El legado de los Romanov 11
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Alexei

Contuve el aliento cuando sus felinos ojos se fijaron en los míos.

Quise arrancarle las bragas, salir al balcón y follármela allí mismo para que gritase a los cuatro vientos que me pertenecía desde la noche en la que la vi en la pista.

Que todo el mundo disfrutase de los mejores sonidos que escucharía jamás: ella gimiendo.

Le di una larga calada a mi cigarrillo. El humo se perdió en el aire cuando sus manos recorrieron mis muslos, lentas, decididas, con esa mezcla imposible entre la inocencia y el pecado. Su mirada verde me taladraba, insolente, atrevida, casi devota.

Joder.

Aquella visión me golpeó como una bala en el pecho, desarmándome, jodiéndome la puta vida.

—No tienes ni idea de lo que estás haciendo —mascullé, sintiendo como mi miembro ya palpitaba tan ansioso y duro que me delataba.

—¿No? —preguntó mediante un hilo de voz.

—Ni de coña.

—¿Y qué estoy haciendo? —Quiso saber, inquisidora, provocativa, llevándome al borde de la locura.

Sonrió ladina, antes de bajar la mirada y rozar con los labios la tela de mis calzoncillos. La fricción me arrancó un gruñido. Quise agarrarla del cabello, tirar de este y meterle mi polla en la boca, pero me contuve. No. No con ella.

—En realidad, no es lo que estás haciendo, sino lo que voy a hacer yo contigo, Elisa Moretti —juré.

Sin darme opción a que pudiese decir nada más, coló sus dedos entre la tela y mi piel, bajando deliberadamente los calzoncillos.

La cabeza me dio vueltas cuando su mano me envolvió, cálida, diminuta, segura, permitiendo que mi erección se alzara imponente ante ella.

El aire frío de la habitación chocó contra mi glande húmedo, segundos antes de que mi perdición se inclinase para atraparme con la boca.

—Joder, Elisa… —mascullé, echando la cabeza hacia atrás.

Su lengua trazó círculos letales, lamiéndome con la entrega de una puta diosa y la torpeza excitante de quien apenas empieza a descubrir el placer.

Me envolvía deseosa, succionándome, y después se apartaba para mirarme con esos malditos ojos que me hacían perderme en un abismo a que estaba dispuesto a saltar.

Yo, Alexei Romanov, el ser más controlador de todo puto Rusia, me estaba perdiendo en ella. Y lo peor de todo era que me encantaba.

—Continúa —le ordené mediante un gruñido, enredando mis dedos en su pelo negro.

Obedeció. Maldita sea si lo hizo. Me devoraba con pasión y con una lujuria que jamás había visto en nadie. Cada embestida suya era una descarga directa en mi espina dorsal, un recordatorio de que si seguía así, iba a correrme en su boca como un jodido crío.

Y entonces, lo hizo.

Se apartó.

Se limpió la comisura de los labios con la mano y, antes de que pudiese protestar, se subió sobre mí de un salto, hundiéndose en mi miembro con un gemido desgarrador. Entonces, el mundo se detuvo.

—Mierda —mascullé, agarrándola por la cintura.

Estaba tan apretada, tan húmeda, tan jodidamente perfecta que estuve a punto de perder el poco control que me quedaba con la primera embestida. Una mueca burlona llena de satisfacción se esbozó en sus labios, que pronto se estamparon con los míos, compartiendo el sabor de mi propia esencia.

Sellé mis dedos contra su piel, mientras no dejaba de moverse encima de mí, con un ansia que iba a volverme loco. La miré, durante un instante el tiempo pareció ralentizarse, y supe que me pertenecía.

Un gruñido se escapó de mi interior cuando Elisa mordió mi labio inferior y tiró de este con saña, provocando que una pequeña herida se abriese en él. Esta, consternada, me observó, en sus ojos hubo miedo, pero también una lujuria desmedida que conseguía que todos mis límites desapareciesen.

—Continúa —repetí.

Se pasó la lengua por los labios, llevándose parte de mi sangre con ella. Apreté la mandíbula, sintiendo como mi pene palpitaba en su interior con cada succión.

—Si esta es tu segunda vez… —jadeé contra su boca, besándola con rabia—. Entonces no quiero imaginarme cuando lleves un mes follándome así.

Esta dejó ir una carcajada, un sonido bajo, sensual, que me hizo gruñir de placer. Sus uñas se clavaron en mis hombros, marcándome, retándome, como si me dijese sin palabras que ella también estaba dispuesta a consumirse conmigo.

Sus caderas golpeaban contra mí con bravura, cada vez más rápido, más profundo.

La sujetaba con fuerza, dirigiendo el ritmo, hundiéndome en su interior, tanto que podía percibir cómo encajábamos a la perfección.

El sonido de nuestros sexos chocando era una delicia, una melodía de la que no quería escapar.

Elisa entreabrió los labios, dejando que su espalda se arquease hacia atrás, y fue entonces cuando mi boca buscó sus pezones, endurecidos, sensibles. Los lamí con delirio, mordisqueándolos, provocando que cientos de quejidos se escapasen de su interior.

—Eres mío, Alexei —susurró entre jadeos.

—Desde el momento en el que nuestros ojos se encontraron —añadí, tirando de su cabello y estampando mis labios contra los suyos.

No sé cuánto tiempo pasó. Minutos. Horas. Una eternidad deliciosa. Lo único que existía era el choque de nuestros cuerpos, el ruido de su respiración entrecortada, sus gemidos y mis gruñidos guturales llenando la habitación.

Hasta que el maldito móvil vibró en la mesilla de noche. Estábamos en la cama. Los dos nos tensamos, pero no me detuve. Ella jadeó al sentir mi miembro enterrarse aún más profundo, y yo apreté los dientes para no estampar el teléfono y correrme de nuevo en ella.

Extendí la mano a ciegas, cogí el móvil sin dejar de moverme en su interior, mientras mis ojos se fijaban en su oscura mirada, en cómo estaba a punto de desfallecer. Un número oculto.

—Dime —respondí casi con un gruñido.

La voz al otro lado fue fría, cortante.

—Entrega en dos horas. No hay prórrogas.

Colgué de golpe, sintiendo el peso de la realidad estrellarse en mi pecho. Elisa me miró, con el sudor recorriendo su piel brillante, con el pelo desordenado y los labios hinchados de tanto besarme.

—¿Problemas? —preguntó aún con la voz entrecortada.

Apreté los dientes, enterrando mis dudas bajo una mentira.

—Todo bajo control.

Mentira.

Pura y jodida mentira.

Pero mientras la penetraba, con sus piernas rodeando mi cintura, supe que ya no había vuelta atrás.

—Córrete, Alexei —suplicó, al mismo tiempo que bajaba una de sus manos hacia su clítoris.

Y eso hice, la embestí con rudeza, sintiendo cada centímetro de mi pene llenándola por completo, cómo su sexo me engullía, palpitante. No dejé de moverme hasta que vi como estallaba en mil pedazos, entre jadeos y bocanadas de aire.

—Eres deliciosa, Elisa Moretti.