El legado de los Romanov 4
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Alexei

No sabía qué cojones tenía aquella niñata, que no llegaría a más de veinticinco años, que me estaba volviendo loco. Tal vez fuese su imprudencia al hablar, las miradas que me lanzaba, o esa forma de no tenerle miedo a nada.

Sus amigas me habían dicho que se llamaba Mía, y eso quería que fuese: absolutamente mía.

Estampé mis labios contra los suyos con una fuerza que hizo que todo su cuerpo se arquease hacia atrás.

No sabía por qué, pero tal vez fuese esa inocencia, esa confesión que acababa de hacerme entre líneas, esa que no había logrado siquiera mencionar, lo que acabó por hacerme perder el poco control que tenía.

Después de tantas semanas viviendo en la oscuridad, necesitaba algo que me hiciese sentir vivo, y la mujer que tenía frente a mí lo había conseguido.

Deslicé mi boca por su mejilla, besando cada punto que rozaba, descendiendo con lentitud por la curva de su mandíbula, la garganta…

Beso que plantaba era una palpitación de mi miembro contra su entrada.

Podía sentirlo preparado, dispuesto a perderse en ella.

Tenía el control, a pesar de que se lo había ofrecido.

Una de mis manos subió por su cintura, recorriendo con delirio su vientre y sus pechos turgentes.

Por un instante deseé estar en mi apartamento y no en un lugar como aquel, tan público, tan de todos, y al mismo tiempo tan nuestro.

—Dime dónde quieres que te toque —le ordené.

—No.

—Dilo —sentencié entre dientes.

Sus mejillas se enrojecieron al instante, consiguiendo que mi pantalón estuviese a punto de estallar. Volví a su boca, mordiendo su labio inferior, capturando un gemido ahogado que me supo a gloria.

—Dímelo, Mía —gruñí contra su oído como un auténtico depredador.

Mía tembló cuando me deshice del tirante que aún sostenía la parte superior del vestido. Una de mis manos se coló entre sus piernas al mismo tiempo que atacaba sus deliciosos pechos, mordisqueando sus pezones.

—Te quiero… aquí —jadeó, manteniendo mi mano sobre su sexo.

Me relamí como un auténtico ido, cuando al levantar la vista me encontré con esos pozos que gritaban que la hiciese mía. Sabía que tenía límites, ella misma los pondría, pero por el momento, iba a darle el mejor orgasmo de su puta vida.

Con maestría, aparté sus braguitas de encaje, dejando que mis dedos se deslizasen entre sus labios.

Joder… Estaba tan húmeda que deseé hundirme en ella, sentirla acogiéndome con el mismo delirio que me corroía a mí.

Adentré uno de mis dedos en su interior, mientras que con el pulgar no dejaba de masajear su abultado botón.

Estaba tan prieta, tanto que podía notar como su sexo me engullía con ansia.

Un gemido se le escapó, perdiéndose en el aire.

No iba a permitir que ni uno más se malgastase de esa manera, por lo que mientras mis dedos no dejaban de entrar y salir, una y otra vez, volví a su boca.

—Eres un problema —musitó antes de que pudiera besarla.

—Lo soy.

—Y me va a costar caro.

Sonreí ladino, porque era consciente de que aquello no iba a ser algo de una noche, sino una condena para siempre.

—Más de lo que crees —aseguré—. Pero no me importa.

—A mí tampoco —añadió.

Me arrodillé frente ella, abrí sus piernas con tranquilidad, al mismo tiempo que no dejaba de besuquearle los muslos.

Mis dedos seguían dentro de ella, moviéndose cada vez más libres, dispuestos a crear un camino del que no podría ser dueño, al menos no en esa ocasión.

Escuchaba su respiración entrecortada, como jadeaba de manera inconsciente, con las mejillas coloradas, y el vestido a medio poner.

Cada vez estaba más cachondo, iba a tener que hacerme la mejor paja de la historia para no buscar a esta muchacha y hacerle lo que tanto deseaba.

Coloqué sus piernas sobre mis hombros. Su espalda se arqueó en el instante en el que adentré mi lengua entre sus pliegues, lamiéndola como el mejor de los manjares.

Sus dedos se enredaron, de nuevo, en mi cabello, manteniéndome allí donde el placer era mayor, donde todo su cuerpo se tensaba por mi toque.

Mía.

«Mía», repetí en mi mente. Quería que fuese absolutamente mía y de nadie más.

No me importaba el trato que tenía entre manos, ni siquiera lo que tuviese que hacer al día siguiente, porque en ese preciso instante, había decidido que el mundo dejase de girar hasta que consiguiese lo que me había propuesto, y una parte de mí lo tenía claro. Ella ya era más mía que suya.

—Te voy a sacar de mi cabeza —prometió, jadeante, con la mirada llena de perdición y orgullo.

—Inténtalo —le reté, a pesar de que sabía que jamás lo permitiría.

Mis dedos volvieron a colarse en su interior, estocada tras estocada, mientras mi lengua no dejaba de acometer contra su abultado clítoris, haciendo que todo su cuerpo se tensase sobre mí. Mía era tan deliciosa que iba a hacerme perder el sentido.

Un gemido gutural se escapó de su interior, anunciándome de que estaba más cerca del orgasmo de lo que parecía. Iba a correrse allí, en el baño de un antro cualquiera, siendo devorada por un desconocido al que acababa de conocer, y lo mejor de todo era que esa no sería la última vez.

—Ni… ni... siquiera sé tu nombre —balbuceó.

—Alexei —respondí, aún pegado a su sexo—. Vas a recordar mi nombre toda tu vida.

—Alexei —repitió, cogiendo una bocanada de aire.

Le lamí de arriba abajo, deleitándome con cada suspiro, hasta que se dejó llevar por la oleada de placer, permitiendo que cientos de quejidos llenasen el espacio, provocando que mi miembro se endureciese aún más.

Dos golpes en la puerta me sacaron del bucle en el que estaba, ese que solo se centraba en su respiración y en cada quejido que emanaba de entre sus carnosos labios. Un golpe más. Un insulto en italiano.

Me puse en pie como un resorte, besé a Mía con perdición, y me giré hacia la puerta.

—Si quieres, abro y los mando al hospital —propuse.

—No, matón. —Rio sin pudor.

La ayudé a bajar del lavamanos, observándola con detenimiento. Lo que me corroía por dentro no era solo lujuria, era mucho más. Era una jodida necesidad que no había vivido antes. Una enfermedad que comenzaba a mutar en mi cuerpo para volverse algo peor.

—Tengo que volver con mis amigas —anunció, con una seguridad que me sorprendió.

—Ve —la insté.

—No me sigas —me pidió.

—No lo haré.

—Mientes —me contradijo al mismo tiempo que se pasaba una mano por el cabello.

—Sí.

Por un instante me pareció ver una ligera sonrisa asomando en sus labios, cosa que me gustó aún más que lo anterior. Deslicé el pestillo con cuidado. La música volvió a tomarlo todo en el momento en el que abrí la puerta, haciéndome a un lado.

Antes de cruzar el marco, me miró por encima del hombro con una superioridad que me encendió.

—No te debo nada.

—Claro que sí, querida —anuncié—. Me debes una noche.

—No te la daré.

—Ya lo has hecho —aseguré—. Y volverás a hacerlo.