7
Alexei
Dos noches más tarde.
La noche de Génova era húmeda, y el ambiente estaba tan cargado que podía percibirlo en mis pulmones. El aire sabía a sal y a tormenta, justo ese instante en el que sabes que va a llover, las nubes cubren el cielo, pero aun así no cae ni una sola gota.
Llevaba alrededor de media hora esperando fuera. Había hecho mis averiguaciones y sabía que Elisa iba a estar esa noche en Astoria, pero no había ni rastro de ella.
Estaba apoyado en la pared del callejón contiguo, oculto en las sombras, aguardando como un depredador dispuesto a atrapar a su presa.
No iba a permitir que nadie se llevase a Mía, al menos, no sin saber en qué cojones andaba metida.
¿Por qué alguien como los Rosseto estaban interesados en una chica como ella?
Me llevé un cigarrillo a la boca, dándole una larga calada mientras veía como sus tres amigas salían del local riendo, como si no tuviesen nada que temer.
Una de ellas levantó la mano y detuvo un taxi.
Subieron entre tropiezos y risas, demasiado bebidas y quién sabe si incluso habían tomado alguna que otra droga.
Pero no ella.
No Mía. No Elisa.
Se quedó atrás.
La vi despedirse con un gesto ladeado de la mano con la melena ondeando con cada paso que daba, brillando bajo la farola de la esquina.
Esperó a que el taxi se alejase y entonces echó a andar sola por una callejuela lateral.
No sabía si era imprudencia o costumbre.
A esas alturas, empezaba a pensar que le gustaba coquetear con el peligro.
Me relamí. Joder si lo hice. Ese cuerpo enfundado en un hermoso vestido negro que delineaba cada curva de su cuerpo.
Le seguí. Silencioso, a pocos pasos de distancia.
No era tonta, si de verdad era Elisa Moretti, debía haber sido instruida, no era una mujer cualquiera, no pertenecía a una familia cualquiera.
Aquel pensamiento me petó la cabeza, al mismo tiempo que provocó que mi miembro se endureciese al instante. Elisa Moretti iba a ser solo mía.
Unos pasos más adelante, se percató de mi presencia, tanto que en vez de acelerar, el ritmo de sus tacones sobre el asfalto se detuvo en seco.
Giró la cabeza, y cuando nuestros ojos se encontraron, no hubo sorpresa, ni miedo.
Solo un brillo que me hizo ver que seguía tan dentro de su cabeza, que ni siquiera había logrado alejarme de esta.
—Tú… —musitó, con esa voz ronca que me estaba destrozando por dentro.
Me encaminé hacia ella con paso firme, hasta que apenas nos separaron unos pocos centímetros.
La agarré por la cintura con un movimiento brusco, estampándola contra la pared húmeda del callejón.
Quise arrancarle la ropa allí mismo, hundirme en ella, hacerla gritar su nombre, ese con el que me había mentido.
Su perfume me golpeó de lleno, embriagándome junto con el olor a lluvia.
—No deberías caminar sola de noche —susurré contra su oído, dejando que mi voz se rasgase casi por completo.
Arqueó una ceja, con esa insolencia que tanto me excitaba.
Bajé mi vista hacia sus carnosos labios, aquello no iba a ser un juego de niños, y mucho menos una entrega convencional.
Me debía a mi familia, a mi trabajo… Pero en aquel instante, no existía nada de eso, solo la manera en la que esos ojos verdes se tornaban cada vez más oscuros debido a la excitación y al puto deseo.
—¿Y tú quién demonios eres? —cuestionó sin esperar a que le diese una respuesta—. ¿Mi guardaespaldas?
Sonreí ladino, con ese gesto que precedía al desastre.
—Algo mucho peor —juré.
No esperé más, simplemente no pude. Mis labios devoraron los suyos con una fuerza que la obligó a aferrarse a mi chaqueta.
Fue un beso cargado de rabia y deseo, de todo lo que estuve conteniendo desde que la había visto dos noches atrás por primera vez.
Clavé mis dedos en su cintura, mientras ella me respondía con la misma hambre, a sabiendas de que lo que le esperaba no iba a ser nada bueno.
Sus dedos se adentraron en el nacimiento de mi cabello, instándome a que no me separase de ella.
—Eres un cabrón arrogante —jadeó pegada a mi boca, separándose apenas un segundo para tomar aire.
—No te imaginas cuanto —admití—, y tú eres una maldita provocación —añadí, estampando de nuevo mi boca contra la suya.
Sus labios sabían a ginebra y fresa, tanto que deseé devorarla hasta lamer cada resquicio de su maldita esencia.
Coloqué una de mis piernas entre las suyas, abriéndolas para mí, dejándola expuesta.
Mis manos volaron por su cuerpo, descendiendo por su vientre, deseosas de colarse en su lugar privado.
—No tienes ni idea de en qué te acabas de meter —le advertí.
Ella imitó mi gesto, sonriendo gatuna, sin una pizca de miedo.
—Oh, créeme que lo sé… Lo supe desde que te vi en el Astoria —musitó contra mi boca—. Te estaba esperando —aseguró—. Lo que no esperaba era besar a mi peor pesadilla.
Y lo dijo con tanta sensualidad que sentí cómo la cordura se me resquebrajaba del todo, dejándome ante aquella vorágine en la que me encontraba. Una risa oscura emergió de mi garganta, rasgándola.
La apresé un poco más contra la pared, devorándola de nuevo, arrancándole cientos de gemidos, provocando que todo su cuerpo se enredase en el mío. En un arrebato de ansia, mordí su labio inferior, arrancándole una risa que solo confirmó lo que ya era inevitable:
Ella ya era mía.
Aunque llevase otro nombre.
Aunque me estuviera condenando con cada maldito beso.