5
Alexei
Iba a hacerlo de nuevo. Estaba seguro.
El aire fuera del club era otro. Menos cargado, menos viciado. Aunque continuaba oliendo a gasolina, a humo de trabajo y a restos de alcohol derramado en la acera. Di una calada profunda al cigarrillo que acababa de encender, dejando que me quemase los pulmones.
Necesitaba ese ardor, algo que me mantuviese anclado a la realidad, porque por dentro… joder, dentro me había perdido.
Cerraba los ojos, y la veía. Estaba ahí, observándome con ese gesto con el que me confesaba estar al borde del placer, a punto de derretirse en mis manos.
No iba a negar que había sido un necio, no con ella, sino conmigo mismo. Me había quedado con ganas de más, y lejos de lo que me hubiese gustado hacer, había permitido que se marchase como si nada hubiese ocurrido. ¿En qué mundo Alexei Romanov se quedaba con las ganas? En este, supongo.
Volví a darle una larga calada al cigarro, esperando que hiciese desaparecer la hinchazón que aún palpitaba dentro de mi pantalón y que no me esforzaba por esconder.
Dominik estaba a mi lado, apoyado contra la pared del Astoria, con las manos en los bolsillos de la chaqueta.
Fumaba como si no tuviese nada mejor que hacer en la vida, aunque lo conocía lo suficiente como para saber que no dejaba de escudriñarme de reojo.
Siempre lo hacía. Sabía leerme demasiado bien.
—¿Vas a contarme qué cojones ha pasado ahí dentro? —preguntó al fin, exhalando una nube de humo que se mezcló con la mía.
Me quedé callado. Observé las luces de los coches que pasaban por la avenida cercana, la entrada al club con esos gorilas que parecían sacados de una cárcel turca, y a un grupo de italianos borrachos discutiendo por una botella casi vacía. Pero no respondí.
No podía.
Porque si abría la boca, iba a decir su nombre. Iba a confesar que la tenía en la cabeza como una canción en bucle, de esas que no puedes dejar de tararear, aunque me estuviese arrancando la piel a tiras.
Mía.
Eso era lo único que se me había metido en la cabeza, la jodida obsesión de arrastrarla a lo más profundo de mi propia oscuridad, corromper esa apariencia ingenua, arrebatarle esa virginidad que imaginaba que aún conservaba y por lo que no me había permitido llegar a más.
—Nada —musité al fin.
Dominik soltó una carcajada seca, incrédula.
—Nada, dice… —Chasqueó la lengua, negando—. Te vi, Alexei. Todos te vimos —aseguró—. No te has apartado de la morena en toda la noche, te la has llevado…
Apreté la mandíbula con fuerza. Llevé el cigarrillo a los labios y aspiré con fuerza. El humo salió por mi nariz como si fuese un maldito dragón. Mía me había jodido el equilibrio en cuestión de segundos.
—No te metas.
—Siempre digo lo mismo: cuando dices «no te metas» es porque hay algo gordo. —Se inclinó hacia mí, bajando la voz—. ¿Quién coño es?
Giré la cabeza y le dediqué una mirada que bastaría para mandar a cualquiera al hospital, fulminándolo. Pero Dom no era cualquiera. Era mi mano derecha. Me sostuvo la mirada sin miedo, como siempre, y lo peor de todo era que sabía demasiado.
—Nadie —mascullé entre dientes.
No tenía ni idea de quién demonios era esa mujer, lo único que conocía de ella era lo poco que me había confesado.
—¿Nadie? —cuestionó, arqueando una ceja—. Pues para ser «nadie», casi te la follas contra la pared del baño.
Cerré los ojos un segundo. Error. Porque en cuanto lo hice, los recuerdos de hacía apenas una hora me atravesaron como una descarga: su cuerpo pegado al mío, mi boca devorándola, sus gemidos, la forma en la que sus piernas se tensaban a causa del placer, la manera en la que me había mordido el labio como si me retara a que la destrozase allí mismo.
La tenía grabada a fuego, y eso era lo peor de todo.
Esa noche debía permanecer alerta, entregar la mercancía, recibir un pago. No volverme adicto a una niña pija que jugaba a ser cualquiera en una discoteca de Génova.
—Déjalo estar, Dom.
Él resopló, tirando la colilla al suelo y aplastándola con la suela de los zapatos caros que le había regalado el mes pasado.
—Sabes tan bien como yo que no estás hecho para «dejar estar» nada.
No respondí. Tenía razón, nunca dejaba nada a medias. Ni un trato, ni una venganza, ni una mujer. Y mucho menos a alguien que había calado tan hondo como lo había hecho ella.
Permanecí en silencio, con las manos cerradas en puños dentro de los bolsillos de la chaqueta, sintiendo el calor en mis nudillos, luchando contra mis propios demonios.
Sabía que esa no era la puta dirección que debía seguir.
Estaba en Génova para cerrar un acuerdo, asegurar rutas y sellar alianzas con grandes familias de la 'Ndrangheta en Calabria, no para distraerme queriendo meter la polla en el primer agujero que se me acercaba.
Y ella era la jodida definición de distracción.
Pero había algo más. Algo que no podía ni quería admitir en voz alta.
Esa mujer… tenía algo que no se explicaba con lógica.
No era solo su cuerpo, su boca, ni esos ojos verdes oscuros que parecían diseccionarme cada vez que se posaban sobre mí.
Era el desafío, la chispa. El peligro de que no iba a ser un polvo fácil, ni un juego pasajero.
No.
Con ella sería todo o nada. Y eso me volvía loco.
—¿Qué piensas hacer? —insistió Dominik.
No contesté de inmediato. Tiré la colilla, pisándola con fuerza, y me encendí otro cigarro. Necesitaba las manos ocupadas, porque si no, iba a entrar de nuevo a ese club e iba a arrastrarla conmigo, sin importarme nada más.
—Seguir con los planes —mentí.
—¿Y ella?
Inspiré, dejando que el humo llenase mis pulmones.
—Ella no forma parte de los planes.
Lo dije con calma, como si fuese una verdad absoluta. Pero mi interior era un maldito caos de confusión, de descontrol, el mismo que llevaba tiempo conteniendo en lo más profundo de mi corazón. Y ahora, cada fibra de mi cuerpo gritaba lo contrario.
Ella era el plan. Aunque aún no lo supiera.
Me apoyé contra la pared, mirando el cielo ennegrecido por las luces de la ciudad. Por un instante pensé en Nikolai, en lo que diría si me viera así, en Viktor y su eterna manía de recordarme que no debía dejarme llevar por la debilidad.
Pero Mía no era debilidad.
Era mi condena.
Y ni siquiera había empezado.