El legado de los Romanov 10
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Alexei

El silencio de mi apartamento era como un animal dormido. Pesado, expectante. Me apoyé en el respaldo del sillón, con un vaso de whisky en una mano y el cigarro apagado en otra, sin decidirme aún a encenderlo. El reloj marcaba las tres y cuarto de la madrugada.

Desvié la mirada hacia la ventana. Fuera, la ciudad de Génova se desangraba en luces anaranjadas y ruido lejano de motores, pero aquí dentro todo era calma. Una que me estaba arrancando la piel a tiras.

La miré.

Elisa. Mía.

Seguía dormida en mi cama, envuelta apenas en las sábanas de seda negra que había comprado tiempo atrás para noches que nunca llegaron a ser.

La tela se pegaba a su piel desnuda, revelando más de lo que ocultaba.

Su respiración era lenta, calmada y profunda.

Parecía ajena a todo lo que estaba ocurriendo, como si el mundo no fuese más que una ilusión y ella se encontrara a salvo, en una burbuja, resguardada de cualquier mal.

No lo estaba.

No conmigo.

Bebí un trago largo de whisky, dejando que el líquido ambarino quemase mi garganta y me devolviese a la realidad. Una que me estaba rompiendo en dos.

Tenía que entregarla.

El mensaje seguía guardado en mi móvil como una sentencia: Nueva mercancía. Entrega en tres días.

Elisa Moretti no era solo un error. Era un recordatorio de lo jodidamente débil que podía llegar a ser cuando me dejaba arrastrar por lo prohibido, cuando volvía a ser ese Alexei del que luchaba por alejarme.

Apreté la mandíbula, percibiendo el crujir de mis muelas, como si estuvieran a punto de estallar en mil pedazos.

Lo hice porque sabía que aquello solo podía acabar de una manera.

Lo correcto, si es que esa palabra tenía algún sentido en mi mundo, sería cumplir con el acuerdo.

Llamar al contacto, fijar el punto de entrega y apartarme de todo esto antes de que me devorase por completo.

La observé con fijeza, delirante, a sabiendas de que solo me jodería la puta vida si seguía adelante. Tenía que hacerlo. Cogí el teléfono que reposaba sobre la mesita junto al butacón, abrí el mensaje, tomé una bocanada de aire y comencé a teclear.

Pero no podía.

No con ella.

Elisa no era solo un nombre en una fotografía, una más en aquel mundo de mierda, ni un pasatiempo de una noche.

Era fuego en mis venas, un veneno que me corroía y del que no quería curarme.

Mi lado más animal rugía cada vez que pensaba en que alguien más pusiese un dedo encima de ella, ese que me decía, con la brutalidad de un instinto, que antes muerto que permitirlo.

El teléfono vibró en mi mano y la pantalla se encendió mostrándome un nombre: Nikolai.

Respiré hondo, dejé el vaso a un lado y me puse en pie para contestarle, llevándome el cigarro a los labios aunque aún no lo había encendido. Tenía que dejar aquel maldito vicio.

—Dime.

No respondió.

Uno.

Dos.

Tres segundos.

—¿Qué coño pasa? —mascullé.

—Eso debería preguntártelo yo —respondió con la voz grave y firme, como siempre—. Han pasado dos días desde que tenías que hacer la entrega, deberías estar ya aquí, y aún no tengo noticias tuyas. ¿Va todo bien?

Permanecí en silencio un par de segundos. Mis ojos se desviaron hacia la cama, hacia ella, provocando que la presión en los calzoncillos fuese a más. Allí estaba, mi Moretti, mi jodida perdición.

Y mentí, lo hice a sabiendas de que solo era cagarla un poco más, pero no pude evitarlo.

—Todo bajo control.

—¿Seguro? —inquirió.

—Sí —sentencié—. El trato se cerrará en cuanto me den la confirmación.

Nikolai guardó silencio al otro lado de la línea. Le conocía demasiado bien como para saber que no desconfiaba. Llevaba menos de dos años como líder, cada movimiento de los Romanov era mirado con lupa y eso le preocupaba. Finalmente, suspiró.

—No la cagues, Alexei —me pidió—. No estamos para errores.

—Nunca lo hago. —Colgué antes de darle tiempo a replicar.

Sabía lo que nos jugábamos, llevaba años en el negocio, conocía cada paso que daba, pero en aquel momento, todo era demasiado confuso.

Me quedé con el móvil en la mano, apretándolo con tanta fuerza que mis nudillos se habían vuelto blancos. Le había mentido. Esta vez ya había metido la pata hasta el fondo, y no porque no supiera jugar mis cartas, sino porque ni siquiera quería hacerlo.

Encendí el cigarro, aspirando con fuerza, como si pudiese esconder todo lo que batallaba en mi interior tras el humo.

Y entonces, la vi.

De pie, en el marco de la puerta de mi habitación.

El cabello negro le caía en ondas desordenadas, como si estuviesen colocadas a la perfección sobre su piel, mientras esta brillaba bajo la tenue luz del salón.

La sábana había quedado atrás, ahora solo llevaba unas braguitas rosas de encaje, unas que ni siquiera recordaba haber visto antes, aunque no era de extrañar.

Su belleza me cegó, me volvía loco solo de pensar en cómo mis manos habían acariciado cada centímetro de su ser.

Mi miembro se endureció al instante, mientras que, con la mirada, recorría su cuerpo de arriba abajo como un maldito criminal.

No dijo nada. Simplemente caminó hacia mí, lenta, con la misma seguridad que tenía en la pista del Astoria, como si supiera que cada paso que daba era otro clavo en mi ataúd. Era deliciosa, no solo por su fuerza, sino por la inocencia que asomaba bajo esas largas pestañas.

Se detuvo frente a mí.

Me miró con esos ojos verdes oscuros que ya me habían condenado hacía tiempo.

Y entonces, lo hizo.

Se arrodilló frente a mí.

El cigarro tembló en mis dedos, mientras mi dura erección palpitaba en mis pantalones. El whisky no me supo a nada, y el corazón se me estrelló en el pecho como si quisiera escaparse.

La Moretti.

Mi condena.

De rodillas, y yo al borde del puto abismo.