3
Mía
El espejo no perdonaba.
Tenía el maquillaje intacto y, aun así, parecía otra.
Sentía el pulso en la garganta, iba a destiempo, como si no fuese mío.
Contuve el aliento, a sabiendas de que tenía que frenar aquello antes de que fuese demasiado tarde.
Cerré los ojos, sintiendo su mirada recorrer todo mi cuerpo, deseoso de algo más, igual que lo estaba yo.
Me pasé una mano por el cabello, deshaciendo un nudo en mi garganta que no recordaba.
Tragué. Los baños de los reservados del Astoria eran de otro nivel, olían a perfume y limpieza.
Estaban hechos de mármol blanco y luces tenues que hacían que mi piel se viese más pálida de lo normal.
Abrí el grifo, mojé la punta de los dedos, para masajearme las sienes y el puente de la nariz. De nada sirvió.
—¿Pero dónde te acabas de meter? —susurré.
A mi mente vinieron imágenes en ráfagas, como recuerdos fugaces: su mano cerrándose en mi muñeca, su boca devorándome, mi respuesta sin filtro…
y el vacío que me dejó al apartarse. La música vibraba detrás de la puerta, como si alguien hubiese apoyado el altavoz en el marco.
El corazón me latía igual, demasiado rápido para no darle importancia.
Me apoyé en el mármol, con las piernas ligeramente separadas, lo suficiente como para no tambalearme a causa del alcohol y la adrenalina que corría por mis venas.
No era miedo. Era otra cosa que me cabreaba todavía más: la maldita ansia.
Pensé en mi padre, en su voz. En mi madre y sus silencios.
Pensé en la fecha que pendía sobre mi cabeza como una guillotina.
La entrega. ¡Que les jodieran a todos! Llevaba toda mi juventud viviendo en una cárcel con un lazo dorado, repitiéndome que debía hacerlo para salvar a la familia, pero… ¿quién me salvaba a mí?
Me enjuagué la boca con agua, necesitaba quitarme sus restos, alejarme de allí, perderme de nuevo para volver a encontrarme.
La puerta chirrió.
No fue el típico empujón de alguien con prisas.
Fue un gesto calculado. Y entonces, entró él.
Cerró detrás de sí, con la calma de quien no pide permiso.
El traje le sentaba como un guante, se le pegaba a cada uno de sus músculos como si lo hubiesen cosido sobre su cuerpo.
Se había quitado la americana y ahora llevaba la camisa doblada sobre los codos.
La barba le sombreaba la mandíbula, y en los ojos llevaba la misma decisión que en la pista.
Gritaban peligro, lujuria y algo que no supe descifrar.
Estaban tan fijos en mí que no necesité palabras para saber qué venía después.
Mis piernas cimbrearon. Me aparté del lavabo por instinto. Él no se detuvo hasta acercarse, hasta que quedó a un solo paso de mí. Podía oler su perfume embriagándome, amaderado, limpio, caro.
—Vaya escondite… —murmuró—. Tranquilo, pero sin salida.
—No me gustan las salidas fáciles.
Le sostuve la mirada. Ni siquiera sabía por qué demonios le había contestado eso.
Tal vez solo quería parecer segura de mí misma, a pesar de que podía sentir como el corazón me galopaba en el pecho.
Quise decirle algo más afilado, cruel, pero la lengua me pesaba.
Sonrió ladino, como un maldito gato. Esa mueca suya… joder. Me reventaba por dentro.
—Esto era lo que querías, ¿no? —preguntó, sin subir la voz.
—¿El qué? —cuestioné.
—Que viniera a buscarte.
Esa seguridad me enfureció. Fue algo más: me ató. Di un paso hacia atrás, sintiendo como el mármol tocaba mi cadera. Él echó el pestillo, haciendo que el clic sonase como un pequeño disparo y por un instante sentí el aire cerrarse en mis pulmones.
—No me conoces —ataqué.
—Sé lo suficiente, Mía.
Mi sexo ardió, contagiando a todo mi cuerpo, haciendo que ni siquiera fuese capaz de tenerle miedo. Ese nombre…
Se inclinó. No esperó que le diese permiso, tampoco lo necesitaba, porque ya lo tenía.
O porque iba a arrebatárselo a quien hiciese falta.
Su boca se estampó contra la mía y ya no hubo música fuera, ni luces, ni gente.
Fue un beso de esos que queman la duda y dejan solo la verdad.
Esa que llevaba diez minutos negándome. Le respondí con la misma hambre.
Abrí la boca, lo busqué. Le agarré de a camisa a la altura del cuello y tiré de el para acercarlo más.
Mi espalda chocó contra la pared, fría, pero él no lo estaba.
Me atrapó la cara con una mano, dejando que su pulgar quedase sobre mi pómulo, firme.
La otra se posó en mi cintura, al mismo tiempo que subía con lentitud, de manera delirante, como quien reconoce un territorio con intención de quedarse.
El beso se volvió un pulso, ardiente, desafiante.
Quise ganar. Quise perder. Lo quise todo.
Me separé lo justo para respirar, pero su mano ya se había enraizado en el nacimiento de mi cabello, sujetándome con una firmeza que yo no tenía.
—Eres un creído de mierda… —musité.
Una mueca tironeó de sus comisuras y, por un momento, creí que me desmayaría allí en medio, frente al maldito dios con el que compartía espacio.
—Puede ser.
Odiaba esa manera tan chulesca que tenía de responder, pero al mismo tiempo era eso lo que tanto me encendía.
Volví a buscarlo. Sin saber quién había empezado el segundo asalto, si él o yo.
Lo único que tenía claro era que estaba perdiendo el poco control que aún me quedaba, acallando esa voz de mi consciencia que me decía que me alejase de aquel hombre.
Enredé mis dedos en su cabello, hundiéndolos.
Tiré de él, haciendo que un gruñido gutural se escapase de entre sus labios y acabase amortiguado en mi boca.
Me sujetó con fuerza, atrapándome entre su cuerpo y la pared, sosteniéndome por la cadera.
Alguien golpeó con fuerza la puerta, sacándonos de ese estado en el que nos encontrábamos.
—Ocupado —voceó él, sin despegarse.
Tras estos, dos más. Una voz que no logré entender. Apoyó la frente contra la mía y respiró hondo.
—Largaos —respondió, sin apartar la vista de mis ojos.
Segundos de silencio, y otro golpe. Más insistente, tanto que el pestillo vibró. Se separó de repente, abrió medio palmo y alzó la voz, encarándose a quién hubiese al otro lado. Frío. Letal.
—He dicho que os vayáis a tomar por culo o tendré que mandaros yo —sentenció.
Oí un murmullo al otro lado, pero por su expresión pude percibir que quien estuviese intentando entrar se alejaba, ya que cerró la puerta y echó el seguro con un gesto seco.
Tragué saliva cuando su mirada se fijó en la mía, y pude ver que ya no sonreía, no jugueteaba, quería devorarme tanto como lo deseaba yo.
Durante unos segundos, me permití el lujo de observar cómo varios mechones despeinados caían por su frente, la manera en la que sus ojos se habían tornado verdes oscuros, tanto que podía sentir como todo su ser gritaba peligro, cómo la camisa se ceñía a cada centímetro de su cuerpo, resaltando sus atributos.
Era el hombre más atractivo que hubiese visto jamás.
—¿Satisfecha? —preguntó.
—Todavía no.
Esa mueca que comenzaba a volverme loca volvió a dibujarse en sus labios, llevándome al borde del infarto.
Su cuerpo se pegó contra el mío, empujándome, hasta que me sentó sobre el mármol del lavabo.
El vestido se me arremolinó al borde de lo prohibido, trepando sobre mis muslos.
El contacto contra el frío material de piedra me arrancó un jadeo que se me escapó.
Él lo escuchó, y divertido, me recorrió con la mirada, lento.
Sin ser sucio, pero con una posesividad que sabía que sería mi maldita ruina.
—Dime hasta dónde —ordenó.
Aquellas tres simples palabras me dejaron en shock, no por cómo lo había dicho, sino porque jamás me hubiese esperado eso de un hombre como él.
Quise decirle que llegase hasta el final, que me hiciese suya, que quería derretirme en sus manos, pero en lugar de eso, la verdad me asaltó y, sin que pudiese hacer nada por evitarlo, confesé:
—Yo… Hay cosas que no…
Él no se movió, ni siquiera cambió de gesto. Solo acercó su mano a mi cuello, me rozó bajo la oreja, apenas un segundo, y asentí porque me vio dudar.
—Bien —aceptó, sin juicio—. Marcas los tiempos, tú mandas, y yo obedezco.