las manos y fue ahí cuando lo noté.

Las bridas. El plástico rodeándome la piel, sujetándome a una silla metálica que crujía con cada uno de mis movimientos.

Abrí los ojos con esfuerzo, intentando enfocar, viendo medio borroso, pero lo suficiente como para reconocer el lugar en el que me encontraba.

Una nave industrial, sucia, fría. Un puto matadero disfrazado de ruina, y con un foco apuntándome de manera directa a la cara, como si fuese el protagonista de un maldito interrogatorio.

Me revolví como pude, desesperado por deshacerme de las ataduras, hasta que un escalofrío me recorrió la espalda.

Frente a mí apareció Luca Moretti. De pie, con los brazos cruzados sobre el pecho y esa sonrisa de cabrón tatuada en los labios. Le conocía de sobra. Sabía que cuando sonreía así era porque ya había ganado.

—Qué bien que te unas a nosotros, mi querido amigo —musitó con ese tono meloso y acento italiano tan característico que tenía—. Ya empezaba a impacientarme.

Mi respiración se volvió entrecortada. Miré a mi alrededor, intentando entender qué cojones estaba pasando. ¿Dónde estaba? ¿Qué demonios había ocurrido?

Y entonces, como un fogonazo de luz, lo recordé.

La conversación. El whisky. El brindis. El sabor extraño.

Viktor.

Lancé la mirada hacia mi izquierda, y ahí estaba.

Serio como el demonio, con los labios apretados y el ceño fruncido.

A su lado, Alina. Su rostro estaba descompuesto, tenía los ojos hinchados, llenos de lágrimas que no se molestaba en limpiar.

Y me miraba como si le rompiera el alma tener que estar allí.

«Lo siento», pude leer en sus labios.

Y a mí se me rompió algo por dentro.

Un sentimiento vacío me encogió el pecho. La decepción. Intenté moverme de nuevo, pero las bridas solo se apretaron más. Sentí como la rabia se me clavaba en la garganta, como el dolor de la traición se me colaba por las entrañas.

Lo miré, lo hice con todo el odio que fui capaz, mientras él se limitaba a sostenerme la mirada, y, por un instante, pude ver la culpa en sus ojos. No alegría ni orgullo. Solo terror y culpa. Y eso dolía aún más.

¿De verdad me había entregado? ¿Mi propio hermano?

Mi voz no salió. Solo lo hizo un gruñido bajo, contenido, que se convirtió en un grito ahogado dentro de mí. Porque sabía que allí no importaban mis palabras. No cambiaría nada.

Y entonces, Luca se acercó. Lo hizo despacio, con las manos en los bolsillos y la sonrisa intacta.

Sacó una moneda de oro, que comenzó a lanzar de arriba abajo, como si de un amuleto se tratara.

Entonces, una imagen cruzó mi mente como un jodido haz de luz: el collar que Elisa llevaba cuando nos conocimos.

Se inclinó hacia mí, con la cara tan cerca que pude oler su perfume caro y su putrefacción moral.

—Bienvenido a tu infierno personal, Romanov —anunció con chulería—. ¿Preparado para jugar?