6
Alexei
La puerta del apartamento se cerró tras de mí con un golpe seco. Dejé las llaves sobre la encimera y me serví un vaso de whisky sin siquiera quitarme la chaqueta. Lo necesitaba como el aire que respiraba.
El olor a humo aún impregnaba mi ropa, mezclado con el perfume de Mía, ese que bañaba su delicada piel. El maldito perfume que me había embriagado toda la noche, dejándome atontado y sin permitirme pensar con claridad.
Me dejé caer en el sofá, con la copa en una mano y el cigarro en la otra. Apreté la mandíbula, cerré los ojos, y a mi mente vino ella, como un recuerdo fugaz, de esos que no puedes alejar.
Había sido un necio al creer que podría vivir una noche de manera tranquila sin que eso interfiriese en la firmeza de mis próximos actos.
Todos los planes se habían torcido. Debía informar a Nikolai sobre ello, pero llevaba postergándolo desde que esa mujer se había cruzado en mi camino, desviándome, distrayéndome sin que pudiese hacer nada por evitarlo. Joder. ¿Cómo había podido permitirlo?
Le di una larga calada al cigarrillo para, segundos después, pasarme una mano por el rostro, recogiendo los mechones que caían sobre este.
Mi teléfono vibró en mi bolsillo, sacándome de mi bucle interminable de pensamientos.
Pensé que sería Dominik, tal vez con noticias sobre el contacto.
Pero nada más lejos de la realidad. El remitente era un número desconocido, el mismo que me había informado de que la mercancía cambiaba. Achiqué los ojos, y abrí el mensaje.
Una fotografía.
El corazón me dio un vuelco en el pecho.
Elisa Moretti.
Estaba blanco y negro, como las fotografías policiales. Pelo negro, liso, cayendo en cascada, el mismo en el que había enredado mis dedos. Los ojos clavados en la cámara, insolentes, rebeldes. Reconocí el gesto al instante. Era ella. Mía. La mujer a la que había probado hacía apenas unas horas.
Solo que ese no era su nombre.
La acompañaba una nota escueta, escrita como un contrato:
«Nueva mercancía. Entrega en tres días».
No recuerdo en qué momento apreté tanto el vaso que cuando quise darme cuenta, el cristal había estallado en mi mano. El whisky se mezclaba con mi sangre, corriendo entre mis dedos, pero poco me importó. Solo podía pensar en una cosa: Me habían tendido una trampa.
No sabía si ella era consciente de lo que significaba, si jugaba en algún bando o si era simplemente una pieza más en un tablero que otros movían a su antojo.
Puede que tan solo fuese un daño colateral.
Lo único que sabía era que el destino era caprichoso y me acababa de mandar a la misma mujer que me estaba volviendo loco.
Y no pensaba entregarla.
Oh, no.
Eso no ocurriría jamás.
La cabeza me iba a estallar, llevaba tanto tiempo metido en ese encargo que apenas era capaz de pensar con claridad y mucho menos al haber descubierto que Mía se trataba de la misma mujer de la que me había vuelto un obseso.
Contuve el aliento.
Estaba frente al Astoria, dentro del coche, aguardando para verla de nuevo.
Tenía tres días para entregarla, y en lo único que podía pensar era en esa mirada cómplice que me había dedicado horas atrás.
No debería haberme plantado allí, no sin haber avisado a Dominik, no cuando estaba completamente solo en una misión suicida.
Elisa Moretti era parte de uno de los clanes más importantes de toda la región de Calabria. Su familia era un tanto especial, por decirlo de alguna manera.
Saqué un cigarrillo y me lo llevé a la boca, lo encendí y le di una larga calada.
Entonces la vi aparecer junto a un chico, colgada de su brazo mientras no dejaba de hablar de manera animada. Apreté mi mano alrededor del volante, sintiendo como un sentimiento que no había vivido hasta ahora comenzaba a correr por mis venas.
Salí del coche en cuanto los vi entrar en el local, aún con el cigarro a medio fumar.
Me encaminé hacia la entrada por donde ellos acababan de acceder, pasando entre todo el mundo, apartando a todo aquel que se encontraba en mi camino, incluso colándome frente a los que esperaban.
Podía escuchar las voces de los indignados, pero poco me importó.
—Buenas noches, señor —escuché como me decía el guardia de seguridad—. Tiene que hacer la cola.
Ni siquiera hizo falta que emitiese sonido alguno, cunando este fijó sus ojos en los míos, y me permitió el paso de manera directa.
Hice un ligero movimiento de cabeza en un símbolo cortes de agradecimiento, porque ni siquiera las palabras me salían. Estaba obcecado, necesitaba encontrarla.
Nada más entrar me encontré la zona de aseo y guardarropía, donde la noche anterior había dejado su abrigo, por lo que entré directo, creyendo que la encontraría.
Error.
Nada más entrar en la sala principal la busqué en la barra, pensando que tal vez había ido directa a por una copa, pero entonces algo llamó mi atención.
Estaba en uno de los reservados bailando mientras el otro hijo de puta no dejaba de tocarla.
Apreté las manos en puños, y la mandíbula con tanta fuerza que pude notar el crujir de mis muelas hasta en el cerebro.
Sin apartar la vista de ellos me acerqué a la barra, apoyándome de espaldas. Antes de que pudiese pensar en nada más, alguien me tocó el hombro, y al girar me encontré con una chica rubia de cabello largo y liso.fr
—¿Qué quiere tomar, señor?
—Un whisky —respondí escueto—. Solo.
La chica no tardó ni dos segundos en asentir y servirme la copa.
Me la bebí de un solo trago y volví a fijar mi mirada en ese punto estratégico que me mantenía ocupado.
El chico no dejaba de pasear sus sucias manos alrededor de la cintura de Elisa, mientras la observaba como un auténtico depravado.
Cogí aire, tal vez el depravado era yo.
Porque lo único que deseaba era partirle el cuello a ese hijo de puta para que no volviese a tocar a una mujer que no le pertenecía.
Porque sí, ella era mía.
Mía.
Solo mía.