El legado de los Romanov 8
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Mía Elisa Moretti

Estaba a punto de perder el conocimiento a causa de la adrenalina.

Todo mi cuerpo estaba acelerado, en shock, pero no por miedo, sino por el maldito ansia que me corroía por tenerle cerca.

Mi respiración se había vuelto desigual, acelerada, igual que la suya, tan arrítmica que solo sus besos conseguían darme el aire que necesitaba para respirar.

Me había encontrado, y lo peor de todo es que ni siquiera me extrañaba. Alexei era del tipo de hombres que se juntan con los de la misma calaña que mi padre, tan seguros de sí mismos, reyes de imperios, capaces de acabar con cualquiera solo chasqueando los dedos.

Sus manos se posaron en mi cintura, firmes, apretando con una dureza que sabía que me dejaría señas. Pasé mis manos por detrás de su cuello, y él me instó a que, de un salto, rodease su cintura con mis piernas.

Un gruñido gutural emanó de su garganta, muriendo en mi boca, al mismo tiempo que su miembro presionaba mi entrada, ansioso. Mi ser vibró, cohibido por una sensación que jamás antes había vivido. Era él.

Le besé, lo hice con rabia, esa que me había encogido el pecho en el momento en el que había desaparecido noches atrás, la que me había carcomido al pensar que jamás volvería a verle. Pero allí estábamos.

Podía sentir el corazón latiéndome con fuerza en el pecho, a punto de desbocarse.

El frío contra mi espalda apenas servía para frenarme.

No había distancia suficiente que me protegiese de él.

Alexei. Su nombre había retumbado en mi mente desde el instante en el que sus labios devoraron los míos, como si nunca más fuese a dejarme escapar.

Lo había pensado. Una y otra vez. Desde aquella primera vez en el baño, desde que sentí sus manos recorrer mi cuerpo como si ya le perteneciera.

Me había repetido que no, que era una estupidez, un maldito error.

Pero ahora, con su aliento rozando mi boca, con su cuerpo presionándome contra la pared húmeda del callejón, supe la verdad.

No lo había idealizado. No era una fantasía producto del alcohol ni del vacío que arrastraba. Era real.

Él era real.

No sabía de dónde provenía, qué hacía tan lejos de casa, ni siquiera si de verdad era tan peligroso como me gritaba mi mente, pero allí estaba, enredada en su ser, dispuesta a dejarme llevar.

Su magnetismo era como una droga. Podía sentir cómo se colaba en mi sistema nervioso, enturbiando mi juicio, obligándome a rendirme, aunque cada parte de mí gritase que estaba traicionando mi familia.

Porque sí… lo estaba haciendo. Mi apellido, mi linaje, todo lo que llevaba sobre los hombros se quebraba en pedazos cada vez que me dejaba arrastrar por él.

Pero… ¿qué más daba mi familia? Una parte de mí se debatía entre el bien y el mal, o, mejor dicho, el permitir que aquello llegase a más o el frenarlo para conservar mi pureza como me habían obligado a hacer desde que el pacto llegó a ser real hacía diez años.

Las piernas me cimbreaban y, a pesar de eso, no podía parar. Era como si todo ese tiempo hubiese estado esperando por alguien como él, alguien que sería capaz de hacer arder el mundo con solo una mirada con tal de salvarme.

¿De verdad necesitaba alguien que me salvase?

Sí. La respuesta siempre había sido sí. O al menos, alguien que me ayudase a joder el maldito contrato, alguien que se interpusiera entre mi destino y yo.

Su boca volvió a encontrar la mía, con un ansia que me arrancó un jadeo que le supo a gloria, o, al menos, eso intuí, ya que un gruñido gutural salió de su garganta.

Lo sujeté por la nuca, enraizando mis dedos en su cabello, instándolo a seguir, a perderse conmigo.

Era un pecado. Mi peor condena. Y lo deseaba tanto como necesitaba respirar.

—Vas a ser mi ruina —susurré entre gemidos.

Él rio de manera profunda, haciendo que todo el vello de mi cuerpo se erizase. Sus labios descendieron por mi cuello, dejando marcas que sabía que no podría esconder, y que tampoco querría. Un recordatorio de que esa noche ya no había marcha atrás.

—Voy a ser lo que desees que sea, Elisa Moretti —juró contra mi boca.

Mi sexo palpitó, húmedo, preparado, ansioso de saber todo lo que podía a llegar a hacerme, el placer que sabía me daría y el que aún no había experimentado. Él. Ese maldito desconocido iba a ser el detonante, y lo peor de todo es que ni siquiera conocía su apellido, pero poco me importaba.

Una de sus manos voló hasta mi entrepierna, colándose entre la ropa interior y mi piel. Alcé la mirada y me encontré con la lujuria hecha persona, dispuesto a darme todo lo que ansiaba y, en ese momento, solo lo quería a él.

—Sé mi condena, Alexei.

Una sonrisa ladina se instauró en su boca, nublándome el sentido, así que cerré los ojos y me dejé llevar.

No recuerdo cómo llegamos a su apartamento. Solo que sus labios nunca se despegaron de los míos, y que mis piernas apenas tocaron el suelo, porque me arrastró como un vendaval dispuesto a arrasar con todo.

La puerta se cerró de golpe a nuestras espaldas, el sonido metálico del cerrojo retumbó en el salón como un juramento.

Y de nuevo, me encontré aprisionada, esta vez contra una isla de mármol blanco que vestía su cocina, con su cuerpo cubriendo al mío.

Alexei no me besaba, me devoraba lentamente.

Mis dedos se aferraron a su camisa, intentando deshacerse de los botones con una torpeza que no me correspondía.

Necesitaba sentir su piel, perderme en él hasta poder encontrarme.

Nos movimos a trompicones hasta el sofá, pero no llegamos.

Como si no pesase nada, Alexei me tomó por la cintura, caminó hacia adelante, y entonces mi espalda volvió a chocar contra la puerta.

Enredé mis piernas alrededor de sus caderas, ahogué un grito cuando sentí como su miembro ya estaba a punto de hacer estallar el pantalón para adentrarse en mí.

Y sí, eso era lo que deseaba, que se enterrase hasta lo más profundo de mi ser.

Sus manos volaban por mi cuerpo, tanto que sin que pudiera darme cuenta, ya se habían deshecho de los tirantes del vestido que llevaba, dejando al aire mis pequeños pechos.

El calor subió hacia mis mejillas, enrojeciéndolas sobremanera, pude verlo en sus ojos, la forma divertida con la que me observaba mientras nos llevaba a otra estancia.

—Pienso devorarte, Elisa —juró al mismo tiempo que me dejaba sobre la enorme cama de su habitación.

—Hazlo —le reté, a sabiendas de que no necesitaba excusas para llevar a cabo su promesa.

Lo observé desde la lejanía, cómo su cabello caía en mechones desordenados por encima de su frente y su pecho tatuado asomaba bajo la camisa a medio desabotonar.

Sonreí como lo haría un gato en el momento en el que una de mis manos descendió por mi cuerpo, masajeando mis pechos, para acabar bajando con parsimonia hasta mi sexo.

Abrí las piernas, dispuesta a mostrarle lo que tanto ansiaba y fue entonces cuando colé uno de mis dedos entre mis pliegues.

Contuve el aliento cuando un impulso eléctrico bajó por mi vientre hasta morir en mi abultado botón.

Jugueteé con este bajo su atenta mirada, sintiendo como en cualquier momento se lanzaría sobre mí como un león lo hace con su persa.

Me mordí el labio inferior, ahogando un gemido que me rasgó la garganta, mientras su boca comenzaba a descender por mi cuerpo.

—Eres tan jodidamente hermosa que podría correrme solo mirándote.

—Fóllame, Alexei.