9
Mía Elisa Moretti
Todo su cuerpo se colocó sobre el mío, cubriéndome, atrapándome en un lugar del que no quería escapar.
No dejaba de tocarme, notando como a cada jadeo que se escapaba de entre mis labios, más crecía el deseo que había entre ambos.
Era como una jodida chispa, la misma que precede a un incendio, solo que, en aquel momento, él era las llamas y yo la madera a punto de arder.
—¿Qué hay de eso de que no podías cruzar ciertas líneas, ragazza? —preguntó chulesco, acercando su rostro al mío.
Ahogué un quejido cuando uno de sus grandes dedos se adentró en mi interior, llevándome al límite.
—Crúzalas —le ordené.
Chasqueó la lengua y una mueca de satisfacción se dibujó en sus labios. Era como un jodido demonio, y lo peor de todo es que a cada segundo que pasaba, sentía que más me estaba obsesionando con él.
—Veo que por fin estamos de acuerdo en algo —musitó contra mi oído—. Porque pienso follarte de tal manera que cuando te toques, solo podrás acordarte de este día —juró, sin apartar sus verdosos ojos de los míos—. Pero primero quiero algo.
—Dilo —balbuceé.
Se separó de mí lo suficiente como para quedarse de rodillas y, sin pensarlo un instante, se deshizo de sus vaqueros, dejando al aire su poderosa erección.
Estaba húmeda, palpitante, tanto como lo estaba mi sexo, y por un momento deseé metérmela en la boca, arrodillarme frente a él y devorarlo como había hecho en el baño del Astoria.
—Quiero que te corras para mí, Elisa —me ordenó.
Aquella confesión me pilló desprevenida, tanto que pude notar como mis mejillas se enrojecían al instante.
Mis dedos no dejaron de moverse dentro de mi sexo, al mismo tiempo que él colaba uno de los suyos en mi interior, haciendo que todo se magnificase hasta límites insospechados.
Podía sentir como todo mi ser lo engullía, ansioso, dispuesto.
Solo de ver cómo me observaba me ponía cardíaca, llevándome al borde del colapso, aunque lo único en lo que podía pensar era en que se adentrase en mí.
Mientras no dejaba de tocarme, Alexei sacó el dedo que aún tenía en mi interior, provocando que un jadeo se me escapase, y se lo llevó a la boca, lamiéndolo como si fuese el helado más delicioso del mundo.
Tragué saliva, sin apenas ser capaz de cerrar la boca a causa de la agitación que sacudía mi cuerpo.
—Quiero que lo hagas tú… —lloriqueé.
—Córrete ahora, Elisa —sentenció, al mismo tiempo que se colocaba entre mis piernas para colarse entre mis pliegues.
Su viperina lengua comenzó a moverse de arriba abajo, haciendo círculos, succionando mi abultado botón, llevándose consigo toda mi esencia mientras no dejaba de masturbarme de nuevo, haciendo camino para lo que estaba por venir.
—Hazlo.
Todo mi cuerpo se tensó, reaccionando a su petición. Solo bastó una sola palabra para que estallase en mil pedazos, corriéndome en su boca, sintiendo cada lametón como una tortura de la que estaba disfrutando sobremanera.
—Y ahora… Toca cumplir tu mayor deseo, ragazza.
Me relamí, deseosa, al borde del colapso, con el corazón desbocado latiéndome en el pecho y a sabiendas de que no iba a haber vuelta atrás.
—Fóllame —repetí, sintiendo como todo mi cuerpo se retorcía de placer al mismo tiempo que pasaba su miembro por mi abertura.
De una sola estocada se hundió en mí, sin mediar palabra, sin pensar en mi virginidad, sin miedo al dolor, y lo cierto es que a mí tampoco me importó. Un profundo y ahogado gemido se enraizó en mi garganta, quemándome, recordándome lo que acababa de hacer.
—Joder… Elisa —gruñó contra mi boca.
Mordí su labio inferior, tirando de él con saña, a sabiendas de que eso le provocaría y le haría querer llevarme al límite.
—Estás tan prieta —añadió delirante.
Durante unos segundos se detuvo para observarme y pude ver como su mirada se había vuelto oscura, desbordante de una perdición que también era la mía.
Me estaba obsesionado con él hasta tal límite que había soñado con nuestro encuentro las dos noches que hacía que no le veía, recreándome en cada lametón que me había dado, la manera en la que me deshacía en sus manos, muerta de placer.
Pero aquel iba a ser mi nuevo recuerdo favorito. Ese en el que todos los planes se fueron al traste por un maldito ruso de ojos verdes.
—Alexei… —gimoteé, abrumada—. Sigue.
Sus estocadas se volvieron más duras, bruscas y letales. Podía sentir cada centímetro de su gran miembro abriéndose paso en mi interior, cómo cada terminación nerviosa de mi cuerpo estaba ahí para jadear por él.
—Dime algo, ragazza… —Su voz sonó baja, aterciopelada, pero también peligrosa—. ¿La línea la cruzas con cualquiera?
Durante unos segundos permanecí helada, aún con los labios entreabiertos y la respiración desacompasada. Le odié por esa pregunta, por esa manera de pincharme donde más dolía.
Pero también lo amé un poco por acordarse.
Porque sabía que no.
Que no era cualquiera.
Que aunque el mundo se derrumbara a mi alrededor, aunque mi apellido fuese una condena, aunque todo estuviese mal… mi cuerpo ya había decidido, igual que lo había hecho mi corazón.
—No —respondí con la voz estrangulada.
Una sonrisa ladina y victoriosa se dibujó en sus labios.
Las embestidas volvieron, profundas. Gemí contra su boca, mientras él no dejaba de capturar mis quejidos.
Parecíamos haber sido hechos de un mismo molde, encajando a la perfección el uno con el otro.
Por alguna razón, ese pensamiento me encantó.
—Mm… —gruñó—. No sé si debería creerte —susurró contra mi oído.
—Lo juro.
Aquellas dos palabras le hicieron frenarse y ensanchar aún más la mueca que aún estaba instaurada en su rostro. Pude sentir las palpitaciones de su gran miembro contra mis paredes, cómo mi sexo lo acogía hasta el punto que creí que iba a estallar.
—Mejor —murmuró, rozando mi boca de nuevo—. Porque no pienso compartirte con nadie.